lunes 25 de junio de 2007
Tres zamoranos
En un reciente libro de José Javier Esparza, titulado El Terror rojo en España (Áltera), me tropiezo con una anécdota macabra que explica mejor que un tratado de tropecientas páginas la naturaleza sórdida del conflicto que enviscó a los españoles durante los años aciagos de la Guerra Civil. Sin duda, existen razones de índole ideológica, social, económica o religiosa que nos ayudan a entender las coordenadas en que se desató dicho conflicto; pero dichas razones no bastan para que entendamos la avalancha de desmedida crueldad que se desató en las retaguardias de ambos bandos. Para llegar a penetrar en el meollo de este horror es preciso incorporar un ingrediente más a la explicación, en el que se entremezclan resentimientos atávicos y ajustes de cuentas de una pavorosa mezquindad; es preciso, en definitiva, zambullirse en el cenagal del cainismo, allá donde anidan nuestras pulsiones más abyectas. La anécdota que aporta Esparza involucra a desechos humanos del bando republicano; pero igualmente podrían aportarse cientos de anécdotas similares que involucrasen a desechos humanos del otro bando. A la postre, lo que tal anécdota nos enseña es que la adscripción a uno u otro bando fue con frecuencia la coartada que tales desechos humanos emplearon para enmascarar la verdadera naturaleza de sus crímenes. Quizá la anécdota no me habría sugestionado tanto si no la hubiesen protagonizado tres zamoranos como yo mismo. El más conocido de los tres es Ángel Galarza Gago, un personaje sórdido, responsable de la hecatombe de Paracuellos, a quien misteriosamente le tienen dedicada una calle en mi ciudad. Fiscal General del Estado durante la primera etapa de la República, en 1933 ingresa en el PSOE, llegando a ser nombrado por Largo Caballero ministro de la Gobernación en septiembre de 1936, cargo del que sería apartado en mayo de 1937, tras demostrar una notoria incapacidad en el mantenimiento del orden. Para que podamos hacernos una idea de su catadura moral, diremos que, tras el asesinato de Calvo Sotelo, Galarza profirió la siguiente bajeza: «A mí este asesinato me produjo un sentimiento: el sentimiento de no haber participado en su ejecución». El segundo protagonista de la anécdota es Luis Calamita Ruy-Wamba, que como sus apellidos nos permiten suponer era un señor de derechas, propietario de una imprenta y de un periódico de orientación conservadora, El Heraldo de Zamora. El tercero en liza, last but not least, se llamaba Vicente Rueda; regentaba otra imprenta zamorana más modesta, de significación izquierdista, que competía en inferioridad de condiciones con la de Calamita, y durante los primeros meses de la guerra estuvo a las órdenes del socialista Agapito García Atadell, chequista y expoliador, uno de los personajes más sombríos de la contienda, cuya ejecución –tras un intento frustrado de huida a Sudamérica con los frutos de sus saqueos– sería aplaudida tanto en el bando nacional como en el republicano. En su juventud, Galarza y Calamita habían pretendido a la misma mujer, que terminaría siendo novia del segundo. Despechado, Galarza había abordado a los novios al final de una función teatral, increpando a la muchacha que había sido el motivo de su querella amorosa y recordando ciertos ‘favores’ presuntos que le habría dedicado antes de iniciar su noviazgo con Luis Calamita. A las groserías respondió Calamita abofeteando a Galarza, que abandonó mohíno el teatro; podemos imaginar que ya en ese mismo momento empezó a larvar su rencor. Mucho tiempo después, el alzamiento de los militares sediciosos sorprende a Luis Calamita Ruy-Wamba en Madrid; el 14 de septiembre de 1936, por orden de la Dirección General de Seguridad, es ingresado en la Cárcel Modelo. Un par de semanas después, el ministro Galarza escribe de su puño y letra una circular por la que decreta el traslado del «detenido Luis Calamita, que lo fue por mi orden», a la prisión de Chinchilla. El encargado de vigilar el traslado será Vicente Rueda, a quien Galarza elige personalmente para la misión. Por supuesto, Calamita no llegó jamás a su destino; fue asesinado en cualquier desmonte por Rueda, que así vengaba de una tacada las mermas en el negocio que la imprenta de su rival le hubiese podido causar en otro tiempo y el despecho amoroso de su paisano el ministro de Gobernación. Al menos, Galarza pudo saborear esta vez el «sentimiento de participar en una ejecución».
lunes, junio 25, 2007
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