martes, septiembre 25, 2007

Felix Arbolí, Un domingo con rosas y espinas

miercoles 26 de septiembre de 2007
UN DOMINGO CON ROSAS Y ESPINAS
Félix Arbolí

E L pasado domingo fue un día algo especial. Un día de rosas y espinas en la jornada, pudiera decir. Como todas las mañanas festivas y sobre todo domingueras, he realizado mi visita al Rastro y en éste, la obligada parada en el puesto de libros donde tengo tertulia asegurada. Son muchos años ya de asiduo a este entrañable y típico rincón madrileño y en especial a los dos puestos de libros existentes en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo, frente a la fachada del Centro Comercial y esquina a la bajada de la Ronda de Toledo, en dirección a Embajadores. Libros frente a libros y a ambos lados, revistas, videos y objetos de cerámica. Todo igual que hace una semana, meses y años. A veces, se advierte un hueco y los clientes preguntan por el “hombre de las pieles”, “el de las flores” o el de las figuritas y muñecos”, que él llama “mis critaturitas”. Nadie sabe contestar con certeza, si es que ha faltado ese domingo, se ha jubilado más que por edad, por imposibilidad física o se ha ido para siempre buscando a los que le precedieron en el negocio familiar. Su lugar, ignoro las ideas de nuestro alcalde, no se cubre y eso que hay cientos de peticiones esperando. Las malas lenguas, que suelen ser las que aciertan, dicen que nuestro Regidor quiere cargarse a este típico mercadillo donde hay de todo y más barato. Uno de los sitios que más miman, protegen y promocionan en la mayoría de los países, como atracción turística y ayuda al que no tiene trabajo, pero si necesita comer, sin tener que delinquir. La idea del señor Ruiz Gallardón, `por lo oído y temido es que ese enorme espacio, cuando desaparezcan los que hoy lo ocupan, se convierta en aparcamientos, jardines y urbanizaciones de esas que apuntan a las alturas, no solo por la cantidad de sus plantas y pisos, sino por lo inalcanzable de sus precios. Madrid vende su casticismo y tradición por el abusivo “progreso” a base de inmobiliarias y negocios que mueven siempre los mismos. Terminaremos convirtiéndonos en un feudo de banqueros y empresarios de la construcción, a los que habremos de pagar hasta por respirar. Cada día son más numerosos los que se asfixian con las abusivas hipotecas. Ya hasta los “poceros” dejan las alcantarillas y en sus “jet” privados de súper millonarios dominan cielos y tierras construyendo viviendas con la misma facilidad y rapidez que nuestras abuelas hacían sus encajes de bolillos. España se ha convertido en ese baúl de las sorpresas que nos cantaba Karina en sus años juveniles. Es una lástima que haya desaparecido ese rincón de oportunidades, sorpresas y encuentros en esos rebuscos de antaño, donde sobre una manta o sábana, en pleno suelo, comprábamos ese objeto inútil y caprichoso, que nos causaba una gran ilusión, pues nos recordaba al que habíamos tenido y utilizado en nuestros lejanos años infantiles. Yo he logrado en esos batiburrillos rastreros (sin intención peyorativa), hasta cartillas de racionamiento, cédulas o salvoconductos, como se las llamaba en aquellos años, y otros objetos que entonces eran normales y carentes de valor y hoy forman parte de mi “tesoro” más entrañable, por lo que significan y me recuerdan. Creo que Madrid es la única capital europea que no mima y cuida al Rastro como este mercado se merece. Empezaron con normas y medidas que le quitaron su espontaneidad y oportunidad, transformándolo en una especie de galería al aire libre, delimitada y prohibitiva para los más humildes, que si no tenían para comer en el día a día, menos para poder sacar las miles de pesetas de entonces que cobraban por los permisos. Y como siempre, los que nada tienen, ni hallan padrinos, se quedaron en la estacada. “Al perro flaco, todos son pulgas”. Los verdaderos pioneros de ese mercado quedaron al margen de esa nueva y