sabado 23 de junio de 2007
JAIME RODRÍGUEZ-ARANA CATEDRÁTICO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
al norte
Las instituciones sociales
Una de las características más sobresalientes del tiempo en que nos toca vivir es, sin lugar a dudas, la profunda incongruencia general en la que estamos instalados. Hablamos y escribimos hasta el hartazgo sobre la ética y los valores y probablemente nunca se han asaltado tanto. Lamentamos la escasa natalidad de este tiempo y, sin embargo, no nos atrevemos a tomar medidas que ayuden y fomenten el nacimiento de nuevos niños. Exaltamos las bondades de la estabilidad económica, social y política y la primera institución, la clave de las demás, la principal escuela de humanidad y solidaridad que es la familia se ataca y se procura mantener al margen de la vitalidad de la realidad.
Algunos pensadores de este tiempo dicen cínicamente que la contradicción y la incongruencia son elementos constitutivos del presente y que no queda más remedio que asumirlos. Sin embargo, aceptar acríticamente la esquizofrenia intelectual y la incoherencia constituye ciertamente una señal peligrosa de la real ausencia de compromiso con la verdad que caracteriza esa inquietante manera de entender la vida a partir de la discordancia entre las convicciones y las acciones.
Consecuencia de estos postulados es el intento de laminar la centralidad de la familia abierta a la vida. Se trata de destruir el matrimonio entre hombre y mujer a base de incluir en él otras uniones. Como ha señalado hace años el entonces cardenal Ratzinger, el matrimonio monógamo ha sido conformado como figura ordenadora fundamental de las relaciones entre hombre y mujer, y a la vez, como célula de la formación comunitaria del Estado, a partir de la fe bíblica. Efectivamente, en Europa, desde hace muchos siglos, la historia y la concepción del ser humano se ha realizado a partir de un solar de principios entre los que se encuentra la familia constituida a partir del matrimonio monógamo abierto a la propagación de la especie humana, entendida como la célula básica de la estructura social.
Por tanto, la estabilidad social depende en buena medida de la estabilidad del matrimonio y de la familia. Si se promueve la inestabilidad matrimonial y familiar con normas que permiten las separaciones y divorcios de manera unilateral, sin que sea menester la invocación de justa causa, estamos poniendo en bandeja un ambiente propicio para la inestabilidad. Se está diseñando un tipo de persona manipulable, adicta a las nuevas doctrinas del pensamiento único, ferozmente individualista y, lo que es más grave, incapaz del pensamiento crítico.
Ante la amenaza que sufre el matrimonio y la familia es tiempo de defender los principios centrales de una vida humana digna, equilibrada, solidaria, comprometida con las causas sociales, abierta a la vida y, sobre todo, portadora de soluciones reales a los problemas de nuestro tiempo. Intentar solucionar los gravísimos problemas de natalidad promoviendo la anticoncepción o el aborto es abiertamente contradictorio. Buscar la estabilidad social incentivando el divorcio y las separaciones es absurdo.
La tendencia actual a la disolución del matrimonio abandona, como señala Benedicto XVI, la historia moral de una humanidad que siempre, a pesar de las diferentes formas de matrimonio, siempre supo que por su esencia es la especial convivencia de hombre y mujer, que se abre a los hijos, y por tanto a la familia. Aquí no se trata de discriminación, sino de la cuestión de lo que el ser humano es como hombre y como mujer y de cómo se conforma jurídicamente la relación mutua de un hombre y de una mujer.
sábado, junio 23, 2007
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