martes, junio 26, 2007

Daniel Martin, Los ejercitos de la paz

martes 26 de junio de 2007
Los ejércitos de la paz Daniel Martín

Lo que más me sorprende de las trágicas noticias que informan de la muerte de soldados españoles en misión de paz es la sorpresa que dichas noticias generan en nuestra sociedad. ¿Acaso alguien piensa que nuestros soldados van de picnic al extranjero? ¿En serio la ONU cree que una misión de paz es posible en lugares como Líbano o Afganistán? Nosotros, los occidentales, hemos conseguido vivir en una casi completa paz, materialista y comodona, después de muchos siglos de guerras, revoluciones y terrorismo. Pero no todo el mundo ha superado esas etapas de la Historia. En concreto, no lo han hecho esos lugares donde van los cascos azules a, en principio, poner paz y, muchas veces, a morir.
El ejército, desde que Filipo II de Macedonia perfeccionase las falanges espartanas, es un invento creado para la guerra, para vencer a otros ejércitos e imponer su violenta autoridad en las tierras ocupadas. Antes, cuando se conquistaba un país, se “disparaba” contra el enemigo antes que detenerse a pensar cuáles eran sus auténticas intenciones. Los ejércitos de ocupación, en cuanto estaban en tierra enemiga, eran de gatillo fácil para evitar cualquier desagradable sorpresa. Y, aun así, hubo numerosos caudillos, como Viriato o El Empecinado, que se las hicieron pasar canutas a ejércitos que, aunque a veces llenos de buenas intenciones, estaban donde nadie les había llamado.
El invento del ejército como vehículo de la paz es reciente. La fracasada Sociedad de Naciones no tuvo tiempo para ponerlos en marcha. Y la ONU, esa glotona —¿corrupta?— organización que engulle más dinero del que corresponde a sus precarias, utópicas y, a menudo, inútiles funciones, ahora suele enviar soldados a asegurar la paz en países conflictivos donde existen enfrentamientos armados entre las más diversas facciones. Es decir, envía batallones —que, no olvidemos, pertenecen a países voluntarios, voluntariosos, pero siempre extranjeros, extraños a las tierras que van a pacificar— a campos de batalla donde luchan otros y donde ellos sólo pueden contestar al fuego, nunca iniciar una escaramuza o batalla. Es decir, son, más o menos, títeres de un siniestro pim–pam–pum donde aquellos que no quieren ser pacificados pueden disparar desde su presunta inocencia, el mejor disfraz que regala la bienintencionada ONU.
Los soldados españoles que están en Líbano pertenecen a una misión de la ONU. Son “fuerzas de interposición” entre el ejército de Israel y las milicias de Hezbollah. Esta misión se asemeja bastante a aquel “héroe” del colegio que intentaba separar a los dos matones que se peleaban frente al resto del patio. El héroe, casi siempre, salía escaldado, con un ojo morado y la honra por los suelos. Con el añadido en el Líbano de que Al Qaeda —que a veces me recuerda a una patética Spectra a lo James Bond, siempre en busca del caos— anda por ahí buscando desestabilizar un poquito más la zona y herir de nuevo a ese Occidente diabólico que ha dejado de someterse a los dioses de la superstición y el fanatismo.
Por eso no debe sorprendernos que nuestros soldados mueran en Líbano o, también, en Afganistán. Son zonas de guerra o, cuando menos, de alta tensión donde cualquier chispa hace explosión. Su labor es encomiable, heroica, aún más cuando su disposición para el combate debe ser mínima, a saber, sólo pueden responder a los ataques, nunca disparar ante la sospecha. Y lo peor es que los más fanáticos suelen atacar a escondidas con bombas traicioneras ante las que no cabe defensa alguna. Los seis soldados muertos en Líbano no pudieron defenderse, y fueron un blanco fácil para unas gentes que no combaten a la antigua, sino de una forma inhumana, artera y cobarde.
Ante esta situación, que afecta a miles de soldados españoles, a muchos miles más de otras naciones, la ONU y los países que la integran deberían replantearse sus modos. Ignoro si algún país, o incluso Naciones Unidas, tiene derecho a inmiscuirse en los conflictos entre naciones o en enfrentamientos internos entre facciones del mismo país. La intención es dignísima, quizás hasta necesaria. Pero hemos de recordar que el ejército está hecho para la guerra, nunca para la paz. Y así, en misión de paz con modos de hermanitas de la caridad, nuestros soldados son un blanco demasiado fácil para unos sujetos que no comparten ni nuestros valores ni nuestros escrúpulos. Debemos, si queremos seguir siendo las “fuerzas de la paz”, ser más duros, o no ser nada.
España está de luto porque seis de sus soldados murieron cuando intentaban ayudar a los habitantes de una zona caliente. Siempre han sido unos pocos capullos los que han provocado la muerte de miles de inocentes. Esos culpables, esos asesinos, esos amantes de la violencia, son los más poderosos en zonas y tiempos de guerra. Por eso, cuando se viaje en misión de paz a cualquier campo de batalla o país ocupado, hay que prepararse para lo peor. Y lo peor, queramos o no, es la guerra. La paz, amargamente, no suele alcanzarse con buenas intenciones ni poniendo, una y otra vez, la otra mejilla.
dmago2003@yahoo.es

No hay comentarios: