martes 26 de junio de 2007
Víctimas y elecciones
M. MARTÍN FERRAND
EN las cercanías de los restaurantes madrileños de postín, en donde suelen comer más personas con cargo al Presupuesto que al de su propio bolsillo, tienden a fracasar los mandos electrónicos que abren o bloquean las puertas de los automóviles. Es efecto de los inhibidores de frecuencia que, como prevención a los posibles atentados terroristas, se han instalado en muchos de los coches «oficiales» que retribuyen en especie y vanidad a buena parte de los cargos públicos que encabezan las distintas administraciones del Estado. Son artilugios elementales que se venden por internet -«entrega inmediata»- y cuya gama de precios va desde unos pocos cientos de euros a cinco o seis miles.
Según declaró ayer José Antonio Alonso, ministro de Defensa, nada más llegar a la base española «Cervantes», en la que se albergan las tropas desplazadas al Líbano, el vehículo blindado BMR que sirvió de ataúd a seis soldados españoles carecía de tan elemental y económico aparatito con el que se protege con prioridad a un subsecretario que circula por el paseo de la Castellana que a un caballero paracaidista en patrulla por una zona bélica. Son fenómenos singulares que definen nuestros modos de entender el poder y por los que nunca nadie paga cuota de responsabilidad. Para algunos es discutible el envío de tropas a peligrosos escenarios internacionales; pero no puede serlo el que, si se hace, no se las acompañe de cuantas medidas de seguridad puedan disminuir los riesgos que las acechan.
Los muertos y heridos del cuartel general español en Taibe son, en una lectura política del doloroso suceso, una nueva catástrofe de las muchas que, en estos últimos días, se amontonan en la mesa de José Luis Rodríguez Zapatero. ETA no deja de utilizar su ametralladora de Gara para denunciar los irresponsables compromisos que, dicen, el Gobierno pactó con los terroristas, y ahora, encima, el ruido que llega del Líbano, unido al fracaso electoral socialista en los últimos comicios o, peor, sus pactos indecentes, comprometen de tal manera al ámbito gubernamental como para poder decir que no adelantar las elecciones legislativas de marzo sería una forma de suicidio político que, por otra parte, no lamentarían más que los perjudicados por el lucro cesante en las bicocas del poder.
Si Zapatero no ha perdido el instinto de conservación, más necesario entre los animales políticos que entre los habitantes de la jungla, tendrá que disolver las Cámaras dentro de los próximos dos meses. La lógica previsión de los acontecimientos no permiten augurar una etapa de bonanza y, aun contando con la pereza estival, todo irá a peor. No se puede construir una política sobre un cimiento de mentiras, al modo del líder devoto de su abuelo y esperar que no pase nada. De cada causa, inexorablemente, se derivan sus efectos. Al presidente se la ha roto el juguete. Sería divertido de no haber vidas por medio.
martes, junio 26, 2007
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