jueves, junio 07, 2007

Ignacio San Miguel, Hamlet y el progresista moderno

viernes 8 de junio de 2007
Hamlet y el progresista moderno
Ignacio San Miguel
C ONSIDERANDO el empobrecimiento de las letras y las artes en las últimas décadas, siempre he pensado que están en lo cierto quienes juzgan que la decadencia de la religión y la moral tienen su parte en ello. Es decir, que son dos decadencias relacionadas. De una época en que impera la amoralidad no pueden surgir obras de creación de auténtica valía; por lo menos, no en la proporción que en otras épocas menos nihilistas. Pero no sólo la facultad de crear se vería afectada, sino que la capacidad de entender las obras antiguas ha de encontrar dificultades. Al llegar a este punto, siempre viene a mi memoria una escena de “Hamlet”, y no sé por qué, puesto que existen infinidad de ejemplos posiblemente más significativos. Pero como este es el que viene a mi mente una y otra vez, lo traslado a continuación. En su deambular solitario por los pasillos y estancias del castillo en Elsinor, Hamlet se topa con su enemigo, el rey, su padrastro, el asesino de su padre. Está de pie ante una hornacina que contiene una imagen sagrada. Está murmurando y retorciéndose las manos. Hamlet se acerca por detrás. Piensa que éste es un buen momento para hacer justicia; es decir, para acabar con aquel miserable. Desenvaina, pues, la espada. No tengo por qué justificar la intención de Hamlet, pero la entiendo, como la entenderán muchos. Y entender es poder participar de la emoción del momento. Pero es difícil que el progresista moderno pueda comprender debidamente. Su mente, imbuida de pacifismo a ultranza, se inclinará más bien a rechazar la acción, achacándola a una mente bárbara judeocristiana. Hamlet desenvaina la espada, pero oye al rey, atormentado de remordimientos, decir, entre otras cosas: “¡Oh, atroz es mi delito! ¡Su corrompido hedor llega hasta el cielo! ¡Sobre él pesa la más antigua de las maldiciones: la del fratricidio!... ¡Oh, miserable condición la mía! ¡Oh, corazón negro como la muerte!... ¡Oh, ángeles del cielo, socorredme! ¡Oh, rígidas rodillas, doblegaos!” Hamlet ve cómo su enemigo se arrodilla ante la imagen. Piensa: “Ahora podría hacerlo, ahora que reza, pero… Pero así va al cielo. Hay que reflexionar. Un infame asesina a mi padre, y yo, su hijo, aseguro al malhechor la gloria. Eso fuera premio y remuneración, que no venganza… ¡No, vuelve a tu sitio, espada, y elige otra ocasión, más azarosa! Cuando duerma en la embriaguez, o se halle encolerizado; en el deleite incestuoso de su lecho; jugando, blasfemando, o en acto tal que no tenga esperanza de salvación. ¡Precipítale entonces de tal modo, que sus talones tiren coces al cielo y sea su alma tan negra y condenada como el infierno adonde se desploma!” (La traducción de estos fragmentos es de Luis Astrana Marín) Hamlet envaina su espada y se aleja silencioso como un espectro. (Estaba muy bien Lawrence Olivier en ese papel, en la película que él mismo realizó en 1948). Entender es participar, y participar es entender. Pero esto sólo lo puede hacer con plenitud un creyente. Porque sólo éste puede comprender plenamente la naturaleza abismal de la siniestra ferocidad del pensamiento de Hamlet. Es necesario, sin duda, creer en el cielo y el infierno, en el castigo y el premio, la salvación y la condenación; en el pecado, que merece ser castigado, y en el arrepentimiento que lava las culpas; y, por supuesto, en el Dios que castiga y premia. Y hay que creer en el alma que, separada del cuerpo, se salva o se condena según sus merecimientos. El cristiano tradicional cree en todo ello. Y Shakespeare escribió para creyentes, como él lo era, y no para progresistas modernos. Estos progresistas no están capacitados para emocionarse de manera auténtica con el drama, porque no lo encuentran verídico. Y lo que es falso no puede emocionarnos. Comienzan por no creer en Dios, o bien creen en un dios bonachón y apacible; y a partir de ahí todo se diluye. No pueden creer en el pecado, ni en un alma separada del cuerpo que merezca premio o castigo. No creen en el cielo ni en el infierno. Los clérigos progresistas sólo creen en el cielo. Dicen que Dios va a acogernos amorosamente a todos, absolutamente a todos. No deja de ser un mensaje muy satisfactorio para los criminales, y puede inducirlos a seguir tranquilamente con sus actividades delictivas, incluido el asesinato. Si el rey al que iba a castigar Hamlet hubiese sido asesorado por un clérigo de esta especie, es muy posible que no hubiera tenido aquel tremendo arrebato de arrepentimiento en que le encontró su hijastro (hijastro y también sobrino, porque el rey al que asesinó, padre de Hamlet, era su propio hermano). El hombre exento de creencia se encuentra en inferioridad de condiciones para justipreciar obras en las que la creencia es esencial. Nosotros podemos apreciar a Esquilo o a Homero, y sus imágenes nos han de resultar bellas, heroicas y dramáticas. Pero ¿acaso nos emocionaremos como se emocionaban los antiguos griegos que creían en los dioses? Desde luego que no. Se trata de una lectura distinta. Lo mismo ocurre, aunque en mayor medida, cuando un progresista moderno, irreligioso y amoral, trata de apreciar una obra donde la religión y la moral están presentes de forma abrumadora aunque sea para contravenirlas. El progresista moderno es demasiado blando para apreciar las sugestiones fuertes. Es una blandura cruel, pues es capaz de convivir con grandes aberraciones siempre que no turben su plácida molicie, lo cual es signo indubitable de su condición espiritual desviada. Si digo que un clérigo progresista habría tranquilizado al rey, un amigo progresista de Hamlet habría tratado de convencer a éste de que reinsertara a su padrastro para convertirlo en un gobernante modélico. ¿Un final feliz verdaderamente ejemplar? Pero lo cierto es que “Hamlet” es una obra de gran belleza, tal como está pergeñada. Y esta su belleza, aunque sombría, nos hace reflexionar en que la obra artística cuya excelencia y grandiosidad se relacionan íntimamente con las verdades tradicionales cristianas puede constituirse en prueba de la veracidad de éstas, como ya mostró en su día el vizconde de Chateaubriand.

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