miércoles, julio 18, 2007

Oscar Molina, La apoteosis del garrulo

jueves 19 de julio de 2007
La apoteosis del garrulo
Óscar Molina
L A palabra tiene multitud de acepciones, e innumerables usos. Algunos más despectivos que otros, muchos poco amables y escasamente justos. Existen, no obstante, sujetos que encarnan a la perfección el vocablo, hasta el punto que diríase que fue inventado pensando en ellos. Un garrulo es un paleto cualificado por su actitud. Un escalón más dentro del universo paleto, integrado por aquellos que no sólo son dignos de pertenecer a él, sino que además ofrecen ostentosas muestras de su condición, en ocasiones con un afán exhibicionista que mueve a vergüenza ajena. Los hay, no podía ser de otra forma, en todos los ámbitos de la vida, pero en España abundan los que se dedican a la Política, y ya precisando, se puede afirmar sin temor al error que son legión los que pertenecen a partidos nacionalistas. A menudo se juntan, y fundan partidos o ejercen responsabilidades públicas, constituyendo así una agrupación de garrulos extremadamente peligrosa, por su capacidad normativa y de influencia en la vida de los demás. Es entonces cuando el garrulo alcanza su apoteosis, su cima, y se constituye una clase privilegiada dentro de los garrulos. Porque el garrulo común puede tener su día de gloria cantando borracho en un karaoke o ganando un concurso de eructos, pero no es un garrulo apoteósico. Para eso es necesario llegar a ser alguien en la Política, puesto que sólo así sus garruladas dejan de ser flor de un día, perviven en el tiempo, y afectan a la existencia de otros. La agrupación de garrulos no es, por tanto, sino una manera de alcanzar la relevancia que el garrulo individual es incapaz de lograr. Un ejemplo de estas agrupaciones son los partidos nacionalistas. Por poner un ejemplo cercano, todos los responsables de la Política Educativa de la Generalitat de Cataluña son unos garrulos de manual. Lo último que se les ha ocurrido es cercenar, más si cabe, las horas dedicadas al estudio del castellano, lo cual es una garrulada enorme. Han dicho, eso sí, los garrulos que la minoración de las horas de estudio del castellano, es competencia de cada centro atendiendo a “su entorno socio lingüístico”. Y es que el garrulo es, además, muy hortera, como habrán adivinado. Tomando este tipo de medidas, el garrulo llega a su apoteosis, porque siente como en torno a él estallan fuegos artificiales y suena una musiquilla militar grandilocuente, mientras se mira al espejo y se imagina con una banda de colores ceñida al cuerpo. Se nota tocado por una especie de gracia especial, porque se ve algo así como entrando en un soñado Edén en el que puede ejercer sin cortapisas y de manera imperativa sobre los demás, todo aquello que de alguna manera satisface a su odio de garrulo. No todo está claro sobre el garrulo nacionalista, y uno de los mayores misterios acerca de él es si es antes el odio o su condición de garrulo. Yo, me inclino a pensar que es antes el garrulo, pues sólo en un cerrojo mental cabe la posibilidad de que cuajen algunas doctrinas. Para sentir aversión hacia lo que suma, hay que ser partidario de la resta, y para todo ello hay que ser antes un garrulo. Podría intentarse argumentar con ellos que tanto el castellano como el catalán son idiomas, y por tanto su más elevada función es la de unir, pero el garrulo es incapaz de tales sutilezas y sólo percibe en las cosas su potencial agresor. El garrulo necesita herir y para ello le vale lo que sea a través de quien sea. No le importa en absoluto usar para sus manejos ni algo tan maravilloso como las lenguas, ni algo tan sagrado como los niños, cuyo porvenir le importa un pepino. Lo mismo le da que el castellano sea una lengua con más de 400 millones de hablantes, un idioma en el que se han escrito obras cumbres de la Literatura Universal; nada le incomoda hurtar a los estudiantes el conocimiento de algo así, ni sustraerles las bazas profesionales y culturales que su dominio les otorgaría en un Mundo globalizado; porque en su mente de garrulo sólo hay sitio para que se represente el rencor, y su condición de acomplejado nacional. Prefiere incultos en una de las lenguas más importantes del orbe, siempre que sean fieles a la sagrada nación a cuyo presupuesto se ha encaramado. Incultos en la Historia, Literatura y Lengua que han contribuido decisivamente a hacer la Cataluña que él ordeña, mientras sea posible convertirlos sin esfuerzo en garrulos potenciales. El problema es que no pregunta a nadie si desea ser tan garrulo como él. Directamente lo impone, el muy garrulo.

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