lunes 24 de septiembre de 2007
Famoso ombligo de España Manuel Martín Ferrand
Escribo contra corriente. Cerca de un millón y medio de personas – ¡mucha gente! – salió a la calle este pasado fin de semana en Madrid para vivir y gozar la segunda Noche en Blanco que, impulsada por el Ayuntamiento, es una de las muchas piezas que tratan de perpetuar el sentido del verso de Lope de Vega que encabeza estas líneas. El “famoso ombligo de España” es una ciudad viva, trepidante, que, al tiempo que pierde muchas de sus viejas tradiciones, gana en cosmopolitismo y vibraciones globales.
Siempre fue Madrid una ciudad dada a fiestas y jolgorios populares. Sus verbenas y romerías figuran en las antologías más exigentes de la diversión popular. Pero, obsérvese la diferencia, cuando la capital era poco más que un gran pueblón manchego, sus habitantes se alejaban del centro para no perturbar con su alborozo y sus ruidos, sus músicas y sus bailes, a los vecinos más próximos. La pradera de San Isidro – escenario máximo de la tradición festiva madrileña –, la de San Antonio de la Florida – crisol del casticismo más auténtico – e, incluso, el más actual escenario de Las Vistillas tenían en común su alejamiento de zonas habitadas y populosas.
Aquellas verbenas del viejo Madrid también tenían en común su origen auténticamente popular. No nacieron bajo convocatoria de la autoridad competente, sino por el instinto alegre de los madrileños que, en sus fiestas más señaladas, se congregan, convocadas por la tradición, en los escenarios marcados por la costumbre.
En estos tiempos que vivimos, en los que – ¡hasta para el bien! – el poder tiende a invadir la vida privada de los ciudadanos, el fenómeno se ha invertido. La Noche en Blanco, como otros acontecimientos – ¿culturales? – que convocan los Ayuntamientos españoles, no es hija de una demanda popular, sino un diseño municipal, supongo que con intención propagandística/electoral que, al superponer distintos planos del uso racional de la ciudad, alegran a unos y perjudican y disgustan a otros.
Este pasado sábado – por la mañana, muchas horas antes del inicio de la Noche alumbrada por Alberto Ruiz-Gallardón – fui testigo de un ataque de histeria sufrido por una viejecita, vecina de la calle Gravina, que no podía soportar el ensordecedor estruendo que generaban los ensayos de un grupo de desgarrakilovatios en un tinglado instalado en la puerta del viejo Hospicio de Tribunal. Valga la anécdota como punto de partida para un debate pendiente: ¿cuál es el límite de los usos deseables del espacio urbano?.
Desde que el más dañino alcalde de los habidos en Madrid después de la Guerra Civil, Enrique Tierno Galván, dijera aquella majadería – “el que no esté colocado, que se coloque” – que tanta popularidad le produjo entre los jóvenes de la “movida”, todos cuantos le han sucedido en el Ayuntamiento vienen compitiendo, como en un concurso para averiguar quien mea más lejos, en despropósitos con mucho ruido y mucho gasto y discutible procedencia. Ruiz Gallardón, con su pintoresco equipo de fiestas y gestos culturales, no se queda a la zaga. Brilla por méritos propios y deméritos prestados.
No entro en los contenidos artísticos de la Noche en Blanco porque eso corresponde al capítulo de los complejos de un alcalde que, a pesar de ellos, es uno de los nombres más notables de la derecha española. Ruiz Gallardón quiere ser querido por la izquierda y, muy mal acompañado, trata de alagar a una parte del vecindario, la que no le vota, en desprecio de la otra, la que le sostiene en una confortable mayoría. El asunto sobre el que pretendo invitarles a reflexionar es el del uso correcto de nuestras ciudades. ¿La diversión de un millón y pico de ciudadanos puede impedir el sueño y el sosiego de los dos millones y pico que no se suman al festorro?.
Como, a pesar de los movimientos centrífugos que experimenta la Nación, Madrid sigue siendo “famoso ombligo de España”, no es este un debate local, ni un asunto meramente capitalino. Las ciudades españolas se miran en Madrid – un poquito, en Barcelona – y lo que en Madrid concluya Gallardón, el líder de la derecha que progresa con técnicas populistas de la izquierda, tendrá reflejos y efectos muy diversos y plurales.
domingo, septiembre 23, 2007
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