nefasta reorganización, y no pudieron dar salida a sus cachivaches y hallazgos familiares del sótano para sacar las pesetas necesarias a la economía familiar. Como si fuera un crimen desprenderse de algo para poder comer. ¿Es que acaso pretendía nuestro Ayuntamiento que ese desgraciado al que debería proteger y ayudar, le pagara impuestos de la migajas obtenidas, incluso a costa de un enorme sacrificio sentimental?. Se cargaron al verdadero Rastro y dejaron un simulacro de mercadillo que en cualquier pueblo de la Comunidad tiene mayores ventajas y más oportunidades oficiales. El autor de esta debacle el señor Álvarez del Manzano y el que ha llegado al cenit de su persecución y afán demoledor, el señor Ruíz Gallardón. Por ese afán recaudatorio y controlador que les dominan cerraron la posibilidad de que cualquier ciudadano, pudiera exponer sus pertenencias y artículos a la atención del público y sacarse unas pesetas con las que alegrar la jornada a su necesitada prole. Desapareció ese añejo sabor a ganga, sorpresa y oportunidad, y el remedio urgente y oportuno para salvar esa crisis perentoria, que surge inesperadamente y te hace rebuscar en trasteros, estanterías y baúles cualquier recuerdo familiar que pueda ahuyentar de momento la amenaza del hambre. Los libros han sido siempre una constante en este escaparate semanal y festivo. Libros antiguos, descatalogados, de caprichosos contenidos, exponentes de épocas pasadas, recuerdos de aquellos textos que dimos en nuestros años escolares, etc. Todo cuanto ha representado el saber a lo largo de los años tenía su sitio en esos desordenados huecos y su indiscutible atractivo en los montones expuestos “a como caigan “sobre el trapo, la mesa o la manta camera. ¡Qué curiosos y bonitos ejemplares he podido reunir gracias al antiguo, inolvidable y entrañable Rastro de hace veinte años!. Hasta de siglos pasados, algunos del diecisiete. Y de nuestros autores de principios del pasado siglo, tan románticos y excesivamente descriptivos, que hicieron furor en su época tan dada a las aventuras galantes y pendencias caballerescas. No se, pero me gusta conservarlos y contemplarlos. No digo leerlos porque mentiría. En ese Rastro que nos quitaron las Ordenanzas Municipales de Alvárez del Manzano, inicié por pura casualidad mi colección de campanitas. Compré las dos primeras, de plata, por doscientas pesetas de las de hace veinte años y hoy ocupan los sitios libres de mis estanterías y algunas cajas. Más de trescientas. Las tengo de todos los países, pueblos y ciudades y de todas las formas que uno pueda imaginarse. Ya todos cuantos me conocen y saben de mi afición, tienen el detalle de traerme una de recuerdo del sitio adonde viajen o pasen sus vacaciones. Eso sí, deben indicar su procedencia. Hasta del Japón, los Estados Unidos, (gracias José Luis), y otros países más exóticos e inabordables tengo mi campanita. Es una manía como otra cualquiera, pero agradable de curiosear. ¿Se han detenido alguna vez a captar el olor característico de los libros?. Pues, sí, lo tienen y es fácil de percibir y apreciar si uno tiene el empeño de experimentarlo. Es distinto a los demás olores y de muy grata sensación. Eso sin detenernos a considerar además que dentro de esas hileras de volúmenes expuestos se esconden ideas, pensamientos, aventuras, biografías, tratados filosóficos, comecocos camuflados y todo tipo de temas capaces de darle sentido a nuestra vida e ir formando nuestro carácter para el futuro. Estando entre libros, observando la policromía y vistosidad de sus portadas y sus atrayentes o confusos títulos, se me acerca sonriente una guapa chiquilla (como dicen en mi adorada tierra), a la que le acompaña un señor joven que debe ser su padre. Me resultan conocidos, pero no acierto a saber de qué, cuando y cómo. Me da un par de besos y me da las gracias con una cara de felicidad que no sería capaz de igualar al halago más grato que persona