miércoles, julio 18, 2007

Felix Arbolí, El amor brujo

jueves 19 de julio de 2007
EL AMOR BRUJO
Félix Arbolí

D ESDE el exterior, nada hacía sospechar las aventuras y desventuras que se desarrollaban de puertas adentro. La batalla entre los incautos clientes que pretendían una noche de lujuria y las avispadas mozas del local que zalameras y engañosas les infundían esperanzas a costa de continuas invitaciones a la reserva más cara de la casa. Una reiterativa petición que asombraba al infeliz pagador ante la enorme facilidad de su “dama” para ingerir tanto alcohol sin el más leve indicio de mareo. Su nombre “El amor brujo”, alusivo a la obra del universal músico gaditano Manuel de Falla, le proporcionaba un aire de misterio y pasión en concordancia con su habitual y oculta actividad. Paneles metálicos y dorados siempre limpios y relucientes alternando con la madera labrada recubrían su fachada con el rótulo en rojo sobre fondo negro, como grabado a fuego y dos amplios ventanales, permanentemente cerrados para evitar miradas indiscretas. La decoración interna cambiaba de estilo. A derecha una amplia barra en madera de una pieza con una serie de taburetes para que el cliente se sintiera cómodo y permaneciera más tiempo bebiendo y convidando. En la pared, dos grandes murales de Gustavo Doré en escayola, representando otras tantas escenas de la famosa obra de Washington Irving, “Cuentos de la Alhambra”, sobre un fondo de espejos negros que alcanzaban hasta el mismo techo. Elegante, serio y con un refinado lujo hasta en sus artísticas estanterías donde se acumulaban toda clase de bebidas, desde la más sencilla y solicitada hasta la más caprichosa y poco habitual. El resto no desmerecía del refinamiento anterior. Paredes de madera labrada, moqueta cubriendo su suelo, cortinajes de terciopelo rojo para impedir el fisgoneo cuando se abría la puerta y coquetas mesas y butacas donde el cliente y su acompañante pudieran beber y conversar más cómodamente. Todo estaba pensado y realizado teniendo en cuenta la categoría del local, la razón del elevado precio de sus consumiciones y el que las mujeres que formaban su plantilla realizaran más fácilmente su misión de esquilmar al ingenuo cliente.. Tras la barra, ocho auténticas “devoradoras” de hombres, dispuestas a que el papanatas que atravesara la puerta no se fuera de rositas. Faldas en su mínima expresión, ocultando lo más imprescindible, aunque exhibiendo sin pudor sus afiligranadas y multicolores braguitas, a través del espejo del fondo que proyectaba su trasera anatomía cuando se inclinaban sobre la barra, (aún no había hecho su aparición el tanga), así como sus liberadas “pechugas” a través de unas blusas disimuladamente abiertas, (tampoco estaba permitido el “top-less” en esos años setenta), poniendo en juego todas sus artimañas, gestos y sobeos para lograr que el aspirante a “don Juan”, la invitara una y otra vez. Aparentaban oír con inusitado interés todo cuanto le contaba el “petardo” de turno sobre problemas y “batallitas”, buscando alivio y comprensión, aunque lo único le aliviaban y con suma rapidez era el bolsillo. En realidad, lo que consumían tan pródigamente era una extraña mezcla de te, coca-cola u otro producto, nada alcohólico, que ellas preparaban con antelación para que su color y etiquetaje diera el pego a su generoso “don Juan” haciéndole creer que se trataba de un excelente reserva. El pique entre tantas mujeres era continuo. Novios, clientes, vestuario y otras zarandajas por el estilo constituían el tema habitual de sus conversaciones que algunas veces terminaban en verdaderas trifulcas no exentas de riesgos físicos. En tales ocasiones, se comportaban como auténticas fieras dispuestas a despellejar, desmelenar y destripar, si pudieran, a su adversaria. Costaba enormes esfuerzos y hasta amenazas laborales intentar enfriar los encrespados ánimos y poner orden en esa jauría femenina. Había que ser un gallo con “espolones“ bien puestos para participar como árbitro y guardián en este corral de ajetreadas gallinas o un mafioso que supiera demostrar en todo momento, que si ellas sabían latín, el era experto en griego, francés y hasta arameo. También había que estar muy pendiente para que su “camuflado” novio no se hiciera pasar por cliente y acaparara a su “protegida”, que le colmaba de invitaciones a costa de la empresa. Asimismo, no perder de vista la barra y el movimiento de caja para evitar desagradables mermas en la recaudación, aunque siempre salía engañado y perjudicado jornada tras jornada. Al final de la actividad, cuando observaba los contenedores llenos de botellas y botes vacíos, las fuentes de aperitivos ostensiblemente mermadas y comprobaba la exigua recaudación de la caja, se daba cuenta que habían vuelto a “tangarle”. Por mucho que lo intentaba poniendo su máxima atención en ello, no había podido advertir el momento casi mágico en el que