domingo, octubre 19, 2008

Manuel de Prada, Desterrados

lunes 20 de octubre de 2008
DESTERRADOS

Hace unas semanas, la actriz Meryl Streep, a quien el festival de cine de San Sebastián rindió homenaje en su última edición, afirmaba (imagino que con la intención de halagar a los donostiarras) que si el candidato republicano McCain ganase las elecciones se vendría a vivir a la hermosa ciudad que en aquellos días la hospedaba. A Meryl Streep habría, en primer lugar, que alabarle el gusto, pues en efecto no se nos ocurre que haya en el mundo ciudad que provoque en el visitante tantos deseos de prolongar indefinidamente su estancia como la bella Easo; y, acto seguido, habría que concluir que es una petarda de tomo y lomo. Siempre me han provocado animadversión esas gentes que, ante la inminencia de unas elecciones, se ven en la obligación de anunciarnos muy pomposamente que, si no ganan los suyos, se exiliarán de su país. El anuncio, en sí mismo, es tan hiperbólico e inverosímil como afirmar que, si nuestro equipo de fútbol no gana el próximo partido de liga, nos vamos a pegar un tiro; pero quien afirma esto último sólo hace gala de un amor exagerado y, si se quiere, tontiloco por el equipo de sus entretelas, y ya se sabe que el amor propicia efusiones excesivas. En cambio, quien anuncia que abandonará su país si gana las elecciones un político que no es de su cuerda, denota falta de amor a su país; o, lo que aún es peor, una sustitución de un sentimiento originariamente noble –el patriotismo– por un sentimiento vil de ofuscación ideológica, que hace depender el amor o el aborrecimiento que nos inspira nuestro país de la inclinación política de quienes lo gobiernan. Esta perversión del sentimiento se da en mucha más gente de la que pudiéramos imaginarnos, y es una expresión sórdida de la invasión de la ideología –ese cáncer avasallador– en ámbitos humanos que deberían mantenerse ajenos a su influencia.

Pero la sandez de Meryl Streep incorporaba otros ribetes aflictivos de los que la actriz a buen seguro ni siquiera era consciente. Casi en las mismas fechas en que la protagonista de Memorias de África era agasajada en San Sebastián se celebraban en Alicante, organizadas por la Fundación Derechos Humanos, unas jornadas que llevaban por título Emigrantes en su propio país, en las que se analizaba un fenómeno mucho más sangrante y cierto que el improbable exilio de una actriz multimillonaria con veleidades ideológicas. En las últimas décadas han sido miles las personas que han tenido que abandonar la tierra que amaban, la tierra de sus ancestros que los ha visto nacer y crecer, porque no podían aguantar más el acoso de unos extremistas que los amenazaban con todo tipo de extorsiones, incluso con la misma muerte. ¿Ocurre esto en alguna región extramuros del atlas? Pues no, ocurre en la hermosa tierra vasca, donde Meryl Streep prometía instalarse en caso de que –¡horrenda expectativa!– McCain ganase las elecciones. Y esas miles de personas no se han exiliado del País Vasco por veleidades ideológicas, sino por razones menos livianas: un día cualquiera empezaron a recibir, en mitad de la madrugada, llamadas telefónicas en las que se les auguraba un recado de plomo en la sien, o un futuro poco halagüeño para sus hijos; un día cualquiera, al levantarse, descubrieron su nombre pintado con spray en la fachada de su casa, rodeado por una diana; un día cualquiera empezaron a recibir cartas en su buzón en las que se los exhortaba a sufragar las actividades criminales de los etarras; un día cualquiera el negocio que regentaban fue reducido a cascotes por una bomba; un día cualquiera fueron insultados en la calle, zarandeados o escupidos, ante la pasividad de sus paisanos que prosiguieron su paseo como si tal cosa. Y un día cualquiera, esos miles de personas tuvieron que liar el petate y marcharse de su tierra, hartos de sobrellevar una existencia que no merecía el calificativo de humana, hartos de tener que agacharse cada mañana para inspeccionar los bajos de su automóvil, o de tener que volver la cabeza en cada esquina, o de descolgar el teléfono con un estremecimiento de pavor, sin que nadie mitigase su dolor, sin que nadie apaciguase su insomnio, sin que nadie se preocupara de garantizar el ejercicio de sus libertades más elementales, empezando por la libertad de vivir en la tierra de sus ancestros.

En esas jornadas alicantinas se oyeron testimonios estremecedores, pero casi nadie los escuchó. Estábamos ocupados escuchando el anuncio del improbable exilio de una actriz multimillonaria con veleidades ideológicas.

http://www.xlsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=3547&id_firma=7310

No hay comentarios: