La alegría de perder
M. MARTÍN FERRAND
Martes, 14-10-08
NADIE podía imaginar, hace dos o tres docenas de años, que «la nacionalización de la banca» dejaría de ser una aspiración revolucionaria, un grito de ruptura con el sistema o una proclama de extrema izquierda para convertirse en algo prudente, conservador y benéfico. La crisis global que padecemos es tan honda e inquietante que no se limita a romper las huchas de nuestros ahorros o los monederos del consumo cotidiano; sino que, además, hace saltar por los aires muchos de los supuestos y principios en los que se sustentaban las ideas que, mejores o peores, le servían de armazón a nuestra condición ciudadana. Es el fin del capitalismo y de muchos de sus tentáculos, especialmente de aquellos que le daban certeza material al futuro y consistencia, más allá de lo puramente económico, a las ideas y modos que, desde el liberalismo a la socialdemocracia, han fraguado el progreso del mundo desde el fracaso de los fascismos y la muerte de la más perversa de todas sus formas y especializaciones, el comunismo.
Como siempre que no se sabe muy bien lo que nos pasa, las contradicciones y las enmiendas a lo ya dicho forman parte de la medicina paliativa aplicable al caso. José Luis Rodríguez Zapatero, el jerarquizado comparsa continental que preside el Gobierno de España, estuvo en París, en el Elíseo, y, dadas sus limitaciones, más por ósmosis que por percepción auditiva, concibió una batería de remedios mutantes que, tal y como nos tiene acostumbrados, evolucionan con el paso de las horas. Parte de lo bueno que acompaña a la coyuntura reside en el margen que acota la pertenencia a la UE y, más todavía, a la Europa del euro. Un límite para quien no lo tiene es una gran cosa.
Supongo que, del mismo modo que José María Aznar hablaba catalán en la intimidad, las soledades de Mariano Rajoy estarán presididas, coñazos aparte, por una sensación de infinita alegría por el hecho de no haber sido elevado a la condición de habitante monclovita en las últimas elecciones generales. En tiempos tan difíciles, en los que cualquier decisión conlleva la probabilidad del error, es más cómodo que sea otro a quien corresponda gobernar. Aún así, dado que llueve, hay que mojarse y esta tarde tiene el líder del PP un complicado compromiso.
En su encuentro con Zapatero, tan tardío como inevitable para los dos, Rajoy sólo tiene la posibilidad de sacar un conejo de la chistera, pero los conejos resultan inalcanzables para los vocacionales del sesteo. En consecuencia, si respalda las medidas del socialista, malo. Si no lo hace, peor. Puede pasar de asumir el mismo desgaste que Zapatero a convertirse en el obstruccionista incapaz de, por el bien de la Nación, respaldar al Gobierno. Está condenado a perder porque va detrás y a remolque de los acontecimientos. La victoria exige iniciativas.
http://www.abc.es/20081014/opinion-firmas/alegria-perder-20081014.html
martes, octubre 14, 2008
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