¿Hay alguien ahí?
IGNACIO RUIZ QUINTANO
Martes, 07-10-08
AHORA que hasta Pepiño Blanco, ese Rubirosa suevo, invita a reflexionar sobre la calidad del semen de los españoles, dejaremos de hablar por un momento de los Susos para hacerlo de los toros, depositarios del carácter nacional, al fin y al cabo.
Acabó la temporada en Madrid, así que, si esta tarde perdiéramos otra vez Cuba, no sé yo a dónde iríamos a celebrarlo. La cerró un toro jabonero que con las luces lucía fantasmón: se llamaba «Bananero» -la única justicia que queda en España es la poética- y estaba a esto de cumplir los seis años de funcionario de corrales, todo lo cual, revuelto, da para decir que aquí no hay más toros que los victorinos ni más toreros que los dispuestos a desorejarlos.
A uno de los victorinos del sábado lo medio desorejó Diego Urdiales, paisano de nuestro corresponsal en Méjico Manuel Martínez Cascante, que siempre anda presumiendo del cuajo de los de su tierra. Urdiales, desde luego, tiene cuajo, que no hay que confundir con lo que, citando a Unamuno, Jiménez Losantos llama «el cerebro cojonudo» (el análisis que hace en su blog sobre «la demagogia testicular en Las Ventas» es perfecto). Lo que Urdiales no tiene es... mano. Si le hubieran prestado dos tardes la plaza, como a Cayetano, para entrenarse, tal vez hubiera cortado dos orejas; así, sólo cortó una, y con tan mala fortuna que, al ir paseándola, del «7» le tiraron una muleta (de cojo), que él devolvió como si fuera una bota (de vino). En la Barcelona futbolera tiran cabezas de cochinillo, y en el Madrid torero, muletas de cojo, fantasía que viene del Conde-Duque de Olivares, el Fernández de la Vega de Felipe IV, que gastaba muleta por la gota. Todos los Susos de la época escribían décimas contra el valido y el diablo que decían llevaba en la muleta, a la que atribuían toda clase de hechicerías: la Inquisición actuó contra un toledano que se alababa de llevar una muletilla del Conde-Duque, con la cual allanaba todas las dificultades. Cayó, pues, el toledano y cayó Olivares: «El que a todo el mundo inquieta,/ aquí yace, muerto en vida,/ a causa de una caída,/ sin valerle su muleta.» Urdiales cogió la muleta y el resultado funesto fue que la prensa silenció su oreja de victorino.
-Desengáñese usted, don Eduardo -dijo un día el marqués de Saltillo a Miura-. En España ya no quedan más que dos ganaderías de postín: la mía, de toros mansos, y la de usted, de bueyes bravos.
Luego Dios hizo los victorinos. Y todos vimos que eran los buenos.
Es cierto que el poeta Villalón quiso criar toros de ojos verdes, pero no le salieron. El maestro Quiroga, en cambio, tirando de una canción asturiana, hizo unos «Ojos verdes» que son andaluces. Domingo Ortega tenía la superstición de lo verde porque la primera vez que lo cogió un toro iba de verde.
-El toro, técnicamente, no le debe coger nunca al torero. El toro siempre anuncia lo que va a hacer. Hay que mirarle a las orejas. Según las mueva, va a hacer una cosa u otra.
Para Manuel Mejías, Bienvenida -el «papa negro»-, sin embargo, a los toros hay que mirarles a los ojos.
-Si el torero no pierde nunca los ojos del toro no puede ocurrir nada. Los toros, como las personas, dicen en cada momento con los ojos lo que van a hacer.
En el Círculo Bienvenida, precisamente, al recibir la «Fábula Taurina» al triunfador de San Isidro, anunció el otro día El Cid su decisión de hacer realidad, por fin, no el desafío, sino el sueño -sueño de español- de su vida: matar los seis victorinos de la próxima feria de Madrid. Seis olas del campo, un desembarco de Normandía, y el torero, con la muleta en la izquierda, dejándoselo venir. Soñar el toreo con seis victorinos de la grapa en la boca -como la grapa en el lomo del ABC- debe de ser como soñar el amor con Ava Gardner: algo como la lluvia, esa cosa que según Borges sucede siempre en el pasado.
¿Hay alguien ahí?
http://www.abc.es/20081007/opinion-firmas/alguien-20081007.html
martes, octubre 07, 2008
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