sábado, junio 23, 2007

Eduardo San Martin, Herejes

sabado 23 de junio de 2007
Herejes

EDUARDO
SAN MARTÍN
SON pocos, pero no unos indigentes intelectuales o científicos. Y de vez en cuando se hacen notar en medio de la marea conservacionista que está arramblando con toda disidencia para convertir en dogma de fe un calentamiento global de la atmósfera que se juzga imparable; verdad oficial cuya puesta en duda coloca a los no creyentes en la picota de la insolidaridad y la depredación de la naturaleza, y ya se sabe que ambas categorías constituyen pecados mortales en un mundo en el que un nido de avutardas es capaz de paralizar una obra pública con muchas más posibilidades de éxito que la chabola de una familia gitana. Por cierto, a esta nueva cruzada acaba de apuntarse nuestro Gobierno para lo que queda de legislatura con el mismo fervor que ha mostrado en otras empresas tan grandilocuentes en su enunciado como penosas en su ejecución.
Puede que las emisiones de CO2 calienten el planeta, no se sabe con toda exactitud en qué términos, pero sí están caldeando, y en muchos grados, la cabeza y los corazones de unos cuantos visionarios cuyos excesos alimentan el descreimiento de quienes practican la higiene mental de poner en solfa todas las profecías. También ésta. No hay profetas sin religión, ni religión sin pecado. Los fundamentalistas del conservacionismo tienen su religión, y también sus profetas. Faltaban los pecadores; ya los tienen. ¿El paso siguiente será la dilapidación, como en los buenos tiempos?
En la lista de candidatos a recibir las primeras pedradas figurarían sin duda Richard Lindzen y Vaclav Klaus. El primero es profesor del mítico MIT (Massachussets Institute of Technology) y el segundo, presidente de la República Checa. Nada de unos lelos o unos irresponsables. Eppur... El primero, citado por el segundo en un reciente artículo, se ha atrevido a desnudar al rey: «Las generaciones futuras se asombrarán, con divertida extrañeza, de que el mundo desarrollado de principios del siglo XXI cayera en un pánico histérico sobre un aumento de la temperatura media de unas décimas de grado, y, a base de exageradas proyecciones informáticas altamente inciertas, combinadas con implausibles cadenas de inferencias, llegara a considerar una marcha atrás en la era industrial».
¿Tiene algún sentido -se atreve a preguntarse Klaus- hablar del calentamiento de la Tierra cuando contemplamos la evolución del planeta durante centenares de millones de años? Desde la escuela sabemos que, a lo largo de la Historia, se han producido bruscos cambios de clima: las glaciaciones o la elevación de la temperatura en la Edad Media. Incluso en el escaso tiempo de nuestra propia vida hemos experimentado cambios medios de temperatura, en ambas direcciones. Y concluye: «El calentamiento global concierne más a las ciencias sociales que a las naturales, y más al hombre y a su libertad que a cambios de décimas de un grado Celsius en la temperatura media del planeta». Titular de su artículo: «Lo que está en peligro no es el clima sino la libertad».
Los expertos en intenciones ocultas, que proliferan en todas las religiones, no tardarán en desleír estos alegatos en el disolvente de la sospecha: sobre el primero, es conocido que el gobierno norteamericano siempre ha sabido encontrar soporte para sus políticas dentro de la academia, y éste podría ser el caso; y el segundo se encuentra atrapado entre las espadas de Kioto y la UE y la pared de la herencia contaminadora del régimen socialista, así que buscar un resquicio por donde escapar.
Ignoro si las opiniones de estos dos disidentes están o no tan contaminadas como el planeta, y no me importa. Prefiero juzgar las palabras y no las intenciones. Desconozco también hasta qué punto tienen más o menos razón que los profetas del desastre. Pero me gusta que testimonios parecidos emerjan por encima del tsunami conservacionista. Primero, porque simpatizo por naturaleza con los herejes. Y también, para que tengamos donde agarrarnos los escépticos contra todo catastrofismo que no queremos dejarnos arrastrar por la corriente sólo porque nos lo pida Al Gore.

No hay comentarios: