viernes 8 de junio de 2007
La rebelión de las masas
Félix Arbolí
E N una reciente encuesta de “Antena -3”, para elegir al “Español de la Historia”, salió el Rey Juan Carlos. Pero este resultado previsible y merecido para algunos, no lo es para otros, ya que según el sondeo de “elmundo.es”, un 83 % de los lectores cree que es inmerecido, frente a un exiguo 17 % que si considera al Rey merecedor de esa distinción. También cuestionan que la Reina y el Príncipe de Asturias sean personajes acreedores a los puestos cuatro y siete en la Historia de nuestro país. No comprendo que en un medio salga elegido mayoritariamente y en otro con un porcentaje sensiblemente inferior a la totalidad de los encuestados. Este detalle me hace desconfiar más en la fiabilidad de las encuestas, como ya he escrito en varias ocasiones. Es chocante asimismo que en una consulta sobre las personas más relevante del país, tan sobrado de genios y personajes preeminentes, figuren nombres que pertenecen al mundo del folklore, la farándula y el deporte, a pesar de la posible y efímera más o menos grata influencia que hayan podido tener en algunos momentos de nuestra vida. Entre los sorprendentes y absurdos criterios de los que han respondido a este curioso llamamiento, se encuentran los que han votado a Isabel Pantoja (puesto 32), sobre un Ortega y Gasset (33) y un Unamuno (34). ¿Qué méritos pueden esgrimir sobre esta artista de la copla, protagonista en los programas del corazón y vinculada con la famosa operación “malaya”, (no digo incriminada hasta que no se averigüen judicialmente sus posibles implicaciones en el asunto), para adelantar a tan ilustres pensadores y escritores, que son las verdaderas glorias que honran a un país?. ¿En qué se fundamentan estos “analfabetos” del diccionario que ignoran el verdadero significado de la palabra importante para decidir de esa manera?. Tampoco me resulta normal que en el vecino Portugal saliera vencedor absoluto Oliveira Salazar, aunque respete a los que puedan sentirse afines a sus correctas o equivocadas posiciones, de acuerdo con mi criterio de no cuestionar idealismos y creencias, a pesar de que no coincida con ellas. A Franco, lo han dejado en el puesto 22, algo igualmente sorpresivo después de esa campaña tan denigrante y feroz contra el anterior jefe del Estado con o sin razón, que ese es otro problema, si tenemos en cuenta que Felipe II ha quedado en el 27 y Carlos I en el 28 y que un personaje muy popular e inolvidable de nuestro folklore Lola Flores, ocupa el puesto 26 y en este caso sí que hablamos de una artista de proyección universal que hizo admirar el nombre de España con pasión y entusiasmo en todos los lugares donde actuó. Ignoro, por qué no lo especifican, el lugar en que ha quedado la recientemente desaparecida Rocío Jurado, llamada “la más grande”, sigo sin saber el por qué a pesar del paisanaje y mi admiración hacia la artista. Por lo visto somos tan viscerales para desprestigiar, como para exagerar en alabanzas. Lo que me resulta extraño es que después del uso continuado y machacón de su nombre y méritos artísticos a lo largo de todo el año desde su desgraciada muerte, sus incondicionales no hayan logrado impactar lo suficiente como para haberle otorgado un lugar destacado en este ranking de la importancia. Cosas de la vida. Hablando del Rey, que es el personaje central de mi artículo, me decepciona que una figura tan carismática y popular cuando ocupó el Trono a la muerte de Franco, haya mermado tan ostensiblemente la aureola y el fervor que le acompañaron en sus primeros años de reinado. Según esta encuesta, que no de motu propio. Yo que nací en plena República, padecí los desmanes de un Frente Popular y sufrí y gocé la nueva y difícil España surgida con el franquismo, me sentí ilusionado y lleno de esperanzas con la llegada de este joven monarca, al que tuve ocasión de tratar individual y personalmente en dos ocasiones y pude apreciar su campechanía, sensibilidad y simpatía natural para tratar a su interlocutor de forma que éste no se sintiera cohibido. Era un nuevo y espléndido amanecer para todo un pueblo que recobraba sus ilusiones de convivencia y su afán de amar y defender a una España que todos hicimos nuestra. La Reina era y me figuro que seguirá siéndolo, un ejemplo digno de elogio y admiración, sabiendo en cada momento el gesto, la postura y la actitud a adoptar y manera de comportarse. Sensible ante el dolor del pueblo y cariñosa y espontánea ante las muestras de entusiasmo que recibe en sus desplazamientos y apariciones. Sus hijos, he de reconocer, no gozan de idénticas adhesiones y entusiasmos desde que a la hora de decidir su futuro, tan trascendental para el destino de España por las leyes sucesorias, hicieron más caso al