alguna pudiera recibir. Resulta que era Marina, la pequeña y bella protagonista de mi Contraportada del pasado 22 de mayo. Ha estado fuera, pues su padre tiene que pasar largos periodos fuera de España y por eso no ha podido verme antes para agradecerme el artículo que le dediqué, y que tiene enmarcado en su habitación. ¡Vaya premio que me han dado!. Según me explica su padre, muy satisfecho y agradecido al texto que dediqué a la pequeña, con todo merecimiento añado yo, han intentado ponerse en contacto conmigo varias veces y no lo han conseguido. Estos son los detalles por los que uno se siente satisfecho y pagado por la labor que realiza. ¡Es tan difícil hallar una persona capaz de agradecer la atención que se le ha dedicado!. Aunque no sea esta la causa que nos la haya motivado. Por lo visto tuvo su impacto entre familiares, amigas y compañeras. Me fijé en sus ojos y vi tan sorprendido como complacido reflejados en ellos la inocencia y la pureza de esos años inmaculados. La bondad de Dios capaz de crear tanta belleza, tanta ternura y tanta felicidad en el rostro de una pequeña de diez u once años. No pude evitar decírselo cuando nos despedimos, tras una breve y gratificante conversación: “ No pierdas nunca esa mirada y esa sonrisa, porque mientras las tengas Dios estará contigo”. A mis viejos de pasados domingos no los he visto puestos en el sitio que acostumbraban después de la intervención policial y la requisa de sus rebuscadas baratijas. No se si la causa habrá sido el miedo a otra intervención municipal, la falta de géneros para exponer y vender o algún impedimento de peores consecuencias. Me da pena cuando algo que se hace habitual desaparece sin saberse las causas. ¡Cuánto me gustaría tener dinero o poder para deshacer tantos “entuertos” que, como en los tiempos cervantinos, se encuentra uno por los caminos!. El domingo tuvo su lado triste y doloroso con la muerte casi repentina de “Arfonso”, ( con erre, por voluntad de mi hijo), el blanco gato persa que nos regaló mi hijo y nuera y llevaba cinco años con nosotros. Fue de forma sorpresiva. Empezó a sentirse mal, a no querer moverse y en los brazos de mi hijo mayor, que estaba en casa viendo el partido Atélico-Racing, se quedó como dormido y cuando quiso despertarlo, estaba muerto. La conmoción fue generalizada y profunda en el ámbito familiar, donde era muy apreciado por su belleza gatuna, su natural extremadamente tranquilo y sus demostraciones cariñosas hacia la familia, impropias de un gato y más normales en un perro. No me avergüenzo confesar que lloré viéndole sin vida y sabiendo que a partir de entonces ya no lo vería más deambulando por la casa o panza arriba durmiendo tranquilamente en el pasillo. A los animales cuando llevan tiempo conviviendo entre nosotros y se acostumbra uno a su presencia, se les toma cariño. Se siente su pérdida, no con la misma intensidad que si se tratara de un ser humano querido, pero si con la suficiente para sacarte unas lágrimas y no saltar de alegría cuando mi “gafado” equipo colchonero ganaba por fin un partido en lo que va de liga y por cuatro a cero. Añadido a esto el tener que oír el llanto incontenible y sonoro de mi nieta Irene, los once años más bonitos del mundo, cuando llamé por teléfono a su madre y le di la noticia, que ella transmitió a la pequeña. Nos dejó a toda la familia anonadada y no es nada extraño que esto suceda cuando se quiere a los animales con la sensibilidad y el amor que ellos se merecen, ya que lo tenemos como mascotas, pero ello se encargan en demostrarnos que tienen sentimientos, necesitan nuestras atenciones y mimos y nos dedican su fidelidad y amor hasta el final de sus días. Yo los definiría como elementos de la familia, aunque con ciertos matices. Y no me importa que me tachen de cretino o blandengue por pensar de esta manera. Como ven fue un domingo especial, donde hubo de todos, en este caso, desgraciadamente.

No hay comentarios: