lunes 24 de septiembre de 2007
Crece el desafío iraní José Javaloyes
Es mucho decir lo que ha dicho el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad. Afirmar, tal como acaba de hacer que “ las sanciones son inútiles y que ninguna podrá disuadir a Irán de seguir con su programa nuclear…”, y sostenerlo en vísperas de la reunión del Consejo de Seguridad en la que debe votarse otra Resolución al respecto; aseverarlo al cabo del rifirrafe entre Teherán y París – por la advertencia de Nicolás Sarkozy en el sentido de que la Bomba A traería las bombas de la guerra -; sostener, en fin, tal cosa al tiempo que se exhibe ante el mundo la operatividad del misil “Al Qadr” (El Destino), significa que el régimen iraní, más que no retroceder un solo paso ante las presiones internacionales para que no llegue hasta la Bomba, lo que hace es avanzar otros muchos pasos en su propio propósito estratégico.
Disponer de un misil así, con un alcance de 1.800 kilómetros, quiere decir que la relativa inminencia del artefacto nuclear, fruto de un largo y secreto camino, viene acompañada de la prueba de que se dispone del vector capaz de llevar la Bomba Atómica a su destino manifiesto: Israel.
La cuestión ya no es otra que un cambio cualitativo, en cuya virtud el Estado judío queda constituido en rehén estratégico de la República Islámica de Irán. Lo de menos puede ser el ridículo papel en que podrían haber quedado los esfuerzos de Mohamed al Baradei, el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), al insistir en que Irán no está cerca de alcanzar la posesión del arma atómica.
Asimismo, la insistencia rusa en disentir de las estimaciones occidentales respecto de este grave problema – línea a la que parece acercarse lo suyo la posición de China -, además de aportar una tensión cierta al gran debate internacional del momento, añade luces a la identificación última del discurso diplomático y militar del Kremlin de Vladimir Putín a seis meses de las elecciones presidenciales en Rusia, que son las últimas a las que se presenta este político nacionalista, autoritario y frío, que se formó en la escuela del KGB al igual que los componentes del equipo que le habrá de relevar, si los resultados de las urnas rusas, en las presidenciales de marzo y en las legislativas de diciembre, resultan como se espera.
Al programa nuclear y a los progresos en la tecnología misilística, como componentes principales del problema iraní señalados por el presidente Ahmadineyad, al enfatizar éste el nivel de determinación de su política ante lo que resuelva el Consejo de Seguridad en su próximo debate, hay que añadir lo manifestado sobre Iraq, definiendo la necesidad de la retirada de las fuerzas militares extranjeras en toda la región, lo que incluye al despliegue de la OTAN en Afganistán.
Parece resultar de ello que, además de constituir a Israel en rehén de su estrategia de defensa frente a la presión internacional por el problema nuclear, el actual discurso iraní incluye la definición de un proyecto islámico de seguridad militar asiático que, además de abarcar la implícita referencia al Afganistán (donde tan sólidamente instalada se encuentra Al Qaeda), denuncia de forma casi explícita la presencia militar norteamericana en la península arábiga. Es como si en este comienzo del curso político internacional, con los discursos en la Asamblea General de la ONU, el asunto iraní, además de madurar en su expresión, se dimensionase en términos sensiblemente más amplios que los advertidos hasta ahora.
jose@javaloyes.net
domingo, septiembre 23, 2007
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