corazón que a sus obligaciones dinásticas. El pueblo, a veces, es más susceptible y severo de lo que supone las apariencias. Toda prebenda o privilegio real ha de tener su justa y precisa compensación de renuncia y sacrificio. Puedo estar equivocado, pero éstas son mis apreciaciones. . Cuando Juan Carlos inició su reinado y adoptó sus primeras decisiones, antes de que leyes y acuerdos posteriores fueran recortando sus funciones y convirtiéndolo en mera figura representativa, una especie de imagen publicitaria de la nueva España, pudo sentir la emoción y la dimensión de la más sincera y unánime demostración del cariño popular. Fue el Rey más querido y respetado no solo de los que se consideraban monárquicos, sino hasta de los comunistas históricos y más radicalizados. Lo pudimos comprobar en los encuentros cordiales con La Pasionaria, Carrillo y otros destacados miembros del partido, que antes fueron enemigos irreconciliables de las testas coronadas, incluida la de su propio abuelo, y demostraron sin complejos, ni resabios, la aceptación de la monarquía del joven y nuevo Rey, entronizado y aclamado con entusiasmo y lealtad por unas Cortes formada en gran parte por los miembros más representativos del Movimiento Nacional que habían sido también bastante reacios al Trono de los Borbones. Suárez protagonista de esta Reforma y hombre procedente de ese Movimiento, nada en común con la Vieja Guardia “Joseantoniana”, fue el artífice que supo colocar los cimientos de una nueva etapa que en nada debería parecerse a la anterior de la que procedían todos. Hasta aquí conforme. No existían contratiempos que no se pudieran solventar en los límites de un despacho, ante la mesa de un restaurante cinco tenedores o en la casa de ese personaje bisagra entre tendencias opuestas. Luego llegó esa Carta Magna, para regir la política española y los padres y redactores de la misma tan cargados de buenas intenciones, se olvidaron de blindar posibles y posteriores tergiversaciones, con articulados y cláusulas que evitaran desagradables sorpresas y erróneas interpretaciones, y nos dejaron una casa con los cristales de sus ventanas fracturados, por donde el “hombre lobo” puede penetrar impunemente para innovar y deshacer a su gusto, de forma que el digo, se convierta en diego, cuando sus particulares circunstancias así lo requieran. . El Rey, esa figura popular querida, respetada y admirada hasta más allá de los límites patrios, fue perdiendo poder de decisión por obra y gracia de los distintos gobiernos que fueron recortando sus funciones y atribuciones en la misma proporción que ellos aumentaban las suyas. Fue mermando su popularidad y carisma entre la ciudadanía común, por su inexplicable inactividad en momentos amenazantes para la integridad de la Patria, salvo el paréntesis del 23-F, y el desconcierto que le supone ver que el que debe ejercer el mando supremo de las Fuerzas Armadas, según refleja el Artículo 62, apartado h) de la citada Constitución, se limita a presenciar desfiles, pasar revistas y otra serie de actos más protocolarios que eficaces, mientras que civiles sin vinculación militar alguna se encargan de nombrar, pulir y administrar las Fuerzas Armadas del país, que son funciones que deberían ser potestativas y exclusivas del monarca. Bajo mi criterio de hombre de a pie y sin ánimos de entrometerme en consideraciones ofensivas a tendencias u opciones políticas, que no entran en mi tema, creo que al Rey, por su buena voluntad, exceso de confianza, inexperiencia en asuntos de gobierno, (eran sus primeros años de reinado y Franco no le había dado las oportunas opciones para poder ejercitarse), hallarse rodeado de políticos avezados y curtidos en años de mandatos, muchos de ellos contrarios a los ideales monárquicos y no apreciar que tras esa ventana que le abrían para que pudiera contemplar la nueva España asomaban las orejas del lobo. Tantos contratiempos y engañosas promesas pudieron hacerle perder el sentido de la orientación y al darse cuenta era ya demasiado tarde. En la política española hay demasiados Maquiavelos y cuando el joven Rey henchido de buena voluntad y amor a su pueblo quiso dar un paso al frente para ocupar el sillón, éste le había sido retirado de manera cortés pero decidida y solo le quedaba la falsa letanía de las excusas y bajadas de cabeza, cuando quisieron dárselas. Mucho me temo, aunque la monarquía no figure entre mis más fervientes devociones, (nada tampoco me hace renegar de ella), que España está perdiendo la ilusión y los que menos culpa tienen de este cambio y renuncia son los propios ciudadanos que a pesar de tantas decepciones esperan aún un milagro que salve a la Corona y vuelva a unir a España en una sólida y respetada nación en el contexto internacional