martes, junio 26, 2007

Alberto Piris, Morir por la paz

martes 26 de junio de 2007
Morir por la paz Alberto Piris*

Toda actividad militar implica el riesgo de perder la vida, lo que obviamente es asumido por quienes abrazan la profesión de las armas. Es cierto que otras actividades también llevan consigo un cierto peligro de muerte, como muestran las estadísticas de los accidentes laborales, en la construcción y en la minería, sin ir más lejos. También es cierto que las víctimas laborales pueden superar numéricamente a las de la profesión militar en tiempo de paz. Incluso cabría recordar que, en España, los accidentes del tráfico rodado se cobran más vidas humanas que cualquier otra actividad.
Pero lo que singulariza a la muerte en acto de servicio militar es precisamente esta misma circunstancia: se pierde la vida en el ejercicio específico de las actividades militares, y no como consecuencia de un accidente que obedece a causas extrañas. El riesgo de la vida es inherente a la profesión militar. La formación del combatiente tiene en cuenta esta peculiaridad desde sus más básicas etapas. El combate, todo tipo de combate, es cosa de dos que buscan recíprocamente aniquilarse, y la técnica militar se centra en minimizar el riesgo propio a la vez que se aumenta el del enemigo. Como decía el legendario general Patton: “Yo no quiero que mis soldados mueran por la patria; quiero que logren que el máximo número de enemigos mueran por la suya”.
Esto conduce a la peliaguda cuestión de los motivos por los que puede llegarse a ofrendar la vida propia. Se muere por la patria, por la comunidad, por la nación o la libertad, etc. Pero también, a lo largo de la Historia, han sido muchos los que empuñando las armas han muerto tratando de imponer la tiranía, de esclavizar a los pueblos, de expoliar recursos ajenos, apoderarse de territorios u obtener por la fuerza una injusta posición de dominio o hegemonía sobre los demás pueblos.
Naturalmente, los gobiernos que recurren a la guerra hacen uso de la indispensable retórica para ocultar los motivos reales de la lucha. Los ejércitos de Napoleón se tenían por instrumentos liberadores de los pueblos, vencedores de la incultura y la superstición y propagadores del espíritu de la Ilustración, cuando invadían los países europeos.
Pero los combatientes mueren también al servicio de la paz, como lo hicieron el pasado domingo en el Líbano los soldados del Ejército español víctimas de un atentado con explosivos. Morir por la paz es probablemente la forma más altruista y desinteresada de ofrecer la vida por los demás. Tanto más cuanto que esa paz ni siquiera concierne al país propio sino que se busca en tierras ajenas, en conflictos en los que no se ha sido parte interesada y entre pueblos con los que no existen estrechas relaciones humanas.
Los soldados muertos bajo las banderas española y de la ONU han dado sus vidas en acto de servicio, cumpliendo con su deber, frente a un enemigo que lucha desde las sombras, como es el terrorismo islamista. No hay que tenerlos por héroes, exceso retórico tan habitual cuando se vierte la sangre y que desvaloriza el verdadero heroísmo. Pero sí hay que tenerlos muy presentes, rendirles los honores que merecen, atender debidamente a las necesidades de sus familias y cuidar y enaltecer su memoria como combatientes muertos al servicio de la paz.
Después, cuando el dolor por su pérdida no sea tan atenazante, será necesario analizar con detenimiento todos los detalles del ataque sufrido, para encontrar, si los hay, los fallos que pudieron facilitarlo. La eficacia militar es siempre el equilibrio entre dos aspectos contrapuestos: la eficaz ejecución de la misión impuesta y la necesaria protección y seguridad de los que la ejecutan. Ambos aspectos son siempre la preocupación esencial de todo mando militar y dan la medida exacta de su valía profesional.
* General de Artillería en la Reserva

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