miércoles, julio 18, 2007

Felix Arbolí, Charro, ¿Un pícaro o un sentimental?

jueves 19 de julio de 2007
‘CHARRO’, ¿UN PÍCARO O UN SENTIMENTAL?
Félix Arbolí

M E entero algo tarde que mi inolvidable amigo Pepe, más conocido por “Charro” dado su origen salmantino, ha muerto solitario en la cama de un hospital madrileño. A estas alturas no es nada anormal contemplar como nuestra generación se va extinguiendo y los que quedamos aún, habas contadas en el guiso de la vida, nos empeñamos en una lucha diaria por alargar un recorrido cuyo final advertimos nada lejano. Es ley de vida. Siento no haber estado a su lado para haberle animado y acompañado en esos momentos donde el hombre intenta aferrarse a lo real para evitar enfrentarse a lo desconocido. Le llaman el momento de la verdad, aunque opino que nadie sabe lo que se va encontrar más allá de la vida o de la muerte, que de ambas maneras puede enfocarse el asunto. Puede que la verdad sea la existencia que nos abandona y no ese misterio que no deseamos llegar a descubrir. Charro era un personaje de novela. Esos seres que marcan una época de nuestra vida y la llenan de anécdotas y sonrisas. Un verdadero antídoto contra el aburrimiento y los problemas que a su lado y oyéndole dejaban de serlo Pequeño, enjuto, pulcro y aseado en grado máximo,- aunque al final de la jornada su aspecto dejara mucho que desear-, vivía de todo y de nada. . Llegaba todas las mañanas en taxi a mi cafetería donde nos conocimos. Creo que el autobús y el metro no los utilizó en su vida. Ocupaba siempre el mismo rincón, cogía el periódico que ojeaba y no leía, mientras serio y solemne ajeno a todo lo que le rodeaba, se dirigía al camarero y solicitaba un café con extremada educación. Desayunaba pausadamente, saboreando la humeante bebida con verdadero deleite. A nadie hablaba, ni nadie le interrumpía en esos instantes. Luego, terminado esa especie de cotidiano ritual iniciaba su jornada. --- Me pones una copa, por favor. . A partir de esta primera y hasta la hora del cierre, si no tenía algún asuntillo que gestionar, las copas iban sucediéndose hasta que agotada su resistencia por el alcohol ingerido, caía en un profundo sueño que siendo inofensivo, todos respetábamos. Lo considerábamos como un elemento más y obligado en la ambientación del local. Fue un ferviente enamorado en un sentido totalmente platónico, idealizaba a la mujer de tal forma que ni siquiera se atrevía a tocarlas y además buscaba y se fijaba en las que más dificultades y hasta imperfecciones físicas pudiera ofrecerle. Algo que nos tenía desconcertados a los que alternábamos con él y advertíamos sus intentos de conquista. -- Sé que no es bonita, que está medio impedida –decía de una- y que no me hace caso, pero es todo eso lo que la hace más interesante. La reseñada, víctima de una dolencia que le producía una cojera ostensible y ya entrada en años, era la antítesis de la belleza y la pasión. Para mas dificultad, se trataba de la mujer de un viejo amigo con el que se llevaba muy bien y seguro que no llegaría a traicionar jamás. Sobre otra de sus extrañas dulcineas comentaba... --- ¡Es fantástica y muy falsa!. Se que lo único que pretende es sacarme la merienda, pero me tiene loco. ¡Hasta sus varices me parecen encantadoras!. La aludida, una vez lograda la invitación pasaba olímpicamente de él. Él se conformaba con hablarle a distancia, desde su rincón, y mirarla con cara de bobalicón como si estuviera ante una reina de la belleza. --- Hoy he estado con mi Catiña –otra de sus protagonistas ---en unos grandes almacenes y en dos entradas y salidas hemos apañado unas cosillas fáciles de colocar. Franco pensaba que no nos iba a dejar nunca y Carrero Blanco estaba al frente del gobierno y en las miras de ETA, para su sorprendente eliminación meses más tarde. En este entorno, los grandes almacenes, negocios y joyerías no necesitaban todavía etiquetas con alarma, ni guardias de seguridad. No eran tan normales y asequibles las condicionales, reducciones de pena y esos a veces absurdos grados carcelarios. Lo que se conoce vulgarmente como entrar por una puerta y salir por otra, sin llegar a cumplir condena alguna, unos por ser menores para recibir castigo, pero no para causar el daño, otros por contratar con el producto de sus robos y estafas a avispados leguleyos que los liberan del trance y hasta los que coleccionan condenas como sellos de correos sin pisar la cárcel, que también los hay incomprensiblemente. Estaba en vigor hasta la pena de muerte que algunos empiezan a echar de menos, visto el panorama que ofrece el patio. --- Es muy sencillo –nos contaba- entramos a cuerpo gentil como un matrimonio respetable y Catiña se lleva al probador dos o tres vestidos. Se coloca uno bajo el que lleva, de forma que no se le note y sale con los otros en la mano para colocarlos en su sitio. Yo mientras hago mis recorridos por otras secciones. Lo mío es un auténtico problema. No puedo entrar en una tienda, sea de lo que sea, sin llevarme algo. Es un impulso imposible de vencer. Aunque sea una caja de cerillas al comprar el paquete de tabaco. La tal Catiña tenía su mocetón para los otros menesteres al que abonaba todos su gastos y caprichos a costa del beneficio que obtenía con