martes 26 de junio de 2007
El pasito de Bruselas Enrique Badía
Unos han dicho que es lo de siempre. Otros que no, que mejor. Lo cierto es que no hay unanimidad en la valoración del acuerdo suscrito de madrugada en Bruselas, a modo de balance de la cumbre comunitaria que cierra la presidencia de turno alemana y pone en suerte la siguiente a cargo de Portugal. Viene a ser, como en tantas otras cosas, el resultado de la propensión a ver la botella medio vacía o medio llena, dependiendo de quién.
Sin duda, teniendo en cuenta las expectativas de los prolegómenos e incluso las varias veces que se barruntó el fracaso, hay que reconocer que se ha evitado lo peor: un nuevo aplazamiento que sumar a los acumulados en los tres últimos años. Pero tampoco el camino se ha despejado lo suficiente para lanzar las campanas al vuelo y presumir que la construcción europea ha recuperado el impulso perdido como consecuencia del fiasco constitucional. Ni mucho menos. Algún propósito ha quedado claro, es cierto, pero habrá que ver si en los próximos meses se logra materializar.
Para empezar, la redacción del nuevo tratado —ya no constitución— se ha previsto para los tres o todo lo más cinco próximos meses, con el objetivo de aprobarla antes de que concluya 2007, a más tardar en la cumbre de cierre de la presidencia portuguesa, para que pudiera quedar ratificado por todos los socios —sin peligrosos referéndum— antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2009. Los precedentes no animan demasiado, ni por anteriores experiencias de conferencia intergubernamental, ni desde la evidencia de que a menudo los líderes europeos se desdicen hoy de lo acordado ayer. En Bruselas, sin ir más lejos, el premier británico Blair ha estado entre los más activos para desmontar lo que él mismo firmó en 2004.
Más capital aún es la incertidumbre que persiste en el mecanismo de toma de decisiones. Indudablemente, eliminar cuarenta materias del refrendo unánime es positivo, pero no lo es tanto que resten todavía varias decenas sometidas a esa limitación. Y algo parecido sucede con el sistema de cómputo de votos: se han extendido los criterios de Niza —acordados en su día por unanimidad, pero cuestionados a los pocos meses— hasta la lejana fecha de 2017, que es tanto como sugerir que no existe la menor garantía de que antes de esa fecha no vuelva a abrirse varias veces tan decisivo, determinante y conflictivo melón.
Hasta los aparentes avances en el aspecto institucional muestran un sesgo difícil de calificar. Habrá, antes de dos o tres años, un presidente estable de la Unión que sustituya al encabezamiento semestral rotatorio, pero ha decaído algo más que nominalmente la pretendida figura del responsable de política exterior. De una parte, porque se constata la ingenua presunción de que acabara sentándose en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidad, donde Francia y Reino Unido seguirán —ambos— como únicos miembros europeos de pleno derecho. De otra, porque se ha consagrado la salvedad de que cada estado comunitario puede aplicar sus propias recetas de política exterior, coincidan o no con las exhibidas por el alto representante. Y no menos remarcable es que se haya acentuado la pérdida de peso de la Comisión frente al Consejo, con el añadido de que aquélla mantendrá su actual estructura de un comisario por socio hasta 2013.
Mucho —¿demasiado?— queda pospuesto a horizontes que, en vista de la experiencia, no descartan la posibilidad de que cualquier aspecto ahora cerrado se vuelva a abrir.
Entre el optimismo de unos y el escepticismo de otros, los líderes europeos han dado un pasito positivo, pero parecen seguir lejos de resolver lo que de verdad está bloqueado: reformular una idea común y compartida por todos —también los ciudadanos— de por qué son miembros de la Unión y sobre todo para qué.
ebadia@hotmail.com
martes, junio 26, 2007
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