jueves 19 de julio de 2007
AMORES EN MI VIDA
Félix Arbolí
E STE artículo, en un día para mi tan especial, quisiera dedicarlo por entero al amor. Al amor en todas sus vertientes, tanto el que nos produce dolor al sentirnos rechazados o traicionados, como el que nos proporciona el placer del cariño y la presencia de la persona a la que amamos e incluso aquel que nos deja el amargo recuerdo de una experiencia de no muy gratas consecuencias. Para mi, y espero y deseo que para muchas personas que a pesar de la locura colectiva que nos invade demuestran tener sensibilidad, el amor es el fundamento de nuestras vidas, el motor que mueve nuestras voluntades y el incentivo de nuestros mejores y más sinceros sentimientos. Nada de lo que nos rodea es ajeno al amor y tampoco al odio que es el resultado de su negación, pues no existiría el segundo si antes ese espacio no hubiera estado ocupado por el primero. El odio suele brotar de un gran amor. Dentro de este articulo dedicado al amor, quisiera hacer un inciso y tener un recuerdo especial para ese “fantasma” de los mil nombres que solo parece para herir e insultar a sus propios compañeros que, y ello es lo más chocante, no le han hecho nada malo. Ignoro las causas de ese rencor en una persona que se dice y siente cerca de Dios. No le guardo rencor pues no es un sentimiento que me haya acompañado a lo largo de mi vida, más bien me da tristeza contemplar su soledad, su voluntario aislamiento y haberse apartado de una familia donde todos procuramos solidarizarnos y ayudarnos mutuamente. Se que no servirá de nada este toque, pero no pierdo la esperanza de que alguna vez se de el milagro de que Dios toque su conciencia y mueva su imaginación e inteligencia en sentido contrario al que las está usando. Yo, sinceramente, le perdono sus ataques a mi persona y a mi estima personal, porque me considero una persona feliz y satisfecha con el aprecio y la estima de mis compañeros. Soy un obsesionado por el amor en todas sus vertientes. El eterno romántico que morirá con el verso en los labios intentando encontrar un hada en las alturas para ofrecérselo. Soy un extraño ser que se equivocó de época y en lugar de un mundo galante y poético, me encontré perdido en un extraño planeta de alucinados. Aquí tiene razón mi “fantasma”, me considero un vestigio del siglo XIX. He buscado desesperadamente a la mujer desde mis años racionales y cuando la he encontrado le he vaciado mi alma y he desnudado mis sentimientos. Gran parte de mi vida la he pasado llorando en cualquier oculto rincón por haber errado en mi empeño. No he sido un alocado tenorio, solo un pertinaz perseguidor de sueños y quimeras. El amor ha sido mi tortura y mi delirio, mi más perseguido éxito y mi más rotundo fracaso. He tenido grandes amores en mi vida, de esos que llegan a taladrar intimidades y dominar anhelos y voluntades. Desde pequeño he sentido la necesidad, el aliento y la influencia de la mujer, porque en las Evas de mi vida siempre he visto reflejadas más bondades y virtudes que engaños y traiciones y esa ingenua confianza ha sido causa principal de mis mayores disgustos y mis más amargos resultados. Pero ni me daba por vencido, ni nada hacía que abandonara mi esfuerzo por hallar a esa mujer idealizada en la que quería depositar todo este caudal inagotable de amor. Fuiste tu Pilar, mi primer y gran amor. La causante de ese primero y tremendo sufrimiento que aún me dura. La culpable de que me enemistara hasta con Dios, al que hice participe principal de mi dicha al encontrarte y de mi desdicha al perderte tan brusca y dolorosamente. Me hiciste sentir el amor más sublime que un hombre puede experimentar hacia una mujer. Amor por que el que hubiese dado gustoso hasta mi vida si en ello te hubiese beneficiado lo más mínimo. Vivía por y para ti cada hora, minuto y segundo de la jornada y odiaba a la noche porque me privaba de tu limpia mirada de mujer enamorada y de esa sonrisa que me hacía invulnerable a la desgracia. Separarme de ti, aunque solo fuera unos instantes, era un verdadero suplicio porque te necesitaba hasta para respirar sin sentir el agobio de tu ausencia. Era una sensación casi enfermiza la que sentía por esta mujer apenas rebasados los veinte años de mi vida. No, no era el clásico amor juvenil. De ese ya había pasado con creces y hasta con diversas protagonistas. Era el amor de mi vida y hoy, felizmente casado, padre y abuelo dichoso, aún dominan mis sueños y ocupan mis