viernes 7 de septiembre de 2007
La pesada digestion de Rato
POR CARLOS HERRERA
ME asalta una duda: ¿digirió suficientemente Rodrigo Rato no haber sido elegido sucesor por el dedo prodigioso de José María Aznar? Viene a mí esa pregunta, una vez más, tras saber que el todavía director máximo del FMI ha hablado, por fin, con Mariano Rajoy para aclararle que no tiene ningún interés en formar parte de ninguna candidatura del PP al Congreso de Diputados. No es la política, pues, tan enfermizamente atractiva para Rato, lo que le hace bajarse en marcha del autobús del dinero mundial. Las cuestiones familiares y personales que esgrimió como razón para dejar un puesto tan requerido y pretendido como el suyo no era la necesidad perentoria de intervenir en la política de su país. Seguimos sin saber cuáles son las razones, que atribuimos a un insorteable ataque de responsabilidad paterna, pero sabemos, al menos, que entre ellas no está aspirar al poder ejecutivo. Poderosas razones han de ser, eso sí, para descabalgarse de una poltrona a la que no fue fácil llegar y en la que volverá a estar un español cuando las ranas hablen francés; poltrona por la que también se retrató el Gobierno de España apoyando la candidatura y al que ahora toca poner cara de circunstancias cuando ve que, inusitadamente, su candidato se va.
Que Rato no preveía ser número dos de nadie era algo que manejaban los más solventes conocedores del personaje: si ganas es porque el primero es un pelotazo y si pierdes es porque tú, el segundo, eres un petardo, pensaba Don Rodrigo, pero aún no se lo había evidenciado a Rajoy, aún no le había dicho «no cuentes conmigo, Mariano, que yo me voy a dedicar a la banca internacional con sede en Madrid, donde puedo estar con mis hijos y hacer otra vida que la de Washington, además de ganar un dinerito muy curioso». Cierto es que cuando anunció su espantada del FMI más de un aspirante al cetro genovés se puso nervioso: vean a Ruiz-Gallardón postulándose permanentemente, haga frío o haga calor, le convenga al partido o no, alarmado por la reaparición del artífice de los éxitos económicos de los gobiernos de Aznar. De haber sido cierta la vuelta de Rato, Gallardón no hubiese tenido nada que hacer. Sin haber vuelto no es que tenga mucha más chance, pero no tiene en medio a un elemento al que el partido, bases y alturas, reconoce ampliamente. La inconveniencia de la gallardonada estriba en que en un verano en el que las cosas no le han ido demasiado bien al gobierno, ha conseguido, con sus calambrazos, girar el foco de la atención del desastre de Cataluña a la sucesión de Rajoy. José Blanco, de forma genial, ha conseguido que el debate se instale en los predios del Partido Popular en lugar de en las pequeñas o grandes crisis que ha vivido el Partido Socialista; no olvidemos que las juventudes navarras se han ido en masa, que ha dimitido un candidato, que una portavoz en Europa ha dejado el partido para encabezar la lista de otro o que el comisario europeo Joaquín Almunia ha dicho que no cuenten con él para tapar el agujero de Solbes, en el caso de que se produzca, porque lo suyo está en Europa y no en el gobierno zapateril. Los recientes reveses en forma de subida del paro o de subida de las hipotecas que el gobierno va a tener que afrontar con diligencia y tiento, las humoradas de alguno de los ministros, la insensatez que se le ha ocurrido a Manuel Chaves con eso de darles casa a los andaluces de sueldos menores y otras circunstancias producto de la incompetencia o de la mala fortuna dejan de ser la carne fundamental de la España mediática precisamente por las escaramuzas del alcalde de Madrid y las consiguientes respuestas de sus adversarios en el partido. El PSOE consigue el objetivo de salir poco escaldado de esos contenciosos gracias a que siempre hay alguien en la acera de enfrente dispuesto a hacerles el favor.
Y en cuanto a la pregunta que encabezaba esta columna, más de uno cree que la respuesta es sencillamente no. Hay digestiones pesadas que tardan demasiado en solventarse.
viernes, septiembre 07, 2007
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