jueves 7 de junio de 2007
La Guerra de los Seis Días Inocencio Arias
Hace justamente cuarenta años en estas fechas tenía lugar la Guerra de los Seis Días, que ha marcado la historia y la vida de Oriente Próximo. Contra muchos pronósticos, Israel emergía de nuevo victorioso frente a Egipto, Jordania y Siria.
Comentaristas árabes e israelíes están en frecuente desacuerdo sobre la responsabilidad última del origen del conflicto. El rescoldo emotivo de la contienda anterior, Suez, de la derrota árabe (“la catástrofe”) cuando nació Israel en 1948, el juego de las grandes potencias, el calentamiento de la opinión pública árabe por represalias excesivas de Tel Aviv ante incursiones guerrilleras en su territorio y unos servicios de inteligencia defectuosos... todo contribuyó a formar un cóctel que explotó el 5 de junio de 1967.
Los meses anteriores habían visto un aumento de las tensiones en la zona. Israel había sufrido unos cien golpes de mano en los quince meses que precedieron a la guerra y había reaccionado con enorme dureza ante alguno de ellos (“operación Shreder” en Jordania). En la calle árabe la temperatura subió claramente y el popular líder egipcio Nasser no contribuyó a bajarla. Estuvo mal aconsejado por sus generales, que le indicaban que ganarían un enfrentamiento con Israel, y pésimamente informado por la diplomacia soviética, que le aseguraba que Israel acumulaba fuerzas en la frontera y que era inminente una invasión de Siria. El desliz ruso es de difícil interpretación. Chamuscados años antes en Cuba, ¿querían trasladar el enfrentamiento con Estados Unidos, por personas intermedias, a Oriente Póximo? ¿Les obsesionaba la idea, como sostiene Isabella Ginor, de que Israel tuviera armas nucleares?
La escalada dividió al Gobierno israelí en un momento de relativo aislamiento del país. El presidente americano Johnson, enfangado en la guerra del Vietnam, había advertido a un político israelí que Israel “no estaría solo si no se empeñaba en actuar solo”. De Gaulle se negó a venderles más aviones.
Nasser precipitaría los acontecimientos con la petición a la ONU de que retirara los cascos azules del Sinai, petición a la que el secretario general U Thant accedió demasiado pronto, según sus críticos y, sobre todo, el 22 de mayo, cerrando el estrecho de Tirana. Esto era un casus belli para Israel. Hay abundantes políticos israelíes (Abba Eban) que afirman que Nasser, en realidad, no quería la guerra pero su retórica inflamatoria —“nuestro objetivo es destruir el Estado de Israel”—, al firmar un pacto defensivo con Jordania, colocaba a los dirigentes de Tel Aviv ante un problema existencial: la guerra está cercana y no podemos perderla porque sería el fin. Moshe Dayan sería nombrado ministro de Defensa una semana más tarde del cierre del estrecho.
El 5 de junio, a las 7.10 de la mañana, la aviación israelí, en un ataque sorpresa, destruía la casi totalidad de la fuerza aérea egipcia en el suelo. Esto decidiría la suerte del conflicto. Puede decirse que cuando Jordania entró en la guerra, día 6, el Rey Husein no tenía margen de maniobra, el fin era previsible. Sin aviación, las fuerzas egipcias fueron esquilmadas, Jordania se plegó el día 8 y Siria poco después. La guerra había durado 132 días, “6 días” diría Dayan en resonancia bíblica. La amargura en el mundo árabe, bombardeado informativamente el primer día con la idea de que iban claramente ganando, fue total (“el retroceso”). Israel conquistaba Sinai y Gaza, le tomaba el West Bank y la parte este de Jerusalén a Jordania y los altos del Golán a Siria.
El conflicto trajo varias consecuencias:
Creó la imagen de la invencibilidad de Israel.
La ONU salió desprestigiada. La resolución, la 242, que cerraba el conflicto, además, ha sido, por su discrepante redacción en inglés y francés, objeto de enormes controversias.
La victoria no ha traído la estabilidad. La adquisición de Israel de una considerable porción de territorio ha implicado, por ejemplo, la colocación de colonos israelíes en numerosos y crecientes asentamientos en lo que ha de ser la futura Palestina. Lo que constituye uno de los mayores obstáculos al proceso de paz.
El sentimiento de victimización de las dos colectividades, por último, creció.
miércoles, junio 06, 2007
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