la joven de turno daba el cambiazo con la misma agilidad que empleaban los “trileros” de la calle ante la atenta mirada del asombrado público que les rodeaba, para ocultar la carta ganadora o la chinita que desaparecía y aparecía donde menos se esperaba. . Se había introducido en un mundo totalmente desconocido, donde había que ser un experto en el trajineo, un avispado en las difíciles relaciones públicas de captar a incautos para que fueran a su local a dejarse desplumar y un émulo de Al Capone para que el negocio marchara ventajosamente, sin luchas internas y las competencias de los otros dueños de club que visitaban los locales ajenos buscando mujeres hábiles y atractivas para sus propios negocios. El era un simple “novicio” recién ingresado en ese difícil y extraño convento de veteranos e intrigantes. El anterior propietario, al que hasta entonces había considerado un buen amigo, le había metido un auténtico petardazo económico y profesional, pero cuando se dio cuenta era tarde ya para rectificar y anular la operación. Todos sus ahorros y esfuerzos quedaron entre esas cuatro paredes tras cuatro años de lucha para que el barco no se fuera a pique. Tuvo que lidiar con más “mihuras” y reses de otras ganaderías, que las que toreó Antoñete a lo largo de su dilatada carrera taurina, pero sin cortes de orejas, ni rabos, ni vueltas al ruedo, en la más absoluta soledad y las más sonoras broncas no a base de lanzamiento de almohadillas al ruedo, sino de fieras embravecidas armando grescas cada tarde tras la barra y de algún borracho que se revolvía enfurecido cuando se percataba de que había dejado todos sus “cuartos” tras el mostrador y solo había obtenido una descomunal “melopea”, ya que su “solícita damisela” cuando advertía su carencia de estímulos bancarios, lo dejaba sin el menor miramiento y acudía a desplumar a otro pichón cercano y fácil. Había que tener un estómago a prueba de sables de faquires y una falta absoluta de sensibilidad, para contemplar indiferente como cada viernes los hombres dejaban casi íntegro su salario semanal en copas y más copas, que ellos no bebían, sin tener en cuenta el drama familiar que irresponsablemente estaban causando a sus familias y sabiendo de antemano que éstos aspirantes a “tenorios” terminarían como el famoso gallo de Morón, pues cuando cerraba el local ya estaban los “maromos” de sus damas esperándolas a la puerta. El vaso colmó su medida, cuando una de las chicas, argentina por más señas, aunque nadie hablaba aún de inmigración y menos masiva, intentó suicidarse tras haberle cortado antes el cuello a su gato. Fue una compañera de piso la que alarmada por su ausencia y a requerimientos del dueño, se acercó para averiguar lo que le pasaba para no presentarse al trabajo. ¡Menudo embolado!. La bebida en dosis alarmantes, era de las pocas que utilizaba el alcohol para sus alternes, le había trastornado más de lo debido y aunque les tenía acostumbrados a sus extravagancias, borracheras y locuras más o menos permitidas, nadie podía figurarse ese macabro desenlace. Otra que trabajaba embarazada, no había forma de que dejara la barra hasta que hubiera pasado el parto, estuvo a punto de parir ante la clientela una noche de mucho trabajo. Mientras llegaba la ambulancia, uno de los clientes que era médico de un hospital cercano se hizo cargo del asunto y aminoró el susto de los demás. Se acumulaban los problemas, las preocupaciones ante tan desinhibido personal y las facturas de unas mercancías que habían entrado en el almacén, pero no habían salido por la caja. El barrio de Chueca, donde se hallaba el local, aún era un barrio normal, alegre y hospitalario, frecuentado de bares y tabernas y muy animado de un personal que iba de un lado para otro y les caía de camino. El arco iris y toda su parafernalia de armarios abiertos, orgullos gays, rosas dominantes y parejas entonces inconcebibles a la luz del día y en las calles, no había iniciado su aventura. Precisamente, cuando se decidió su obligado traspaso, cansado de luchas y trampas acumuladas, fueron unos pioneros de esta fiebre multicolor los que se hicieron cargo de él, aunque transformándolo en un nuevo local y diferente actividad, como es fácil de suponer, bajo el rótulo de “Tizas”. Las que utilizó el escarmentado dueño para borrar de su memoria tan extraña y desconcertante etapa. Y es que cuando la desgracia se ceba en uno, pone un circo y le crecen los enanos. Ya lo dice el dicho popular “zapatero a tus zapatos”, aunque nadie escarmienta en cabeza ajena y los zapateros abandonan el clásico punzón de su trabajo, por la punzante letanía de despropósitos y estudiados gestos cuando se enfrentan a barbudos “siseantes” obsesionados exclusiva y políticamente por unas listas cuyo contenido al parecer es lo único que debe importarnos a los desencantados ciudadanos españoles.

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