jueves, marzo 01, 2007

Felix Arbolí, La muerte de una ilusion

viernes 2 de marzo de 2007
La muerte de una ilusión
Félix Arbolí
I DOIA RODRIGUEZ BUJÁN, ha dejado de figurar en el censo de los mortales y ha engrosado el de los héroes. Su nombre permanecerá siempre en el recuerdo de sus compañeros, de la Fuerzas Armadas, y lo que es más importante, de España, en cuyo nombre y bajo su Bandera ofrendó su juventud y su vida al servicio de unos ideales, que para ella eran fundamentales y dignos del mayor sacrificio que puede realizar un ser humano. Tras su muerte, como es lo habitual, honores y homenajes militares, gubernamentales y populares muy merecidos, pero que no sirven para secar las lágrimas y aliviar las penas de unos desolados padres que han visto desaparecer en una guerra, que no es nada nuestra, a su única hija en la flor de su juventud, llena de ilusiones incumplidas, de proyectos irrealizados y de amores cortados cuando estaban a punto de consolidarse. Idoia era una chica muy guapa, con una sonrisa contagiosa y una inequívoca sensación de bondad, que confirma nuestra fe en la existencia de una juventud consciente y responsable que desgraciadamente no es noticiable en las crónicas donde tienen su permanente actualidad la que rompe tabúes y hace exhibición de procacidades e inconformismo con los cánones establecidos para una normal y prudente convivencia. La muerte alevosa, el asesinato sin máscaras ni ambages de un ser humano, que está desarrollando una dura y humanitaria labor en beneficio exclusivo de los que le asesinan, siempre causa repulsa e indignación y la consideración de que esa manera arbitraria de proceder nos hace a todos ser diana de sus instintos asesinos, en cualquier lugar y momento, para ofrecer a su “dios” ese salvaje crimen, como “santificado” sacrificio. Ignoro qué clase de creencias y que idea de Dios inculcan a esos ignorantes fanáticos para hacerles creer que están haciendo méritos con sus sanguinarios actos, para hallar más allá de la muerte, en muchos casos asumidas voluntariamente para asesinar a seres inocentes, un lugar en ese paraíso y sus huríes que según el Coram, su libro sagrado, les ofrecen exquisitos vinos y abundante sexo, ya que puedan elegir por esposas todas las que desee. Vinos y mujeres el ideal más sublime para la vida eterna musulmana. ¿No gozan ya en demasía de tales “venturas” los jeques, reyes, líderes y potentados árabes, sin necesidad de sacrificios, ni muertes arbitrarias?. Invocan la “Yihäd” como pretexto de una guerra santa contra el infiel. ¿Acaso ignoran que con esta palabra se define también el “esfuerzo para controlarse a si mismo en el aspecto de la perfección moral y religiosa?. ¿Controlan su perfección causando muertes indiscriminadas?. ¿No les parece que alguien debe haberse equivocado al interpretar la doctrina y enseñanzas de Mahoma, el justo y reverenciado Profeta al que invocan y veneran?. Guerra y muerte contra el infiel, contra el hermano en la fe que tiene diferente forma de interpretarla y contra todo lo que existe más allá de sus prensadas inteligencias y maneras de enfocar lo divino y verdadero, para obtener el ansiado premio de pasar la eternidad en cómodas butacas, bebiendo exquisito vino servido por preciosas huríes y gozar sexualmente de las que deseen.¿ Lo creen de verdad?. Si esto es lo que esperan en ese ansiado “paraíso” será algo parecido a un fin de semana entre mineros y trabajadores de agotadoras jornadas semanales, cuando reciben la paga y marchan a la ciudad. Aunque en estos casos las cómodas butacas sean sustituidas por taburetes y sillas de bares y mancebías. Me inspira más respeto una religión y una doctrina inspirada en las revelaciones del Profeta Mahoma, el siempre justo y alabado, que las tergiversadas interpretaciones de las mismas propagadas por hábiles instigadores e inculcadas en la mente y creencia de sus fieles. Por este fanatismo imperante entre los exaltados seguidores