miércoles, junio 06, 2007

Enrique Badia, La optica preventiva del BCE

jueves 7 de junio de 2007
La óptica preventiva del BCE Enrique Badía

Sea por las razones que sea, constituya buena o mala práctica, el Banco Central Europeo (BCE) no da sorpresas en su manejo de la política monetaria y, conforme llevaban semanas anunciando los analistas, ayer decidió una nueva subida del tipo de interés, situándolo en el 4 por ciento. Y puede que no sea la última vez que lo hace antes de que termine el 2007, dado que la previsión más extendida calcula que acabará añadiendo medio punto más antes de la próxima Navidad.
En buena medida, ésta y las anteriores elevaciones de tipos —van ocho seguidas— responden sobre todo a una actitud de prevención ante el recién recuperado crecimiento de las economías centrales de la eurozona. Temen en Fráncfort que desemboque en un rebrote de la inflación y, conforme a la ortodoxia clásica, aplican medidas de restricción monetaria.
La relativa paradoja es que el comportamiento medio de los precios en la zona euro discurre ahora mismo más próximo al objetivo establecido del 2 por ciento interanual que cuando el BCE mantenía los tipos justo en ese mismo 2 por ciento, con lo que el precio del dinero era, en términos reales, prácticamente neutral o incluso negativo, como ha ocurrido durante años por ejemplo en España. E incluso el alza de los precios de gas y petróleo se está asimilando con menos tensiones de las previstas, al menos de momento.
No hay precisamente unanimidad en la valoración del sesgo contractivo que ha adoptado el BCE. Contrapuesto a la cautela respecto de los precios existe cierto miedo a que aborte o cuando menos detenga la apenas iniciada recuperación de las economías. Patrocinan esta tesis sobre todo quienes consideran que los bajos tipos de interés han actuado precisamente como motor esencial del despegue económico del núcleo central de la Unión.
Juicios teóricos aparte, lo cierto es que vuelve a emerger la discusión sobre la misión y el estatus atribuidos al BCE. Su principal encomienda —léase responsabilidad— es vigilar el comportamiento de los precios; esto es, evitar que se produzcan aumentos inquietantes de la tasa de inflación. No tiene, en cambio, el encargo de velar por la consecución de objetivos de crecimiento o armonizar con ellos el manejo de la política monetaria; algo que sí figura entre los desempeños atribuidos a la Reserva Federal (FED), su colega del otro lado del Atlántico. Goza, en fin, de absoluta independencia operativa, al borde de la abstracción, respecto del resto de órganos comunitarios.
Muchos consideran desde hace tiempo que no debería ser así. Creen, de una parte, que estimular el crecimiento debe pasar a ser una misión añadida al manejo monetario y, de otra, que el concepto de independencia se ha más o menos desnaturalizado y sería momento de revisar su plasmación. Una corriente de propuestas a la que se ha agregado por cierto el nuevo presidente de Francia, Nicolas Sarkozy.
Ciertamente, no se entiende del todo que la gestión monetaria discurra desconectada de la política económica comunitaria, mal que bien explicitada en las reuniones del Ecofin. No parece que tenga que ver con la independencia, sino más bien con una deseable armonización de objetivos e instrumentos para alcanzarlos. En buena medida, la independencia comúnmente atribuida a los bancos centrales tiene más que ver con el manejo político del presupuesto público y la tentación gubernamental de ordenar cobertura monetaria a tales prácticas.
Desde su configuración, la unión económica y monetaria tiene mucho más de lo segundo que de lo primero y no es seguro que pueda o deba seguir siendo así.
ebadia@hotmail.com

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