sábado, junio 23, 2007

Jose Maria Romera, El vecino

sabado 23 de junio d e2007
El vecino
JOSÉ MARÍA ROMERA j.m.romera@diario-elcorreo.com
Aparece cada vez que ocurre uno de esos truculentos sucesos de violencia sexista y las cámaras se lanzan al lugar de autos para arrancar del rellano de la escalera unas manchas de sangre, la placa del buzón, la persiana bajada del piso. Me refiero al vecino. Pónganlo en femenino si prefieren, es igual. El hecho es que siempre está ahí, imperturbable y locuaz, como si en toda la vida no hubiera hecho otra cosa que hablar ante los micrófonos. Después de todos los crímenes domésticos siempre hay un vecino en escena que redondea el reportaje, haya sido o no testigo de los hechos, tenga o no tenga información que proporcionar acerca de cómo pasó aquello. Ignoro cómo lo eligen, pero tengo la sospecha de que los equipos móviles desplazados al lugar de autos organizan in situ una especie de 'casting' para dar con el más adecuado. O tal vez sea un actor de plantilla. Lo digo por la profesionalidad con que representa su breve pero inexcusable papel. Hoy día ya no se concibe la crónica de un homicidio sin el testimonio del vecino, ese personaje de folletón que aporta el toque humano a la noticia. Decir, no es que diga mucho. Su frase no va más allá del enunciado de una breve impresión: «Parecía una persona normal, un poco reservado tal vez, pero nunca daba problemas y saludaba al subir en el ascensor». O bien: «No se separaban ni para ir a la compra, se les veía muy unidos a todas horas». Piensen por un momento qué ocurriría si la noticia no incluyera voz e imagen del vecino. Desde el punto de vista informativo, no se le echaría en falta porque generalmente esa mujer o ese hombre no tienen la menor idea del suceso, ni de sus causas ni de sus pormenores. Su única credencial es la proximidad. La razón de que se les conceda ese macabro minuto de gloria sólo radica en el hecho de vivir cerca, como si la cercanía concediera conocimiento. Y sin embargo les oímos atentos, a sabiendas de que no van a pronunciar más que la fórmula de siempre, con ligeras variaciones de grado en cuanto a perplejidad, consternación o ira. Pero lo habitual es que se expresen en un asombroso tono neutro que quita hierro al drama. Cuando el interrogado es un pariente cercano, las pasiones se desbordan. Unos se quedan con la palabra entrecortada en la boca, ahogados de pena. Otros farfullan cosas indescifrables con los ojos inyectados en sangre. Por eso la cámara prefiere al vecino, por su imparcial frialdad no exenta de condescendencia. Estos días el Gobierno y algunas organizaciones de derechos humanos han propuesto replantear las informaciones sobre crímenes machistas para evitar el posible 'efecto llamada' sobre los más perturbados. De ser así, el vecino tiene sus días contados. Ya puede ir pensando en buscarse la celebridad en otros escenarios.

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