viernes 20 de julio de 2007
Joven y chocante
Había algo metafísico en Rodrigo Uría. No estoy segura de que él mismo lo advirtiera, aunque vaya usted a saber, según era de listo. Si cada individuo lo es porque tiene un propium, algo que sólo a él lo cincela, que Rodrigo tenía individualidad a espuertas ha de verlo cualquiera que lo haya conocido. Sobre su inteligencia y brillo, ninguna duda. Sobre su capacidad de hacer que las cosas se amoldaran a su voluntad, tampoco. Inteligencia y voluntad las tenía bien y hasta muy bien conectadas. Incluso en su carácter parecía juntar rasgos contrarios: reservado y hablador, sarcástico y compasivo, elegante y de palabras fuertes. Pero lo metafísico no residía en que fuera, como lo era, inconfundible.
Hay quien piensa en algo para cuando le fotografían, digo por poner un ejemplo: eso suyo impalpable y escurridizo está en esa mirada de sus retratos serios -sabía y le gustaba posar-, que apuntaba a lo que andaba pensando, sin dejar que se viera nunca. Siempre hay en él una seriedad irónica, un estar en el mundo un poco en broma, pero conociendo las reglas del juego y queriendo y sabiendo ganar. Creo que a la realidad Rodrigo le tenía un cariño relativo; que había en él algo de zubiriano melancólico que buscara esencias mejores que las apariencias. Por eso creo que, como catador de arte, sentía una especial fascinación por las líneas mínimas, y también como amigo del lenguaje, y de algunos de sus amigos, respeto por cierto tipo de pensamiento: aquel que logra mostrar los fondos verdaderos y distantes que justifican haber vivido. Una nostalgia había en él de formas puras y palabras grandes y verdaderas. Algo, esto de que hablo, que dejaba traslucir muy pocas veces, porque su otro ramalazo correoso era capaz de poner en solfa cuanto corre bajo la luz del sol. Pienso que ese punto metafísico era su núcleo de fuerza, y que tenemos que apuntar a él, a ese rasgo único, ahora que se nos ha ido. Es también el punto de fuga que le permitió ser por siempre joven, arriesgado, veloz y bastante pícaro. Y él lo sabía usar, es más, era un maestro. Pero también debemos saber que de allí sacó, de esa tensión que sólo él conocía, cuantas cosas buenas, que fueron muchas, dejó hechas.
jueves, julio 19, 2007
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