lunes, junio 25, 2007

Carlos Luis Rodriguez, Vuelta al Antiguo Testamento

martes 26 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Vuelta al Antiguo Testamento
Cuando de niños leíamos el Antiguo Testamento, nos armábamos un lío con las tribus y pueblos que participaban en las frecuentes batallas. Era sorprendente ver como los aliados de ayer se convertían hoy en enemigos, como los pactos se hacían y deshacían constantemente ante la mirada de un Dios que se esmeraba en favorecer a su estirpe favorita, con un apoyo superior al que prestan los americanos a Israel.
El caso es que esa perplejidad infantil ante tanto revoltijo se repite ahora con sólo cambiar los nombres antiguos por los modernos. Hay un Nuevo Testamento con organizaciones que parecen reproducir, con armamento actualizado, lo que hacían en ese mismo territorio, hace miles de años, sus antepasados. Una de ellas acaba de asesinar a unos compatriotas que tal vez nunca entendieron qué hacían en esa tierra abonada con sangre y que hoy añade a todas sus maldiciones la de ser un lugar estratégico donde chocan intereses diversos.
Enviar fuerzas de paz es una idea moderna, que se basa en el olvido del Antiguo Testamento. Antes se optó por los protectorados, la presencia colonial o el respeto a imperios, como el otomano, que sometían por las bravas las tendencias belicosas de unos y otros. Era aquélla una política realista que diferenciaba las labores humanitarias de las acciones militares. Más que de instaurar una paz que se veía ilusoria, o una democracia que se consideraba alejada de la cultura de la zona, se trataba simple y modestamente de evitar males mayores.
Ahora las pretensiones son más ambiciosas, pero el sustrato es el mismo. Los soldados españoles se interponen entre grupos que sólo se dan un respiro antes de reanudar una lucha que se remonta a la noche de los tiempos. Grupos que no han sido desarmados, que no están dispuestos a cambiar balas por votos y que son apadrinados por estados vecinos, que en el tablero de la zona juegan su partida de poder.
Preguntar quiénes han sido los que prepararon el coche bomba nos lleva a un Fuenteovejuna de siglas que se mezclan, sin una frontera precisa. En realidad, a todas les molesta la presencia de tropas extranjeras, aunque lleven el casco azul. Si la masacre favorece su retirada, todas entenderán que el atentado fue positivo y prepararán el siguiente sin pérdida de tiempo.
Lo que sorprende es que se haya querido dar la impresión de que nuestros soldados estaban protegidos por una especie de simpatía de la población, los líderes religiosos y las milicias, que al parecer distinguirían al occidental bueno (el español o italiano), del malo (el americano o inglés). De acuerdo con esta beatífica visión, los terroristas se abstendrían de asesinar a militares de un país más condescendiente con el islam y empeñado en la noble tarea de ensamblar las diversas civilizaciones.
Que la zona está asignada al contingente español es algo que los autores del atentado sabían. También parece claro que, en esa demarcación, el control es ejercido por las milicias que han proclamado su inocencia, lo cual no quiere decir que hayan sido ellas, pero sí que tenían que sospechar que algo sonado se preparaba y quién lo preparaba. No habría acción; sí, omisión.
Para los terroristas el occidental es malo siempre, con independencia de la tribu nacional a la que pertenezca. Estar allí sin tener claro esto es una temeridad tan temeraria como hacer de mediador entre los protagonistas del Antiguo Testamento. Lo malo es que ahora las hondas, flechas y espadas se han convertido en bombas.

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