sabado 23 de junio de 2007
El honor y la Guardia Civil
José Manuel
Cuenca
Toribio
«El honor (...) para todo hombre (...) es el eje sobre el que se mueve no sólo el orbe cristiano, sino los orbes todos que forman el concierto del universo; es el inspirador de toda conducta distinguida y abnegada, aliento para el difícil deber en que los más sagrados derechos se fundan; es el principio básico sobre el que se asienta la dignidad, la nobleza entera de la vida humana». ¿El autor: un pensador reaccionario, un laudator temporis acti, un moralista nostálgico, un escritor espiritual del Siglo de Oro? Nada de ello: don Ramón Menéndez Pidal, laico, progresista y muy alejado de fundamentalismos de todo tipo.
Alguien si no situado en sus antípodas sí asaz distanciado de sus gustos e inclinaciones, el quinto marqués de las Amarillas y II duque de Ahumada, el fundador de la Guardia Civil, dio a ésta, a manera de lema o motto, el honor como divisa genética e identitaria. Transcurrido más de siglo y medio de la hora de su creación en el periodo tan ebullente y fecundo que fuera el denominado en los libros de historia «década moderada», el emblema no se encuentra en verdad desdorado por el paso de un tiempo que enmoheció numerosas instituciones y conductas colectivas merecedoras un día del aplauso y gratitud ciudadanos. A ningún nivel social ni político la Benemérita carece de respeto y, en la mayor parte de las ocasiones, aprecio por el cumplimiento esforzado de sus misiones.
Sin duda, éstas han experimentado notables mudanzas desde 1843 a la actualidad, con singular patencia desde el acceso de España al estadio de un país industrializado y «posmoderno». El momento de los cambios y adaptaciones ha llegado incuestionablemente al custodio por excelencia del orden público durante una larga porción de la trayectoria de nuestro pasado inmediato. Su propia estructura, su reclutamiento, su diseño interno acusaron hondas innovaciones en tiempos recientes. Ni la Guardia Civil caminera ni la rural constituyen hodierno la estampa más habitual del paisaje físico de la España de los comienzos del siglo XXI.
Hoy sus miembros no se nutren de una juventud campesina inexistente, sino del proletariado universitario formado por los licenciados de las carreras superiores en almoneda y bancarrota. Ni tampoco -pese a la avalancha de delincuentes agrarios centroeuropeos y magrebíes- el campo y sus propietarios se dibujan como objetivo preferente de su labor. La represión del terrorismo nacional e internacional, la erradicación de las mafias, el descepamiento de la abominable pedofilia informática y un extenso elenco de materias de semejante tenor centran el admirable trabajo llevado a cabo -en compañía del desplegado por las otras fuerzas de seguridad estatal, autonómica y urbana- por la Guardia Civil con la abnegación y silencio que siempre lo distinguieron hasta acreditarlo más allá de las fronteras de la nación.
Indubitablemente, tales mudanzas hacen imperativo en su seno un profundo reacomodo de pautas y metas, más difíciles y acaso también más dolorosas cuando más se ajusten a una sociedad que apenas ofrece semejanza con la de mediados del siglo XIX, pero que, a cuenta de lo oído y escuchado en los medios de comunicación así como de lo expresado por gran parte de la opinión pública, desea a toda costa que la Benemérita conserve refulgente la clave identitaria que le imprimiese su fundador.
Gestos mitinescos, coros asamblearios, consignas quinceañeras no son las actitudes más adecuadas para reivindicar unos derechos que, en un Estado democrático como afortunadamente es el que nos rige, sus Fuerzas Armadas y sus Cuerpos de Seguridad deben de buscar -y, en su caso, con la oportuna sazón ciudadana y sanción gubernamental, conseguir- por cauces bien distintos a los seguidos últimamente por unos hombres y mujeres a los que sólo la vocación de servicio público ha debido conducir a la elección de tan noble profesión.
sábado, junio 23, 2007
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