miércoles, septiembre 05, 2007

Oscar Molina, Caracas

jueves 6 de septiembre de 2007
Caracas
Óscar Molina
V ENGO de estar en Caracas, por razones de trabajo. Apenas han sido veinticuatro horas, pero hay veces que las percepciones vienen tan sumamente concentradas, que no es necesario demasiado tiempo para asimilarlas. He estado en Caracas, y entrando por la costa hacia el aeropuerto de Maiquetía he visto desde el aire cómo una naturaleza indomable y lujuriosa mostraba orgullosa la frondosidad y riqueza de unos reales que llevan sentados desde antes que el hombre fuera hombre. He visto montañas recubiertas de un verde pleno, sin calvas, distinto, llamativo, a ratos fosforescente, que resucita en mí una memoria ancestral de tanto como nos fue entregado cuando se nos puso en la Tierra. He visto un aeropuerto con una terminal nueva, pequeña, flanqueada por otras construcciones más antiguas, decadentes, que parecen querer apuntarte que un día fueron algo que ya no son. Una carretera recién arreglada que te lleva a la capital y sitiada por montes en los que crecen los “ranchitos”, comunidades humanas ocupando laderas y cimas, abigarradas en chabolas hechas de ladrillo, pintadas de colores vivos y sin cristales en las ventanas. Un microcosmos en el que la Ley no existe, el Estado no alcanza y en el que muerte, miseria y llanto se adivinan tan anónimos como frecuentes. He visto Caracas, y me ha entristecido la cantidad de edificios sin usar. Porque son edificios sin usar esos de Caracas en los que lo único que queda, como testigo de otro tiempo, es el rótulo desteñido de la empresa que los ocupaba. Gigantes de hormigón con esa suciedad vieja de barco abandonado, de chatarra urbanística que lucha por erguirse con sus ventanales rotos para no perder la referencia del orgullo de un tiempo que no sé si mucho o poco, pero me atrevo a afirmar que fue mejor. He visto calles estrechas, plagadas de coches viejos y ruidosos a los que de vez en cuando adelantaba un imponente BMW a toda prisa. Llenas de casa de colores, aceras sucias y gente que pasea y sonríe; no deja de sonreír, ni de dedicarse saludos y exquisitos modales. He estado por esas calles, y no he visto niños, ni bebés que diesen un toque de esperanza al bullicio alegre de los caraqueños. Más esperanza y futuro que el que proponen los grotescos carteles de “Socialismo y Revolución” que plagan las tapias y los laterales de los autobuses. He visto un centro comercial, lleno a rebosar de gente, y trufado de tiendas como las nuestras. Tiendas vacías, en las que cuando entras todos los dependientes quieren atenderte a la vez, supongo que un poco por su comisión, y un poco para aniquilar a la molicie de trabajar en una tienda llena de cosas bonitas y en la que casi nunca entra nadie. He visto un hotel de lujo incrustado en medio de todo esto, y me ha parecido una especie de obscenidad el contemplar desde la ventana de la habitación que dos mundos puedan estar tan cerca, o uno dentro de otro. En ese hotel he visto gente tan amable y agradable como pocas veces me había topado. Y en ese hotel he visto venezolanos adinerados, a los que todo les va “chévere” y no parece haberles llegado el zarpazo del Bolivarismo de Hugo Chavez, por alguna razón, que desconozco, y prefiero no adivinar. Y un conserje que me aconsejaba no caminar solo por la ciudad, y qué calles evitar, para no ser atracado o incluso muerto por robarme un reloj. También le he visto. He visto una televisión con muchos canales, en cuya casi totalidad se muestran presuntos debates de política con un tufo a amaño, falsedad y cartón piedra parejos a los de las telenovelas de la tierra. He visto “Aló Presidente”, y he sentido asco porque no entiendo que haya alguien capaz de tener a su pueblo pegado al televisor durante horas para instruirlo en una doctrina que apesta a odio, mentira rancia, deslegitimidad y aprovechamiento de la ignorancia por los cuatro costados. He estado en Caracas, y me ha dado la sensación de que en este país tan rico todo está lamentablemente mal repartido, he podido apreciar nítidamente una injusticia social que se antoja tan eterna que te parece que la conoces de toda la vida, aunque no hayas venido nunca. Una especie de cuento que ya has oído, aunque nadie te lo había contado a través de los ojos. He sentido pena al darme cuenta que hay mucho, tanto, que nos une a esta gente amable, sonriente y de habla tan dulce. Pena por tener la seguridad de que los lazos que dicen que mantenemos no son más que una leyenda urbana a años luz del débito que tenemos con ellos. La deuda de preocuparnos por su dignidad y su bienestar después de haber contribuido decisivamente a que sean lo que son, a lo malo y a lo bueno, que es mucho más. La vergüenza torera del mínimo desvelo por aquellos a los que tanto dimos, y de cuyo lado nos fuimos, a pesar de haber tanto que nos une. La categoría de no utilizarlos sólo para hacernos una foto bendiciendo sus experimentos políticos revolucionarios por pura pose descomprometida, y dejar al día siguiente que sigan en esa espiral dañina de bandazos que no les lleva a ninguna parte. El escaso sentido de la oportunidad para, a través de ellos, encontrarnos a nosotros mismos como pueblo en estos tiempos de cuestionamiento de nuestra unidad y nuestra Historia.

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