de maléficas consignas, el mundo se está convirtiendo en un peligroso polvorín, imprevisible y cada vez más alarmante. La ONU y otros organismos internacionales tratan de poner orden y llevar la paz donde jamás pueden conseguirlo, ya que no sólo es la lucha que mantienen contra el invasor e infiel extranjero la que hay que prevenir, sino las minas, los ataques inesperados y atentados sangrientos que surgen en cualquier esquina, carretera o calle, entre los habitantes de ese país, donde dos facciones religiosas de una misma doctrina se han dedicado a eliminarse mutuamente, sin respetar siquiera el carácter sagrado de sus mezquitas o el odio contra los seguidores de distinta fe que se hace patente e irresponsable en todas sus manifestaciones. España está en todas partes. Según algunos como debe ser tratándose de un país perteneciente a un organismo internacional y al empeño en conseguir o pretenderlo al menos, asegurar una civilizada convivencia en los lugares donde se halla en peligro la vida de sus gentes o se encuentre instalada la intolerancia y el rencor. Otros opinan que debemos permanecer al margen de problemas y contiendas que no nos incumben, ya que bastante tenemos con intentar solucionar los nuestros. Entre unos y otros, manifestaciones y pancartas que nunca acaban, ni nada consiguen. Mientras, nuestra juventud continúa regando con su generosa sangre campos y lugares ignotos y extraños en aras de un ideal que ellos aceptan noblemente, pero que para sus seres queridos significa una angustia vital muy difícil de superar. No hay nada más valioso a unos padres que la vida de un hijo o hija y jamás comprenderán y asimilarán que hayan muerto impunemente, bajo el anónimo de la cobardía, defendiendo la vida y el bienestar de sus propios asesinos. Ni cruces, ni fanfarrias, ni rezos, ni alabanzas, serán lenitivo suficiente para cicatrizar la profundidad de sus heridas sentimentales. Idoia ha sido por ahora el último ejemplo de la abnegada y generosa entrega de nuestra juventud en acciones incomprensibles que le cuesta la vida. Una amarga circunstancia que la hace digna de admiración y honores máximos, únicos tributos posibles a su ausencia definitiva en el cumplimiento de un deber que ha asumido libre y valientemente al elegir una profesión tan llena de peligros como de excepcionales virtudes. Pienso que ya es hora de recapitular, libres de politiqueras interpretaciones, sobre la conveniencia y utilidad de exponer a nuestros jóvenes soldados en tan diferentes como peligrosos escenarios, donde no se consigue apaciguar los ánimos de los empeñados en guerras interminables de muy cruentos resultados. La solidaridad tiene un límite y en estos casos se halla sobrepasado. Nos combaten, nos critican, nos machacan en donde y cuando pueden y nos amenazan con represalias de atentados y sabotajes aquellos a los que pretendíamos ayudar y beneficiar. La justicia y misericordia de Alá y su Profeta se halla un tanto alterada en estos mundos convulsos. La sangre española derramada en esos lejanos y desconocidos lugares, con los que no tenemos responsabilidad alguna, es una acción heroica y digna de las mayores alabanzas para los jóvenes que la entregaron, pero no es medida acertada y lógica para seguir aumentando nuestros muertos y angustiando a tantas familias en causas perdidas. Si, causas perdidas y el tiempo y las circunstancias avalan mi criterio. Contra la sinrazón, el fanatismo, el odio hacia el infiel y la lucha sin tregua contra la civilización occidental, no hay arma posible. Ellos mueren y matan felices pensando en sus huríes y a los que han ido a protegerlos y poner un poco de orden en su enloquecido quehacer y extraña manera de vivir le hacen pagar con su vida tan altruista decisión. Tan insólita odisea. Una chica llena de vida, colmada de ilusiones en un futuro que se suponía duradero, con el amor por medio para formar una familia, único aliciente en la vida de sus padres y