domingo, julio 22, 2007

Felix Arbolí, Que petardo es el abuelo

lunes 23 de julio de 2007
QUE PETARDO ES EL ABUELO
Félix Arbolí

D ICEN que existe el día de los abuelos. No lo pongo en dudas aunque pasa tan inadvertido como la escasamente valorada y silenciosa labor de estos seres que sólo se tienen en cuenta cuando los padres necesitan un vigilante celoso y lleno de cariño para que cuiden a sus hijos durante sus ausencias o salidas. Caso de no necesitarse sus servicios su presencia no será normalmente deseada, ya que los viejos y sus posibles achaques no son compañías recomendables en el discurrir de nuestros días. Y menos aún si nos referimos a la difícil relación entre yerno y nuera con la suegra respectiva. No se por qué los suegros tenemos mejor “prensa” y consideración que nuestras consortes. Siempre se habla de la suegra de no muy placentera forma y hay multitud de chistes y anécdotas que las ridiculizan. Unas hacen las faenas y otras cargan con las penas. No me encuentro incluido, gracias a Dios entre los suegros-suegros y gozo por ahora del cariño y la confianza de nueras y yerno. Cariño y confianza que les agradezco dejándoles en amplia libertad para vivir su vida, sin inmiscuirme lo más mínimo no solo en su relación de parejas, sino en su manera de educar y enfocar el futuro de sus hijos. Aunque eso sí, demostrándoles en todo momento y de corazón que pueden contar conmigo para cuanto les venga en falta, sea lo que sea, siempre que esté dentro de mis posibilidades y hasta si me aprietan un poco más. Mis debilidades y abnegaciones se han incrementado ahora notablemente con esos tres nietos que me tienen loco de remate. Nunca pude imaginar que existiría un cariño tan grande, tan generoso y tan profundo como el que se experimenta con esos nuevos seres que llegan a tu vida y la transforman totalmente. Cuando tenía a mi hija soltera y ya de casada pero sin hijos, pensaba en la palabra “abuelo” y me daba cierto resquemor. Me fastidiaba incluso. La asociaba con vejez e inutilidad. Mi hija, la niña de mis ojos y devoradora de cariño, lo sabía y cuando se acercó con el marido a darme la buena nueva del próximo aterrizaje de un nuevo ser, iba con cierta prevención hasta saber mi reacción, aunque mi absurda actitud no les hubiera influido para nada, como es de suponer, en lo que ellos como pareja y libremente habían decidido. Contra lo esperado, la sorpresiva noticia me llenó de alegría y ello fue la causa de que los casi tres paquetes diarios que me fumaba, quedaran vetados totalmente por propia voluntad, con el único objeto de no acortar el tiempo que pudiera disfrutar del nieto. Gracias a él, hace dieciséis años dejé de fumar, aunque nadie se apostaba ni un simple “chupa-.chups”, a que cumpliría mi decisión.. Luego llegó la niña, mi dulce y mimosa Irene, mi linda princesita, a quien llevé hasta la pila bautismal y me convertí en el abuelo y padrino más orgulloso del mundo. ¡Daría por ellos hasta mi propia vida y moriría feliz si los beneficiara y me recordaran con cariño!. Lo único que siento es que no podré ser testigo de los más importantes acontecimientos de su vida. Cuando me pongo a pensar los años que tendría que vivir para tener opción a compartir con ellos esos eventos, me amargo de antemano y sufro por lo que no llegará a conocer. Entonces es cuando me doy cuenta de las penas que también acompañan al hecho venturoso de ser abuelo. La tercera nieta, Marta, colmó el vaso de mi felicidad. Una muñequita andante y muy traviesa que o te da un beso con babas incluidas o te suelta una galleta cuando se lo pide, no le apetece y le insiste. Cada uno tiene su encanto y cada uno tiene su lugar reservado en mis querencias y sentimientos sin que ninguno de ellos pueda ser más o menos que el otro. En el corazón humano puede caber un colegio entero, con profesor incluido o no haber sitio para una sola persona. Somos así de especiales. Sí, sería bonito y gratificante celebrar el día del abuelo pero con la misma solemnidad y cariño que se celebra el día del padre. Son conceptos y maneras de querer diferentes a pesar de que sea consecuente el uno del otro. Hay veces que me siento padre y otras que me veo como abuelo. Por regla general, cuando no existen causas raras en la familia, si se quiere a los nietos es porque antes se ha querido a los hijos. Si yo no amara a mis hijos tan entrañablemente, poco amor iba a transmitir a mis nietos, aunque nuestro trato fuera más o menos frecuente. Hoy tengo tres cabezones, como los llamo cariñosamente, ya que son los más guapos y mejores del mundo para mi, que me tienen embobado y me hacen el hombre más feliz el mundo cuando les veo en casa desenvolverse con total confianza y naturalidad por que les consta que todo cuanto hay en su interior les pertenece totalmente. Me dan pena esos pobres viejos solitarios esperando casi como una liberación la hora de abandonar este mundo donde creen no tienen nada que hacer ni con quien contar. Debe ser terrible la ausencia de amor en los años quizás más delicados de nuestra existencia. O esos que con familias, hijos en lo que depositaron sus máximos cuidados y más entrañables sentimientos cuando ellos eran los necesitados, hoy los tienen recluidos en esos guetos con apariencias de residencias, sin otra esperanza que ver aparecer en alguna inesperada y nada frecuente ocasión la visita de ese hijo con el que soñará noche y día en su triste y obligado retiro. O el pobre anciano que aumenta su desesperación y vaciedad con la imposibilidad de moverse y no poder atender sus cuidados y cotidianas necesidades, teniendo que depender para todo exclusivamente de la buena o mala leche de sus familiares. Tristes cuadros que nos ofrece la vida con excesiva frecuencia sin que nadie se acuerde de que estos “vegetales humanos”, han sido los artífices e impulsores del bienestar que hoy disfrutan y del ambiente que les rodea. Yo lo que si quisiera es no tener que fastidiar a los míos a última hora. Prefiero volar buscando las alturas que quedarme en tierra sufriendo dolores, decepciones y amargos pensamientos. ¿Y qué decir de las abuelas, las “grandes madres” francesas”?. Mi mujer es una madraza de las que ven peligro hasta en el aire que entra por la ventana y se hace de goma y se convierte en “superwoman” con tal de poder abarcar cuanto precisen sus hijos, aumentado actualmente con la aparición de los nietos. Ella es la que lleva el mayor peso de esta situación y lo hace con entusiasmo, ternura y mucho amor. Es la abuela comodín de toda anormalidad que pueda surgir en la vida familiar. No he visto resistencia más dura, abnegación más ilimitada y demostración de cariño más sincero y generoso. Ella es la “Fuerza” en esta “guerra de las galaxias” familiar aunque en su caso esté al lado de los buenos y tenga un efecto positivo. ¿No creen, sinceramente, que es de justicia celebrar “El día de los abuelos”?. Cosa rara que este evento se halla escapado de la sagacidad comercial de esos grandes almacenes tan atentos a implantar “días de”, para empujar al remiso comprador hasta la caja registradora. Será porque no le verá mucho gancho familiar y no ha querido lanzarse a la deriva en esa singladura.

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