Parlanchines y flautistas
M. MARTÍN FERRAND
viernes 17 de octubre de 2008
AUNQUE digan que el pasado está en quiebra es el presente el que no se sostiene. Se tambalea por falta de enjundia y es en el territorio de la política donde mejor se advierte esa endeblez. Hubo un tiempo -y sobreviven casos en algunas, pocas, naciones esencialmente democráticas- en que la diferencia entre un parlamentario y un parlanchín era clara. Resultaba diáfana al más torpe de los observadores. Ya no es necesariamente así. Sistemas electorales como el nuestro fomentan el mogollón. La anorexia ideológica, disfrazada entre todos de bulimia socialdemócrata, crea lotes, cerrados y bloqueados, que sirven de coladero a quienes se convierten en parlamentarios sin dar el nivel de los parlanchines, y sacan pecho, en los dieciocho Parlamentos de la Nación, de representantes del pueblo y padres de la Patria y sus porciones.
Me ha producido escándalo -cosa que agradezco porque el escándalo es la fuente de la eterna juventud- la sospechosa unanimidad con que la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición del PSOE para que los cargos electos puedan disfrutar de permisos de maternidad o, en su caso, de paternidad. El sentido intermitente de la representación popular es discutible, pero se ajusta al espíritu de nuestro tiempo. Pase. De hecho esa licencia ya existe con el límite de que los beneficiarios tengan que acudir al Congreso para ejercer el voto. A lo que ahora se aspira, contra el vigente mandato constitucional y en tácita aceptación de la condición gregaria, no individual, del voto de los diputados es a que, para no interrumpir el descanso maternal, o paternal, sea posible delegar ese voto en un tercero.
Eso de hablar a tontas y a locas, dicho sea sin señalar, no es cosa exclusiva de ninguna formación y pretensiones unánimes como la que señalo parecen indicar una inversión de los valores que están en juego. El representante, dándole por tal, antepone su interés personal, su circunstancia, al colectivo de sus representados. ¿Tiene, dentro del amontonamiento de las listas cerradas y en la rígida disciplina de los partidos, sensación de representar a alguien?
En ese ambiente, poco riguroso y nada exigente, puede darse el caso de que un notable del PP, como Esteban González Pons, llegue a decir que José Luis Rodríguez Zapatero «no es un estadista, sino un flautista de Hamelin». Zapatero, evidentemente, no es un estadista. Tan evidentemente como que González Pons no sabe quién fue el flautista, el protagonista de una leyenda de la Baja Sajonia que recogieron los Hermanos Grimm. Gracias al flautista la villa de Hamelin se quedó sin ratas y el concejo, desagradecido, no quiso retribuirle por ello. ¿A qué viene una tan desmedida alabanza a Zapatero desde uno de los puntales (?) de la oposición? Aquí las ratas corren por doquier.
http://www.abc.es/20081017/opinion-firmas/parlanchines-flautistas-20081017.html
viernes, octubre 17, 2008
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