martes 26 de junio de 2007
Tributo de sangre militar española Lorenzo Contreras
La muerte de seis militares españoles en el Líbano acaba, más que cualesquiera otros episodios anteriores, con el mito de la participación humanitaria de nuestra presencia en las contiendas bélicas de Oriente Próximo, por muy ligado que vaya ese objetivo no violento a la esencia de la misión que la determina. Estamos allí, están allí nuestros contingentes, como soldados y, por tanto, en una empresa de guerra, del mismo modo que fue del mismo signo la participación española en la guerra de Iraq y antes la contribución de nuestros militares en el conflicto de Kuwait. En Afganistán no es otro el sentido de la actual presencia, con todos sus riesgos. La diferencia con la misión en Iraq estriba en la cobertura de la ONU; pero en todo caso, la imagen de la guerra no deja de presidir el escenario.
La aventura de Iraq, bajo Gobierno aznarista, constituyó, por encima de las formalidades de derecho internacional, una enorme ventaja para el PSOE y, sobre todo, para su líder Zapatero. Sin el pretexto de la “guerra injusta e ilegal”, el actual presidente del Gobierno no habría podido realizar su famoso gesto de la “espantada” española de territorio iraquí, del mismo modo que le habría sido imposible ganar las elecciones del 2004 sin el atentado del 11M. Ambos factores, la promesa de retirada militar y después la victoria electoral respaldada también por esa circunstancia pacifista ligada al atentado de los trenes, puede decirse que hicieron de ZP electoralmente un héroe de ocasión, pero no un auténtico pacifista, luego dispuesto, como se ha demostrado, a vincular la acción militar española con los intereses que marcan las aventuras de Afganistán, el Líbano y lo que venga.
Lo que ahora se prepara es un entierro más o menos épico en el que la España de Zapatero se pone más que nunca a la altura de los intereses occidentales y, mal que le pese al actual jefe del Ejecutivo, a nivel de los intereses norteamericanos, ciertamente ligados esta vez a intereses de la Unión Europea. Aquel zapatero que en Túnez, a raíz de la evacuación militar española de Iraq, invitaba a todos los países occidentales a no secundar las empresas militares propiciadas por George Bush, se ha evaporado política y diplomáticamente. España, por mucho que predique el inventor de la Alianza de Civilizaciones, se encuentra donde estaba condenada a permanecer y lucir su pabellón.
Ahora bien, este conjunto de últimas circunstancias favorece a Zapatero y su política exterior. Seis militares españoles muertos en una empresa grata a los intereses norteamericanos —sobre todo a ellos— proporcionan al dirigente socialista, hasta hace poco caracterizado por su sentido (falso) de la independencia y la distancia, un retoque de imagen. La España de ZP ha pagado a la causa común un tributo de sangre que ha merecido elogios y comprensiones internacionales, incluidas, naturalmente, las estadounidenses a través del embajador norteamericano de apellido español, el señor Aguirre. Fechas antes, pasó por nuestro país la secretaria de Estado Condoleezza Rice sin mostrar una especial deferencia protocolaria hacia Zapatero, aunque, eso sí, cumpliera con las mínimas exigencias del código diplomático.
Quedamos a la espera de la organización de los nuevos funerales, esta vez no motivados por “accidentes”, sino por acciones de guerra que, además, no dejan de ser atribuibles a Al Qaeda a través de alguna de sus numerosas sucursales. Zapatero, en una ceremonia abanderada y con himno nacional, no deja de constituir una estampa maravillosamente ortodoxa. Ya se supone que el gran líder socialista español no cuenta con el mundo de la rebeldía terrorista islamista para su ensayo de gran concertación universal civilizadora.
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