CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Gallegos y lusos
Como si de una Normandía lingüística se tratara, una nutrida tropa de académicos, eruditos y escritores desembarcó el otro día en Galicia. Procedían unos de Portugal, otros de Brasil y hasta llegaron unidades de refuerzo de Mozambique, todos dispuestos a tomar una cabeza de playa, con la colaboración entusiasta de quintacolumnistas indígenas. Su enclave se llamará Academia Galega da Lingua Portuguesa.
Su presidente, un vecino nuestro con lh en el apellido, nos reprendió por empeñarnos en llamarle gallego a lo que se habla por aquí. En realidad, dice, solo es una forma de portugués. Insistir en su autonomía es una obcecación que solo nos lleva al aislamiento, por lo cual, la normalización en marcha debería cambiar de rumbo, para dirigirse a una confluencia con los lusos.
Aunque siempre ha habido lusistas amenizando el debate idiomático, nunca se había llegado a tanto. Hasta el momento se trataba de activistas extravagantes que ponían la ç o el acento circunflejo en algún cartel. Ahora disponen de una academia apoyada por fuerzas externas que, a lo mejor, tienen recursos con los que ni en sueños posee Xosé Ramón Barreiro.
Cuenta además esa fuerza invasora con la colaboración, inhibición o complejo de los que debieran estar en primera línea para defender al gallego. Al parecer, esas defensas se activan cuando la amenaza viene de España y se pliegan si la agresión es portuguesa. Agresión sí porque estos señores no vinieron a enaltecer a una lengua hermana, sino a defender que pase a ser una especie de sirvienta de su idioma.
Nunca un rector español o el presidente de una academia hispana equivalente a la Brasileira de Letras se han paseado por aquí refiriéndose al gallego como el castellano de Galicia, o aplaudiendo la constitución de una Academia Galega da Lingua Española. De haberlo hecho, una catarata incesante de protestas anegaría las redacciones, sumergiría los parlamentos y discurriría por todas las instituciones del país.
Nada de eso ha habido. Las mismas Mesas que envían cartas conminatorias a los comerciantes traidores, callan ante un desembarco que pone en cuestión los fundamentos mismos de la normalización. Si es aceptable que el gallego se rinda ante el portugués, por qué no hacerlo ante el español, que lo tenemos más a mano. Si el gallego ha de universalizarse entrando a formar parte de una lengua menos local, más multinacional, démosle a los ciudadanos la posibilidad de elegir a cuál hay que sumarse.
El lusismo activo y pasivo cuestiona la viabilidad del gallego. No cree en él. Por ello es extraño ver entre sus filas a preclaros nacionalistas, o enterarse de que altos cargos de Vicepresidencia asistieron impávidos a la puesta de largo de la Academia. Por cierto: ¿se creará en Lisboa o Río, una Academia Portuguesa o Brasileira de Lingua Galega? Podemos esperar sentados.
Y es que el segundo drama de los lusistas gallegos es que no hay galleguistas portugueses. Sienten devoción por una cultura que nos sigue mirando por encima del hombro, y por un país que está entre los más centralistas de Europa. Puede que el gallego tenga problemas inserto como está en el mundo hispánico, pero dentro del portugués tendría una condena segura.
El primero de los dramas está en la gente. ¿En qué mundo vive ese señor con lh en el apellido? ¿Qué Galicia es capaz de entenderlo? Ninguna. Quizá por eso ha necesitado de nutridos refuerzos exteriores para organizar su día D de la lusofonía.
http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=13&idEdicion=1031&idNoticiaOpinion=351284
jueves, octubre 09, 2008
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