lunes 23 de julio de 2007
Cainitas
Miguel Ángel García Brera
H ACE ya algunos años que en mis viajes al extranjero me siento atónito al conectar con las correspondientes emisiones televisivas de la tarde española y comprobar que todo lo que ofrecemos a los países donde llegamos con nuestra imágenes son una retahíla de crímenes, desgracias y maldades. Pienso que por mucho que sea el esfuerzo del Príncipe de Asturias, del nuevo ministro de Cultura y de la estoqueadora de TVE, ahora colocada en el Instituto Cervantes, la zona de nuestra lengua más permeable y fácil de aprender va a ser la referente al capítulo criminal o al de la sordidez. Ciertamente hay que ser muy morboso para presentar al mundo esos programas de tarde en que sólo hay muertes, lesiones, y ejemplos de ciudadanos distinguidos por lo negativo; pero, aunque he enviado mis notas a los responsables, nunca he tenido ni siquiera una respuesta, ni antes ni después de la Cafarel, ni cuando yo era redactor, ingresado por oposición, en RNE, ni cuando he sido, y soy jubilado, de RTVE. Lo cierto es que, sin necesidad de dar pábulo en los medios internacionales, habrá que afrontar mejor, y de una vez, todo un comportamiento demasiado extendido socialmente que se traduce en la posibilidad de leer en un solo día, y en páginas sucesivas del mismo medio, que “detienen a un anciano por matar a un compañero de residencia en Córdoba”, que “condenan a 347 años de cárcel por maltratar y abusar sexualmente durante varios años de su mujer y de sus seis hijos”, que “una mujer incendió un local con 20 indigentes”, que “otra mujer muere estrangulada por su casero”, que uno “mató a botellazos a su exnovia porque le mordió el dedo meñique”, otro “mata a su exmujer en Melilla después de cumplir condena por maltrato”, y un tercero “degüella a su mujer en Jumilla durante una visita a sus hijas”, mientras “se han presentado trenita mil denuncias por malos tratos en tres meses” y “cada tres minutos se roba un coche en España”. Trabajar decididamente en un cambio de mentalidad, exige conocer los diferentes grupos de españoles – y ahora extranjeros – que nutren las páginas de sucesos; grupos que varían según procedan de caracteres primitivos, irracionalmente apasionados, resentidos, vengativos, viciosos y agobiados, sin con estas referencias agotar el rotulado. Habría también que analizar las espoletas que provocan fácilmente la explosión en gentes de caracteres poco firmes y las que consiguen, circunstancial y sorprendentemente, despertar una explosión en las personalidades más capaces de contener la irritación. Más que ninguna teórica asignatura de educación para la ciudadanía, habría que abrir las puertas de la información a niños y adultos, sobre comportamientos sociales y respuestas psicológicas. Un buen ciudadano es aquel que crece constantemente en sabiduría, al tiempo que es consciente de su ignorancia y jamás se siente en una posición dominante, convencido de que puede tener otro lo que no tiene él y, a la inversa, aceptando la desigualdad como algo inherente a las personas y la igual justicia de trato como respuesta social a todas ellas. Claro que igual justicia de trato no es igual trato, como se nos ha querido enseñar en los últimos decenios. Un niño, un joven, un adulto y un viejo han de ser tratados de modo diferente y lo mismo un hombre y una mujer, un heterosexual y un gay, un Doctor y un analfabeto. La justicia tomista exige, y estoy de acuerdo con ella, dar igual a los iguales, pero desigualmente a los desiguales para acercarlos entre sí. Un viejo que mata a otro, tal vez asustado de verse en una residencia, ajeno al mundo que vivió anteriormente; un individuo que sale de la cárcel sin porvenir alguno, recordando que ha pasado varios años encerrado porque su esposa le denunció y tal vez sin que nadie le haya reeducado en el perdón y en la erradicación de su violento machismo; un padre que acosa a sus propios hijos, tal vez sin acceso a ningún tratamiento contra su conducta viciada; un casero desquiciado que mata a la inquilina que, tal vez, además de no pagarle, se mofaba de él, y cualquier otro caso de los antes enumerados, no son noticias para simplemente leer con asombro y reprobación, son muestras sociales en un tubo de ensayo a cuyo estudio se necesita aportar mucha paciencia, mucho conocimiento del alma humana, mucha investigación social, y mucho afán de búsqueda de la verdad y de aceptación de responsabilidades por parte de todos. Que cada tres minutos se robe un coche en España y que mi Lexus lo fuera, en menos de los tres minutos en los que se quedó aparcado, no tiene demasiada importancia, frente a esas páginas que guardo de un periódico reciente, cuya lectura estremece al pensar que se ha derramado, en veinticuatro horas, todo ese reguero de sangre entre ciudadanos, aparentemente normales, y de los que, por lo general, sus vecinos hablan bien.
domingo, julio 22, 2007
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