domingo, septiembre 23, 2007

Javier Perez Pellon, Los comicios pueden salvar el mundo

lunes 24 de septiembre de 2007
Los cómicos pueden salvar el mundo Javier Pérez Pellón

Primero desde su “blog”, que mantiene abierto desde hace años, y ahora saltando de internet a las plazas de Italia, constituye el caso del que habla no sólo este país, en el papel de lo periódicos y revistas, en la radio y en la televisión, llenando páginas y ríos de tinta y largas horas de programación, sino en toda la prensa internacional que se ha hecho eco de este nuevo fenómeno de la política italiana que, a fuerza de inventiva y despropósitos, no deja, ni un sólo día, de sorprender a propios y a extraños.
Me refiero a Beppe Grillo, cómico de larga andadura profesional, censurada, durante años, su presencia en la televisión, un verdadero azote contra la corrupción de la política y de los políticos que, hasta hace sólo unos días, fustigaba, con su incendiario verbo al poder constituído, en auténticos tours de force desde los escenarios de los teatros italianos y que, ahora, vistiendo el papel de agitador del pueblo, desciende entre la gente y proclama su entrada en la política activa.
Y, durante el curso de apenas una semana, se convierte en tribuno de la plebe que, cantando las cuarenta a los que mandan, consigue el consenso teórico de, al menos, un 17%, según los más acreditados sondeos de opinión, de entre el circo mediático del electorado italiano.
“Yo no quiero hacer un partido, yo quiero destruir todos los partidos. ¿Y sabeís porqué? Porque son el cáncer de la democracia”, ha gritado Beppe Grillo desde el palco alzado en la última Festa del’Unitá, la tradicional kermesse político-festiva que, anualmente, organiza durante el verano, en varias ciudades italianas, el histórico órgano de prensa del Partido Comunista Italiano. Aquel mismo que orló de negro su edicción del 5 de marzo de 1953, día de la muerte de Stalin, con los dirigentes del Partido deshaciéndose en lágrimas ante la desaparición del compañero soviético. Aquel que escribió páginas como ésta: “…el Comité Central del Partido comunista Italiano, compañero Stalin, seguro intérprete del sentimiento de todo el partido, te asegura que los comunistas italianos sabrán ser fieles, hasta el final, a la gloriosa bandera emancipadora de Marx, Engels, Lenín y Stalin. Bajo esta bandera el socialismo italiano triunfará también en nuestro país…”.
Y las palabras del tribuno de la plebe, Beppe Grillo, que comunista no es, ha encendido los ánimos del gentío que resta del antiguo pueblo comunista italiano ovacionandnándole repetidamente, durante su intervención, y dejando de hielo a los dirigentes, hasta hace unos años comunistas y hoy neoconvertidos en democráticos de izquierda, que se han visto arrebatar el protagonismo de la política por un cómico.
En realidad la política italiana está repleta, al igual que en el resto del mundo, de cómicos, payasos y bufones, sólo que, a diferencia de Beppe Grillo, no son conscientes de estar representando una comedia o ignoran pertenecer a la comparsa de un circo.
El mismo Romano Prodi, presidente del ejecutivo, da continuamente pruebas, de una divertdísima comicidad, desmintiendo, cada día, lo que el anterior había afirmado, sobre todo en cuestión de rebaja de impuestos, donde a cada hora se inventan uno nuevo, directo o indirecto que sea, con una galopante caída del poder adquisitivo del pobre contribuyente italiano.
“El problema de tener que prescindir de Prodi”, —dice Beppe Grillo—, “es que puede volver Berlusconi-psicoenano”.
Quizás porque Silvio Berlusconi, es el más grande cómico del circo de la política que corre por estos lares. Cabellera “regenerada”, estatura artificialmente aumentada, maquillado hasta la exageración en cualquier aparición pública, sonrisa de gran payaso de circo dispuesto, aún en ceremonias de Estado, a contar el último chiste…
Sólo que ni Prodi, ni Berlusconi, ni Bush, ni muchos otros que danzan en las pistas de la política internacional ignoran su auténtica identidad de cómicos.
Como, por ejemplo, nuestro inefable Zapatero ¿Algún posible lector de estas líneas recuerdan aquel film de Cecil B. de Mille, El gran espectáculo del mundo en el que un soberbio James Stewart, irreconocible gracias, precisamente, a su rostro emblanquecido por el maquillaje de payaso, interpretaba un silencioso clown? Compárenle con el de nuestro Jefe del Gobierno y encontrán una similitud impresionante. Larguirucho, deslabazado y con una permanente sonrisa bobalicona de clown, cóncava o convexa, según se mire. Sólo que a diferencia del gran actor americano, que tenía perfecta conciencia de estar interpretando a un payaso, el nuestro ignora su auténtica y comprobada condición circense.
Yo, por mi parte, estoy convencido, que una buena parte de este desvarío profesional, de este desvío de la política al circo, se debe a que la mayoría de las ministras y colaboradoras que ha reunido a su servicio o son, lo que se dice, verdaderamente feas o desde luego absurdamente antifotogénicas, por lo que he podido ver en la prensa, ya que no que no conozco a ninguna de ellas, ni nunca he tenidola opurtunidad de poderlas mirar ni cerca ni de lejos.
