martes, junio 26, 2007

German Yanke, Misiones de alto riesgo

martes 26 de junio de 2007
Misiones de alto riesgo Germán Yanke

Escucho y leo las voces y las opiniones de quienes aseguran que no nos jugamos nada en el Líbano, ni en otros lugares, que deberíamos quedarnos en casa, que colaboramos con otros países que sí obtienen beneficios en esos sitios y que las misiones no pretenden la paz, sino otros objetivos. Discrepo.
La batalla contra el terrorismo internacional, que es fundamental, no se libra sólo dentro de nuestras fronteras, sino —necesariamente— en los lugares en los que los terroristas se preparan, se refugian y en los que obtienen las rentas para mantener su barbarie contra la libertad. Es una convicción general, de los analistas especializados y de los políticos implicados. Y que hacerlo así suponga riesgos no anula la necesidad, como los supone la seguridad interna.
Además, creo en el derecho de ingerencia cuando lo que se juega en algún lugar del mundo es la libertad de los ciudadanos. No podemos asistir a desastres como el de Darfur o a tantas violaciones de la libertad y los derechos humanos respondiendo que no nos va nada en ello. Debemos ayudarles en todos los frentes, en el económico y en el diplomático sin duda, pero también, cuando es necesario, con la presencia —arriesgada siempre— de las Fuerzas Armadas.
Lo que hay que hacer, desde mi punto de vista, no es, por tanto, aislarse, sino tomárselo en serio. Seguramente, España no podría aislarse ni aun queriendo, pero creo que aún debe tomárselo más en serio. Esa doctrina oficial según la cual nuestros soldados están siempre en el exterior en misiones humanitarias, la insistencia en su colaboración en las infraestructuras de la zona o en la ilusión con la que los soldados organizan partidos de fútbol con los muchachos del lugar responde, sin duda, a la consideración de que los españoles estamos poco preparados para entender el papel internacional de nuestro país. Pero no debería ir más allá, es decir, no tendría que afectar a la dotación necesaria para cumplir con seguridad los objetivos de las misiones. En Afganistán ha habido menos personas de las necesarias para la propia protección de los desplazados, por aquello de limitar teóricamente el número de soldados. Ya ocurrió y vuelve a ocurrir que los vehículos atacados no tenían inhibidores de frecuencias. Sin duda es imposible evitar todos los peligros, pero no se debería escatimar esfuerzos y dinero en esta cuestión.
En el caso del Líbano, además, palpita una realidad que va más allá de las intenciones de España. Se ha concebido la presencia de fuerzas internacionales en la zona como algo ajeno y alejado del primer problema del país, antes evidente, últimamente palmario: Hezbollah, una suerte de Estado totalitario y violento dentro del Estado, un peligro para la zona y el mundo entero. Estar allí para no impedir que Hezbollah actúe, para no tratar de terminar con su terrorismo, resulta un tanto absurdo. Y por ello dan aún más pena las víctimas del Ejército español en Líbano.

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