lunes 25 de junio de 0207
Un enemigo del pueblo Manuel Martín Ferrand
Le tomo prestado a Henrik Ibsen (1828-1906), el más conocido de los creadores noruegos, el título de uno de sus dramas porque sirve, como hecho a la medida, para encabezar estas líneas y definir al gran zascandil que nos gobierna, José Luis Rodríguez Zapatero. En la creación teatral, el enemigo del pueblo es “el bueno” de la historia y en nuestra actualidad presente Zapatero es “el malo” —aunque no “el peor”— de la película; pero la partitocracia dominante, gran creadora de eslóganes y sentencias, le ha quitado importancia a los argumentos verdaderos y se conforma, desde su incapacidad creadora, con los rótulos sonoros y convincentes.
Ibsen pasó la mitad de su vida de un lado para otro y, como muchos de los escritores de aquel tiempo, solía redactar su obra en los veladores de los cafés. Ya acreditado su teatro en medio mundo —famoso, que dirían los programas al uso en las televisiones—, recaló en Múnich y le tomó querencia a un local con grandes ventanales a la calle ante los que se detenían los viandantes para admirar al celebre autor. Cuando marchó de la capital bávara para volver a Oslo —Cristianía se llamaba todavía la ciudad—, el propietario del café muniqués, al ver perdida su principal “atracción”, contrató un doble, le vistió con una levita idéntica a la del noruego y le instaló en la misma mesa que aquel frecuentaba. El doble, pobrecito, hacía que escribía y, recobrada la atracción, el café recuperó su clientela y su brillo.
Tengo la creciente sensación de que a nuestro peculiar “enemigo del pueblo”, el líder con abuelo y manías de grandeza, le han secuestrado los barandas del PSOE y le tienen escondido en algún sotanillo de la calle Ferraz. El que contemplamos no puede ser de verdad. Ha de tratarse, como el sustituto de Ibsen en Múnich, de una suplantación. Nadie en sus cabales, con dos dedos de frente y unos gramos de responsabilidad, puede seguir empecinado en un “proceso de paz” que ya ha fragmentado una nación y lleva camino de romper un Estado. Tampoco nadie que esté en sus cabales volvería de una cumbre internacional, después de haber negado sus propios actos revalidados con un referéndum, en alabanzas a las mermadas victorias que su predecesor, José María Aznar, consiguió en Niza.
Dado que el pueblo nunca se equivoca a la hora de votar, el error germinal de nuestra nada deseable situación está en el Congreso socialista que alumbró este monstruo de la naturaleza que, tan déspota como ignorante, preside el Gobierno de España con el singular e imprescindible apoyo de grupos políticos que tienen como primer y fundamental objetivo la separación del Estado. En consecuencia le corresponde al PSOE, desde sus máximos órganos directivos hasta sus más mínimos militantes, enderezar el grave entuerto que han organizado. Con su aval, sin él no hubiera sido posible el encantamiento, Zapatero tomó las llaves de la Moncloa. Sus tres años de ejercicio en el poder, vistos con la frialdad de la distancia y sin el calor del fervor militante, tienen como balance un gran cataclismo que, disimulado por una situación económica satisfactoria, está haciendo añicos lo que queda de España.
Zapatero, que esconde sus escaseces y vergüenzas bajo un tupido manto de mentiras permanentes, es un mal cierto que, a mayor abundamiento, se sostiene sobre dos pilares sólidos y parece que inmutables: la ausencia de cualquier vestigio de democracia interna en el seno del PSOE —y de sus franquicias regionales— y la deslavazada pereza y escasa resolución del monopolista de la oposición, el PP de Mariano Rajoy. En ese marco, y a la vista de las circunstancias, lo único posible es salir a la ventana y, sin perder la calma, gritar a pleno pulmón: ¡socorro, el enemigo del pueblo sigue activo!
También podría haber tomado otro título de Ibsen —Los pretendientes al trono— para sopesar la convulsión interna que agita al PP, pero eso será otro día. Por el momento sólo ha caído uno de los diez negritos.
lunes, junio 25, 2007
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