Lo que parece fuera de toda duda es la marginalidad de cualquier medida estética femenina de la gentil figura de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, la menina que corea, rie y aprueba todas las gracias y dichos y actos de su señor, el príncipe de la Moncloa, y en defensa de ellos se bate en ridículas batallas dialécticas. Y es que aunque la Fernández se vista de seda (Prada), mona se queda.
Y esto de verdad que es apolítico. No es que las feas deben estar al margen de la sociedad, ya que pueden, merecidamente, ocupar altos cargos en la administración de empresas, en la investigación científica, en el ejercicio de la medicina… Lo que no deben figurar, a no ser ocupando discretas y escondidas y segundas funciones, es en política. Porque la política, como el teatro, como el cine, siendo pura ficción representativa, necesita, digámoslo de una vez, de señoras guapas. Desde Marlene o Greta o Kate Hepburn o Ingrid o Ava Gardner o Gene Tierney o la Taylor o las últimas generaciones de las Kim Basinger… la historia del cine es toda una galería de señoras estupendas.
“Una mujer bella, —decía Orson Welles—, es como una reina sin complejos ni temores. Es mucho más fácil encontrar inteligencia en una mujer bella que en una fea”.
Parte de ello sucede, al igual, en el periodismo. Nadie puede negar la inteligencia de una Oriana Fallaci, que en el pleno de su fama, en su juventud, fue sumamamente atractiva. Al igual que la actual estrella del periodismo femenino internacional, la americana Christiane Amanpour, otro ejemplar estupendo de fémina bella e inteligente.
En mi vida profesional me he topado con infinidad de colegas, guapas y feas, igual que he conocido señoras políticos agraciadas y otras a las que la madre naturaleza se las mostrado un tanto avara. Indudablemente, en uno o en otro caso, he encontrado a las guapas más gentiles, más seguras de si mismas, más espontáneas y, sobre todo, más inteligentes que las otras que, en gran parte ¡¡uff!! destilaban eso que se llama “malage”. Yo, como Orson Welles, estoy convencido que la belleza, en la mujer, es un atributo de la inteligencia.
Los próximos cómicos, conscientes o ignorantes de ser tales, que presenten su candidatura a formar gobierno en nuestro país, deberían, si pretenden que las urnas les den su consenso, cancelar de sus listas electorales a los adefesios femeninos.
Y mucho mejor sería, naturalmente, que estuvieran plenamente convencidos de su naturaleza de cómicos, que es un oficio tan noble y respetable, si no más, como el de notario, abogado del Estado, juez, médico, ingeniero de minas, catedrático de universidad, empleado de banco o dependiente de una mercería.
Y, aunque ello pueda, por el momento, confundirse con una utopía, sería de augurarse que, siguiendo el modelo italiano, surgiera, en nuestro país, un Beppe Grillo español.
Ejemplo de todo ello puede ser un Ronald Reagan, comediante de profesión, que, al menos para los americanos, ha pasado a la historia como uno de los mejores presidentes que tuvieron nunca los Estados Unidos.
O como el papa Juan Pablo II, que, en vida, debió gran parte de su extraordinaria popularidad, a nivel planetario, al haber sabido conjugar, de manera magistralmente consciente, sus dos grandes vocaciones, la del sacerdocio con la de comediante de su juventud y el amor por el teatro.
Por su parte, en Italia, no es sólo el caso de Beppe Grillo, es que los cómicos están robando su papel a los políticos. Los auténticos representantes de la voluntad popular ya no son los impuestos en listas cerradas por los diversos partidos políticos, sino aquellos otros que, un día, los cómicos les puedan proponer.
Y así Beppe Grillo, que no se presentará personalmente a ninguna llamada a las urnas, está elaborando su propia lista electoral, procurando a cada uno de sus futuros candidatos una especie de certificado de garantía “doc”, como en las etiquetas del buen vino, en la que figurará que no pertenece a ningún partido político, que no ha ejercido de diputado o senador por más de dos legislaturas y que no ha tenido ni tiene ninguna cuenta pendiente con la justicia.
Porque se da el caso que en Italia, uno de cada diez diputados o senadores ha tenido o tiene todavía cuentas que saldar con la justicia. Algunos de ellos con sentencias tan graves como las de haber cumplido condenas de varios años de cárcel por pertenencia a bandas terroristas o reos de presunto homicidio.
Según una encuesta revelada por Beppe Grillo en el considerado barrio más peligroso de Nueva York, el Bronx, sólo uno de cada quince habitante, se las ve o se las tenido que ver con la policía y con los tribunales de justicia. De ser esto cierto, la comparación con el Parlamento italiano sería escalofriante.
Se preve un mundo salvado por los cómicos y un elector, cínico, que responderá al aforisma de Oscar Wilde: “El cínico conoce el precio de todo y el valor de la nada”.

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