y una grata convivencia en el nacional. Claro que este tipo de milagro es propio de un San Judas Tadeo, el abogado especial de los casos difíciles y desesperados. Y en cuestiones de prodigios celestiales tampoco andamos muy sobrados en este ya lejano amanecer que ve aproximarse las sombras del ocaso. La masa cuando se desmanda, es como un San Fermín a lo grande, nada detiene a perseguidos y perseguidores y los resultados que se producen son igualmente imprevisibles y a veces crueles. Antes de terminar mi artículo, deseo pedir perdón por haber tenido la osadía de elegir como título una de las obras cumbres del inolvidable ensayista y filósofo don José Ortega y Gasset, pero en él está magníficamente condensado lo que he querido exponer. Me figuro que al prestigioso fundador de la Revista de Occidente y diputado a Cortes en la primera etapa de la República, (cuando aún el desmadre político y social parecía impensable), no me anatemizará por ello. Al comentar los posibles errores, a mi parecer, relativos a las funciones del Rey he de tener en cuenta, para evaluar sus consecuencias, lo voluble que es la masa, refiriéndome como es lógico suponer al conjunto más o menos aborregado de individuos que constituyen una colectividad, fácilmente influenciables por exagerados alarmismos y débiles soportes para ser capaces de mantener la lealtad hacia el que ayer era su ídolo. Vivimos, es evidente, en un verdadero desmadre, no tan demoníaco como intentan hacérnoslo creer algunos, ni tan frívolo como lo pretenden enjuiciar otros. Por lo visto nos hace falta una buena dosis del “chauvinismo” francés o del orgullo americano por sus siglas y su bandera, para desembarazarnos del lastre que estamos soportando ante el afán de algunos por borrar de nuestras mentes un periodo de nuestra historia en ambas y contrarias vertientes. ¿Dónde está esa España de nuestros amores, madre de naciones, crisol de civilizaciones, terror del enemigo en Lepanto, una, grande y libre en décadas pretéritas, bastión de Occidente, forjadora de un Imperio donde no se ponía el sol, descubridora de mundos ignorados en los distintos Continentes, generosa con el vencido en Breda, orgullosa de su pasado y esperanzada en su futuro?. ¿Cuántas naciones actuales pueden ufanarse de una trayectoria similar?.Y no es cuestión de facherías, ideologías escoradas y siglas en banderas y solapas partidistas. Simple y llanamente sentirla y quererla con la máxima potencia de nuestros sentimientos. Prefiero un exaltado patriotismo que considerarme un renegado de mi propia patria. Este problema que hoy nos atosiga y angustia a muchos españoles, pudo evitarse si el Rey hubiera tenido la autoridad suficiente para ejercer de arbitro en cuestiones de enfrentamientos absurdos y perniciosos entre partidos y si hubiera sido un insalvable obstáculo capaz de impedir extrañas y perjudiciales componendas de gobernantes sin escrúpulos, ni visión de patria. Esta es la misión que hubiésemos deseado para el Rey. Yo al menos. Pero todo este asunto se hace más utópico que realizable, ante nuestra particular idiosincrasia a cambiar de ideales, entusiasmos y tendencias como de chaqueta. No se de ningún país donde abunde tanto esta sorprendente mutación afectiva de sus naturales, llamados popularmente “chaqueteros”. Desgraciadamente nos señalan como el país del “dedo”, “el amiguismo”, “el llamado tráfico de influencias”, “el recuerdo exagerado a nuestros ancestros como justificación de nuestros rencores y disparates”, “ la importancia del apellido” y toda una serie de factores más o menos significativos que nos determinan, señalan y deciden consecuencias importantes en nuestras vidas. Y mientras, el que no goza de tales privilegios, aguantando mecha y soportando abusos y calamidades. Esperamos inútilmente a ese “salva patria” que nos libere del enfrentamiento, la intolerancia y el desconcierto general, pero siempre tropezamos con el chaqueterismo, profesión muy extendida y ventajosa ya que en todas las épocas ha existido el Trastamara de turno que ha sabido recompensar la dudosa lealtad de un nuevo “Bertrand du Guesclín”, aunque en esa acción se juegue el destino de toda una nación y se pueda menospreciar a las más altas instituciones del Estado, recalco del Estado, no del gobierno. ¿En qué terminará todo este galimatías político que padecemos y que como una auténtica epidemia se extiende por todo el país?. ¿Tendremos nuevo Rey o veremos una tercera República, que espero no tenga nada en común con la que me encontré recién llegado a este mundo?. Aún estamos a tiempo de acudir a San Judas Tadeo, que nada tiene que ver, por supuesto, con el autor de la más célebre traición de la Historia.
jueves, junio 07, 2007
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