referencia triste y constante para amigos y conocidos, ha emprendido el camino hacia la eternidad y la gloria reservada a los mejores. Una Medalla al Mérito Militar, con equivocado distintivo, ya que no es el amarillo, sino el rojo el que le corresponde, al ser en acción de guerra, ha sido la recompensa de sus mandos por la entrega de su vida. Claro que si le dan el rojo, suponía aceptar públicamente que estaba en zona de guerra y su muerte había sido consecuencia de la misma. El ideal de nuestra Idoia, como la de sus compañeros allí destacados, era ejercer una loable acción humanitaria, sin tener que usar las armas. Excusa que dio nuestro gobierno a la opinión pública para enviar esos contingentes militares a diversos frentes bélicos, sin que se alzaran manifestaciones, pancartas y concurrencia de los sensibles actores, actrices y demás miembros de la farándula, tan opuestos en otros tiempos a estos despliegues militares Nadie puede negar, por mucho que se empeñen, que nuestros soldados se hallan expuestos a un continuo e imprevisto peligro, típico del árabe, con todas las nefastas consecuencias que ello entraña. Pero lo que en otros tiempos se consideró una intromisión en asuntos que no nos incumbían y un abuso intolerable de autoridad a espaldas del pueblo, que costó una gran cantidad de votos a Aznar, entre ellos el mío, ahora es un acto de solidaria actitud hacia países que sufren unas guerras que ellos mismos han provocado y continúan alentando, siguiendo las directrices de muy altas e interesadas esferas del Islamismo, empeñado en radicalizar al mundo musulmán. Me dirán lo del mandato y recomendación de la ONU, que a mi corto entender no justifica tampoco la presencia y el holocausto de nuestra juventud. Son ciento noventa y uno los países miembros de esta organización, si mi memoria no me falla, ¿cuántos han seguido su sugerencia?. ¿Cuántas guerras existen actualmente sin que este alto organismo se interese por los afligidos ciudadanos que las soportan?. ¿Y de la hambruna quién se preocupa, causando más estragos que los desastres bélicos?. Está bien y es correcto que asumamos misiones de atenciones humanitarias, ayudas sociales, instituciones hospitalarias y demás acciones que supongan nuestra ayuda generosa a una nación necesitada y merecedora de ese esfuerzo. Pero no encuentro argumento para que estemos donde no nos quieren, ni nos toleran y hasta los pequeños expresan su repulsa a nuestra presencia con piedras y altercados, no siempre incruentos. ¿Qué hacemos donde no nos han llamado, ni saben valorar y considerar nuestros sacrificios y molestias?. Lo dicho no tiene relación con el épico final de nuestra soldado, IDOIA RODRIGEZ, que hizo el sacrificio supremo de su vida, con el alma limpia de odios y rencores, todo lo contrario, amando a sus asesinos a los que fue a ayudar y regalarles la vida con su sonrisa y belleza que no ocultaban, ni disminuían, engrandecían, su nobleza y bondad. La muerte es el final de todo humano. Unos la encuentran en la cama, mientras se entregan a los brazos de Morfeo. Otros, tras una larga y angustiosa agonía que no solo hace sufrir al protagonista, sino a todos cuantos le rodean. La tuya, mi joven héroe de ojos serenos y dulce mirada, belleza juvenil en pleno desarrollo y un enorme corazón ajeno a las pulsaciones que origina el peligro, por tu admirable entrega a los demás, ha sido sin lugar a dudas la más hermosa. Digna de figurar en los anales de nuestra moderna Historia, porque has logrado alcanzar la inmortalidad reservada a los que honraron a la Patria y enaltecieron a su Bandera, con el sacrificio de su vida. Descansa en la paz que tu ofrecías y deseabas a tus propios asesinos. Mi más sentido y sincero pesar a los afligidos padres, sin dejar de resaltar que deben sentirse orgullosos al haber ofrecido a la Patria lo mejor de sus vidas. Espero que la Patria jamás la olvide.

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