martes, septiembre 25, 2007

Daniel Martin, La elocuencia del mimo

martes 25 de septiembre de 2007
La elocuencia del mimo Daniel Martín

En La última locura de Mel Brooks (Silent movie en su título inglés), la única palabra en voz alta la pronunciaba Marcel Marceau, el mimo que acaba de abandonarnos. Su muerte, avanzado el siglo XXI, se une a todos los fallecimientos que van dejándonos sin elocuencia. Porque Marceau —o Bip, su personaje— era capaz con un gesto de decir más cosas y más profundas que todos nuestros personajes públicos juntos durante un año entero. El siglo XXI es más democrático, y cada muerte de uno de los seres que marcaron el XX va eliminando, poco a poco, la excelencia.
Vivimos en un mundo en guerra con una gravísima crisis de violencia y odio entre un Occidente que olvida sus orígenes y un Islam que sigue poniendo a su dios por encima del hombre. La muerte de Sócrates ya no escandaliza, y así cualquier vestigio de genio, originalidad o superioridad intelectual se ignora al tiempo que se va convirtiendo en un bien muy escaso. La especialización en la ciencia, la crisis de la mayoría de las universidades y la masificación de una cultura de chichinabo conforman un sistema social donde lo importante es no destacar en nada que sea difícil, serio y, sobre todo, crítico. “La mediocridad al poder” es el lema imperante, y así cada cual puede hacer lo que quiera sin necesidad de entrar en grandes responsabilidades o esfuerzos.
Reductos del saber, de la excelencia, quedan, por supuesto. Mientras sobrevivan las universidades de Oxford y Cambridge, Heidelberg, la UNAM de México y otros centros de enseñanza superior donde lo que prime sea el saber, aún quedará esperanza para la evolución humana. Pero estos centros comienzan a ser considerados como sedes elitistas que atentan contra la igualdad educativa, quizás el valor que más daño hace a la sociedad democrática del siglo XXI. Sometidos a la tiranía de las teorías psicopedagógicas que consideran al individuo como mero sujeto de estadísticas y datos, la cuestión es que vamos, poco a poco, construyendo una sociedad de individuos de escaso talento, nulo espíritu crítico y gran capacidad para camuflarse en la manada globalizada. Lo importante es ser “normalito” y responder obediente a una única responsabilidad ciudadana: votar cada tres, cuatro o cinco años.
Así formada la sociedad, los grandes poderes del mundo, a menudo empresariales, a veces mediáticos, ven con tranquilidad la marcha de las cosas. En Estados Unidos, siempre a la cabeza de Occidente, llevan siete años con un presidente de la talla de George W. Bush. Todos contentos, porque aquel magnífico país se estructura a partir de la pequeñez intelectual de sus ciudadanos que, hijos de una televisión crecientemente tendente a la basura y un sistema educativo apto para oligofrénicos, comienzan a sentirse a gusto con su condición de súbditos. ¡Qué lejos quedan Tocqueville o Churchill de la realidad actual de Norteamérica!
En Europa, mientras tanto, y mientras el Reino Unido sobrevive en democracia gracias a un sistema parlamentario transparente y el mágico binomio de “Oxbrigde”, caminamos en un lento declive hacia una sociedad tan blanda como la estadounidense sin ninguna de las ventajas de aquella “gran república”. Italia, Grecia, España, Bélgica... dependen tanto del resto del mundo que, viendo la calidad de sus políticos, uno debe sentirse afortunado. ¡A saber qué sería de nosotros si nuestro futuro dependiese únicamente de Rodríguez Zapatero y su gobierno! Merkel y Sarkozy, en Alemania y Francia, parecen dos soluciones válidas a la mediocridad, pero habrá que ver cómo avanzan sus reformas en el tiempo y si reaccionan por fin ante la terrible amenaza islámica.
Porque si en Occidente todo camina imparable hacia la mediocridad, en los países musulmanes, a pesar de algunas parodias pseudodemocráticas, el medievo más oscurantista y supersticioso va ganando poder para convertir al individuo en mero hijo de un dios malvado y sujeto de una guerra santa llena de odio y rencor contra todo lo que signifique modernidad, occidentalismo que, a la postre, es lo que permite el progreso material y la libertad espiritual de los seres humanos. Allí, trágicamente, aún no han podido quitarse el yugo de la religión opresora, terrorífica y liberticida.
Por eso en Europa, en Occidente, lejos de las reacciones fanáticas de algunos grupos fundamentalistas cristianos o judíos, debemos recuperar la cordura democrática y volver a los valores que nos han traído hasta aquí. La libertad de pensamiento y el espíritu crítico de Sócrates, todo el pensamiento nacido a partir de su sacrificio cívico —que hizo tanto en la vida como en la muerte— con Descartes, Locke, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Kant, Kierkagaard, Stuart Mill, etc. a la cabeza, deben volver a dirigir la nave del humano contemporáneo. Debemos volver a la sabiduría, al pensamiento, a la excelencia... volver a considerar a los mimos como maestros del gesto, y no como genios de la elocuencia.
dmago2003@yahoo.es

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