viernes 20 de julio de 2007
Descorramos el velo del engaño
Ignacio San Miguel
P ARA los interesados en el tema del aborto, ha sido importante la noticia de que Simone Veil, la ex ministra de Sanidad francesa que introdujo la despenalización del aborto en Francia en 1975, haya reconocido treinta años después que la ciencia ha podido demostrar la existencia de vida desde la concepción y que el embrión es un ser vivo. Pero aún siendo esto lo sustancial de la noticia, hay otros aspectos importantes a destacar. Por ejemplo, cuando declara que en el 75 lo único que negoció con la Iglesia fue “la imposibilidad de forzar a los médicos”. Por lo demás, el mal menor fue admitido. También es de resaltar que la Revista jesuita “Etudes” hacía propaganda para la liberalización del aborto. Había una fuerte minoría del clero francés que pensaba que el embrión humano tomaba estatuto humano cuando los padres o el Estado le proponían un proyecto social. El diputado francés J. Foyer declaró que la ley del aborto “no hubiera podido ser votada si los obispos se hubieran opuesto con fuerza.” Pero no sólo Simone Veil ha realizado un giro en su postura inicial abortista. En Francia cada vez es más difícil encontrar en la actualidad médicos franceses dispuestos a practicar abortos debido a la objeción de conciencia. Ahora bien, nadie puede impedir a las interesadas que se trasladen al basurero moral de Europa: España. Aquí se realizan abortos hasta en el octavo mes del embarazo. Y también, según parece, abortos “por nacimiento parcial”, práctica que ya ha sido erradicada recientemente en Estados Unidos y no admitida en otros países. La situación en España es “espantosa”, según Simone Veil. Pero volvamos a lo que comúnmente se llama Iglesia, es decir, a la institución eclesiástica, después de los pequeños, aunque significativos, apuntes referidos a Francia. Aquí, en España, la inefable beatería piensa que la citada institución está luchando contra el aborto, el homosexualismo, etcétera. ¿Cuándo se darán cuenta estos pasmados que esto es completamente falso? Naturalmente, el Papa, las Conferencias Episcopales, es decir, la alta jerarquía, declara de vez en cuando que estas prácticas son ilícitas y pecaminosas. ¡Sólo faltaría que no lo hiciera así! Pero, si son tan malas ¿por qué no predican contra ellas? Para eso están los púlpitos. Pero ¿es que alguien oye que en sus homilías los curas se refieran a esos temas? De ninguna manera. Silencio absoluto. Hace unas décadas, los templos se estremecían con los bramidos de los curas condenando los “pensamientos impuros”, cuyo castigo era el Infierno, donde torturas inimaginables para cualquier ser humano se prolongarían infinitamente. Este era el justo castigo a la obscenidad, según gritaban. Pero ahora tenemos, no pensamientos impuros, sino promiscuidad sexual a tempranas edades, embarazos cada vez más abundantes, abortos en ascenso vertiginoso en cualquier momento de la gestación, homosexualismo prepotente, etcétera, y ¿acaso alguien grita en los púlpitos? De ninguna manera. Con voces aflautadas unas veces y quejumbrosas otras, nos hablan del amor de Dios, y de lo mucho que nos tenemos que amar los unos a los otros. ¡Qué bonito! ¡Cuán emocionante! ¡Cuán cristiano! Esta desvergonzada contradicción entre el ayer y el hoy sí que resulta torpe, grosera y despreciable. Claro que mientras tengan una partida de meapilas que les oiga embobados, seguirán por ese camino. El doctor Frank Joseph, médico estadounidense, antiabortista, acostumbra a repetir en los artículos que escribe, que si el clero católico se hubiera enfrentado en serio con el aborto, éste sería historia en Estados unidos. La sangre de tantas víctimas inocentes caerá sobre las cabezas de estos clérigos, empezando por los obispos poltrones y sin ideales, afirma Frank Joseph, y su lógica es irrebatible. Pero quien dice Estados Unidos, dice cualquier otro país de Occidente, empezando por el matadero español, el basurero de Europa. Los ataques de la izquierda a la Iglesia, si se tiene en cuenta esta situación falsificada, por una parte perjudican a aquélla, pero por otra, le convienen. La izquierda mantiene acorralada a la Iglesia, es cierto, y esto la perjudica. Pero, al mismo tiempo, la justifica, prestándole un marchamo de defensora de unos valores morales. La farsa continúa. Los curas sacan pecho y se consideran mártires en defensa de la fe. Siempre seremos signo de contradicción, declaran con orgullo. Es tremendamente risible. ¡Signo de contradicción, cuando son signo de acomodación, adaptabilidad y oportunismo! Y otro aspecto engañoso y especialmente lamentable es el comportamiento de esta izquierda sectaria con su defensa desarbolada del aborto, el homosexualismo y demás “avances”. No ha penetrado todavía en sus mentes que estas prácticas no son condenables porque lo diga la Iglesia. Estos comportamientos van contra la Ley Natural, que es anterior a las Iglesias. Se trata de otro malentendido absurdo en este mundo de engaños en que vivimos. Siempre recuerdo una página en la Red en la que el dueño se proclamaba antiabortista y promovía una asociación con este ideal, pero a condición de que los candidatos se declarasen ateos, o, por lo menos, no creyentes en ninguna religión. Él se confesaba antiabortista por juzgar el aborto como un crimen contra la Humanidad, ni más ni menos. No quería ninguna interferencia religiosa en su postura. Esta me gustó mucho, y si no di mi nombre fue por no considerarme incrédulo, pero su fundamento era idéntico al mío. Si yo soy antiabortista no es porque obedezca al Papa, al obispo o al cura de la esquina, sino porque yo, sin interferencia de nadie, lo considero un crimen contra la Humanidad. Y, en cuanto al homosexualismo, una aberración contra la Naturaleza. Es necesario hablar así, con ruda decisión, arrancando los velos hipócritas que ocultan la cruda realidad. ¿Qué ésta resulta molesta e incómoda? Más incómodo resulta, a la larga, vivir engañado, cooperando como dóciles ovejas en la gran farsa en la que nada es lo que parece. Una comedia sangrienta de malentendidos. Somos bastantes los que no deseamos palabras suaves y acariciadoras, sino la verdad pura y dura. Porque la verdad nos hará libres ¿no se repite eso constantemente? Pues seamos fieles a la verdad.
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