viernes, septiembre 07, 2007

Manuel Rodriguez Rivero, Jugando con plomo

viernes 7 de septiembre de 2007
Jugando con plomo

POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
LA retirada del mercado de 800.000 juguetes de la firma Mattel (líder de un negocio que mueve miles de millones de dólares) no nos coge por sorpresa. La célebre compañía, que a finales de los años cincuenta lanzó al mundo la muñeca Barbie -icono de la cultura popular y fuente privilegiada de sus beneficios corporativos-, no pasa una buena racha: en poco más de un mes se ha visto obligada a retirar unos veinte millones de unidades de sus productos por problemas relacionados con la seguridad o salubridad de los mismos. Un dato que provoca alarma social, sobre todo si se tiene en cuenta la vulnerabilidad de sus destinatarios.
Sintomáticamente, la noticia se publica el mismo día en que las primeras de la prensa británica abren con las conclusiones de un informe difundido por un equipo de investigadores de la Universidad de Southampton, en el que se establecen preocupantes vínculos entre el incremento de la hiperactividad en los niños y la presencia de determinados aditivos químicos en muchos de los alimentos que consumen.
Está claro que a estas alturas de la globalización los gobiernos -incluso los menos ordenancistas- no pueden dejar depender el control de los productos destinados al consumo infantil de la responsabilidad de los fabricantes o de la discreción de los padres; en el caso de los alimentos, por ejemplo, las especificaciones suelen ser poco claras o francamente crípticas, por lo que no conozco a muchos padres expertos en descifrar los significados de las «E» numeradas que aparecen en las etiquetas de los envases.
Más del 65 por ciento de los juguetes que se venden en el planeta son de origen chino, incluidos, claro, los de Mattel. Los fabricantes del mundo capitalista (en realidad, ya no hay otro) han encontrado en China un inagotable filón de materias primas y mano de obra baratas que les permite ampliar su margen de beneficio en un grado impensable hace una década. No deja de llamar la atención esta novedosa Santa Alianza industrial y comercial entre las grandes empresas del sector y el furor productivo del gigante chino, todavía gobernado por una impermeable burocracia comunista que no se caracteriza por el respeto a los derechos (incluidos los laborales) de sus súbditos y que, sin embargo, parece inmersa en una especie de frenética Ursprüngliche Akkumulation (acumulación primitiva) no prevista ni por Carlos Marx ni por los más acérrimos partidarios de la construcción del socialismo «en un solo país».
Si el proverbial talento mimético de los chinos alimenta una piratería industrial que está royendo a base de falsificaciones los beneficios de las grandes marcas (hace unos días me ofrecieron un flamante bolso «de Prada» por veinticinco euros), la carencia de eficacia de los controles en la producción legal subcontratada con algunas de sus empresas puede dañar la credibilidad de las firmas originales y provocar alarma social. El hecho de que en un mes Mattel haya tenido que retirar millones de sus juguetes (con el suicidio de un empresario chino de por medio) denota que algo falla en sus joint ventures industriales. Y, además, algo grave: que un niño pueda envenenarse de plomo por chupar un perrito de plástico, o asfixiarse porque una pieza está mal pegada no es cosa de tomarse a broma.
En la calidad de los controles tienen mucho que ver las pelas. Y es que, quizás, no se deba ganar siempre tanto (o tanto todo el tiempo) y a toda costa. Al final del proceso, del total del precio de venta de una Barbie manufacturada en China, al fabricante le revierte una cantidad ridícula. De ahí tiene que retraer una parte para pagar a sus operarios, que trabajan, claro, «como chinos». De manera que no es extraño que algunos cedan a la tentación de comprar la pintura para juguetes más barata que le ofrezca su proveedor. Aunque al final les pese como el plomo.

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