jueves, julio 19, 2007

Juan Urrutia, Viva el verano

viernes 20 de julio de 2007
Viva el verano
Juan Urrutia
V IVIMOS en un país en el que los alcaldes se suben el sueldo un cuarenta y cinco por ciento para evitar la tentación de caer en la ilegalidad del hurto y el soborno. Esto nos predispone a pensar que quien actúe así no será muy honrado que se diga, más bien todo lo contrario. El planteamiento no es malo: para no ir a la cárcel, que está llena de barrotes y comida de avión, en lugar de robar de la forma acostumbrada lo haremos legalmente por medio de una panmegabrutigruelica subida de un sueldo cuya cuantía debiera decidirse en función del cargo o cualificación y no de las ganas de robar del asalariado. En resumidas cuentas, sigue siendo un robo de la peor especie, que es la humana. Sin embargo, en algún punto de España existe aún la honestidad en forma de alcalde. Sí, ese ser maravilloso que se presentó al puesto por una profunda inquietud de mejorar la vida de sus paisanos y para que los niños jueguen seguros en parques, jardines y otros estercoleros frecuentados por traficantes y pervertidos sexuales. ¿Han terminado ya de reírse? Bien, continúo. Efectivamente, hablar de alcaldía y honradez es paradójico, hilarante y alguna cosa más. En mi municipio, Bilbao, el alcalde construye aceras incluso sobre las aceras, enormes aceras, para que, ante la falta de espacio aparcatorio, todo visitante deje su utilitario en los parkings de pago que han sido o están siendo construidos. Organizó carreras de bólidos formula3 por el centro de la villa, por las calles créanlo, gastando nueve millones de euros de los cuales sólo uno fue recuperado y el resto jamás justificado, canta bilbainadas al comienzo de las fiestas causando graves problemas auditivos a todo pobre incauto que le escuche, gasta nuestros impuestos en colocar señores disfrazados de semáforo que te amonestan si pasas uno en rojo y otros, vestidos de verde, aplaudiendo a todo ciudadano respetuoso con dicha señal... la lista es interminable. Tiene algo bueno: es simpático, y muy de Bilbao. Por eso le votan. Así es, queridos todos, escasean alcaldes hechos de buena pasta, o de cualquier pasta, aunque sea de dientes. Pero eso no le extraña a nadie, ni siquiera a un alcalde. Probablemente el tema que he elegido para el artículo de esta semana no sea el más sesudo, interesante, ni rompedor pero ¿sobre qué podría hablar en un verano tan soso? Tal vez sobre la escasa cobertura que dan algunos medios al petróleo que baña las costas Ibicencas o el misterioso silencio de la plataforma Nunca Mais. Pudiera haber hecho hincapié en la prolífica pluma de los terroristas a la hora de escribir cartas a su tía la del pueblo, o del extraño aumento veraniego del precio de la gasolina. Hubieran sido temas de actualidad, al igual que lo hubiera sido Navarra, que parece el camarote de Groucho en Una Noche en la Opera, o lo tiranete que se está volviendo Putin. Sí, pero la constitución dice que todo el mundo tiene derecho a quejarse de su alcalde al menos una vez a la semana —no teman, el próximo artículo no irá sobre alcaldes— y estando en mi derecho me quejo, me quejo y me quejo. Además estamos en verano, las playas se llenan de nudistas y paseantes rijosos, las mariposas vuelan hasta estamparse con el radiador de algún veraneante y los niños disfrutan en el campo —apedreando gatos— y en el mar —pescando medusas—. Es época de relax y tranquilidad, de relajar la mente y olvidar los problemas consuetudinarios si se tiene dinero para ello. ¡Yujiiiiiii! Viva el verano.

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