las operaciones fraudulentas protagonizadas con Charro, que ignoraba la existencia de esa joven competencia, aunque posiblemente tampoco le hubiese importado ya que su entusiasmo y atracción no tenía nada de pasional, era pleno romanticismo enlatado. En cierta ocasión estuvimos varios días sin saber nada de él. Nos extrañó a todos y temimos lo peor, pero antes de la semana apareció. Llegó en un coche impresionante e iba muy elegante. Ante nuestro asombro, sin darle importancia a la expectación causada, se llegó hasta la barra y ocupó su lugar habitual. Luego, se dirigió a los que estábamos... --- ¿Qué tal van las cosas por aquí?. Julián, invita a los amigos... Tras sus palabras sacó un fajo de billetes verdes ( ¡qué bonitos eran los puñeteros y cómo te lucían! ), y los puso con cierta petulancia sobre la barra. Saboreando un rioja y unos taquitos de pata negra, oímos su versión. Por un detective privado para el que ya había trabajado en otros asuntos y ocasiones, entró en contacto con un importante empresario vasco que sospechaba que su mujer le adornaba la cabeza con ciertas protuberancias en sus frecuentes viajes a Madrid. Quería pillarla en plena faena para conseguir la separación por adulterio y no tener que indemnizarla. El divorcio era tabú en las leyes y la sociedad de entonces. --- El asunto estaba muy bien programado. Yo tenía que pasar por un rico financiero y conquistarla para llevármela al huerto. En ese instante el marido, un fotógrafo y el detective privado harían su aparición en la habitación sorprendiéndonos. Le pagaban los gastos, incluido el alquiler de un coche con chofer para que se desplazara en su misión de acoso y derribo, usando la terminología taurina. Debería aparentar ser un hombre económicamente fuerte e importante. Caso de lograr el éxito en su” trabajo”, recibiría cien mil pesetas. - Todo salió perfecto. Tras varias tentativas, recados e invitaciones a través de camareros y obsequios capaces de cautivar a toda mujer, que yo prodigaba sin preocuparme ya que iban en la cuesta de gastos, conseguí que la dama en cuestión accediera a compartir amistad e intimidad. No me costó mucho tiempo conseguir la cita testimonial. A través del chofer avisé al marido de nuestra reunión indicándole el hotel y la hora en que tendría lugar nuestro encuentro amoroso y pasional. . Todos oíamos con enorme interés tan insólito relato. --¡Fue de película!. Ellos entraron gritando, ella histérica y asustada se tiró de la cama y se encerró en el cuarto de baño, mientras el fotógrafo no cesaba de disparar el flash y el marido muy en su papel de esposo ultrajado la amenazaba y llamaba de todo y nada bueno. El tío era un actor impresionante. Yo, digno y ofendido, aparentando un impresionante cabreo, sólo decía tapándome la cara “Por favor, fotos no!. ¡”Por favor que soy un hombre casado y me pueden buscar una ruina”!. ¡”Fotos no”!. Al final ellos se fueron, ella seguía encerrada y llorando y yo salía del hotel donde en el coche que me esperaba a la puerta el conductor me entregó un sobre con las pesetas que estáis viendo. A todos nos dejó atónitos tan increíble relato. Otra de sus sorprendentes aventuras fue la boda civil que celebró en la frontera húngara con una señora muy rica que sólo pretendía abandonar el “paraíso comunista” a través de un matrimonio que no llegó a consumarse. No volvió a saber nada de “su mujer”, una vez que el abogado interviniente le pagó la cantidad estipulada por prestarse a esa farsa. Posteriormente, recibió los papeles pertinentes para la disolución de ese extraño casorio. El gran amor de su vida era su madre. Tenía prohibido visitarla debido a que una noche y debido a una de sus grandes y frecuentes melopeas en lugar de dirigirse a la buhardilla donde vivía, obsesionado por el amor filial e inconscientemente se fue directo a la casa donde ella residía con su hermana y cuñado. Con la borrachera no atinaba a encender la luz y a oscuras, creyendo que se hallaba en su vivienda, se desnudó totalmente como era su costumbre, y se durmió profundamente sobre la alfombrilla de la puerta. A la mañana siguiente cuando su cuñado que era general, salió para ir a su destino en el ministerio del Aire, se encontró con el bochornoso espectáculo. Una buena bronca, anatema familiar y la prohibición absoluta de que volviera por la casa. Este suceso que le negaba el acceso a la única persona que quería de verdad, por la que sentía una total veneración, puede que fuera el origen de su posterior despreocupación por todo cuanto le rodeaba. Su falta de ilusión y fe en un futuro que adivinaba absurdo y solitario. Éste era mi personaje en breves rasgos. Siento su ausencia, pero en cierto aspecto me alegro por él, ya que al fin habrá descubierto y estará gozando la auténtica y platónica manera de amar que tanto le afanó en su ajetreada y novelesca vida. Se que la madre murió y su pérdida fue la medida que colmó el vaso de sus despropósitos e indiferencias ante la vida. ¿Era un loco, un bohemio o un pobre diablo?. Lo ignoro. Pienso que la suerte no le acompañó en su vida, quizás porque él tampoco la buscara con insistencia al no tener a su lado la persona ideal con quien compartirla.

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