momentos vacíos el recuerdo de esa vejeriega a la que no veo desde hace cincuenta años. Nunca olvidaré, iba a decir perdonaré, pero no me gusta el rencor, el enorme mal que me causaste y hasta el que por tu culpa, al abandonarme buscando mejores alicientes económicos, me alejaras de la iglesia porque si me acercaba a ella te recordaba a mi lado en misa, comulgando y orando ambos con esa devoción que me inculcaste a fuerza de quererte y complacerte en todos tus deseos. Llegué casi a odiar todo lo que se relacionaba contigo debido a lo mucho que te quise y tu recuerdo antes lleno de sueños e ilusiones, se convirtió en tragedia y desesperación incontrolables. Hasta escribí a tu hermana y rogué a tu madre, con las que también me llevaba, para que intercedieran y se arreglara esa relación que era fundamental en mi vida Me tuviste al borde de la locura y por algunos meses, que parecieron eternidades, no fui dueño de mis actos, ni responsable de mis decisiones. Dios estaría conmigo cuando aún sigo vivo. No obtuve respuesta a esa carta donde un hombre descubría sin tapujos ni complejos su gran amor, llorando letras de dolor y abriendo heridas sin cicatrizar aún. Cuando el tiempo fue serenando mis sentimientos me sentía burlado, ridículo y ofendido por haberte respetado al máximo, temiendo manchar nuestro amor que yo quería sublime y puro hasta el final, porque “la abundancia de amor favorece la castidad” y yo lo sentía con exceso. Luego te ví una noche que había viajado a San Fernando desde Madrid, entrar en el cine con el novio que me sustituyó rápido, y sin guardar las formalidades y escrúpulos que habíamos prometido mantener y me sentí doblemente traicionado, y engañado. ¡Si llego a saber el final de esa novela de amor….!. Hoy sigues siendo un recuerdo imborrable en mi memoria y una herida aun sin cicatrizar en mis sentimientos. Pienso en ti como el amor más limpio y hermoso de mi juventud y termino viendo a una mujer que mató mis ilusiones, desbarató mis esperanzas y quebró mi fe, porque vació de ideales los más decisivos años de mi existencia. No sé si tu me habrás olvidado por completo. Creo que no. Por mucho que él te haya podido ofrecer y proporcionar, jamás servirán para compensar la sinceridad y pureza de un cariño como el que yo a base de amor y abnegación sin límites te ofrecí en todo momento. Nadie puede querer a una mujer tanto como yo te quise a ti. Y pongo a Dios por testigo de lo que digo. Hoy soy feliz y ese Dios al que reproché su posible culpa en mi rabioso dolor, no me abandonó por completo. Me costó años de búsqueda, de encuentros y decepciones, de ilusiones cortadas apenas iniciadas, de amores que se esfumaron sin pena ni gloria y todo ese cúmulo de circunstancias, que rodean la búsqueda de esa mujer que todos soñamos para pasar juntos el presente y esperar confiados al futuro. Y al final llegó ese mirlo blanco en forma de una belleza morena, espigada, culta. simpática y cariñosa llamada Maribel. Nos casamos a los cuatro meses de conocernos, sin trampas ni forzados adelantamientos, por el deseo de unir nuestras vidas cuanto antes e iniciar esa sociedad marital que tanto anhelábamos. De nada valieron las protestas y peticiones de nuestros familiares para que la aplazáramos unos meses y pudiera prepararse el evento convenientemente, con toda clase de detalles. Nuestra determinación fue más fuerte que sus criterios y recomendaciones y un siete de diciembre del año 1960, uníamos nuestros destinos e ideales en un sueño del que aún no nos hemos despertado. Empezamos a salir casi a finales de agosto de ese año. Todo un record o un cara o cruz del que se ha perdido la moneda. Tres hijos y tres nietos completan esta locura que, gracias a Dios y a nuestro amor, resultó excelente en todas sus vertientes. Es la compañera ideal con la que cualquier hombre sensible y razonable le gustaría pasar su vida y esperar el final de sus días. Gracias a ella veo a Dios en cada instante y alabo y agradezco su constante preocupación por este controvertido mortal. Puede existir también en este repaso a tan impactante sentimiento en la vida de todo ser humano, ese amor idealizado que irrumpe en nuestras vidas de la forma más sorprendente e improvisada. Cuando nos altera con suavidad y ensoñación esa especie de espejismo que nos hace olvidar el peso de los años y sus consecuencias. El amor a esa mujer quimera, de la que solo imaginamos sus cualidades y forjamos en nuestra mente su idealizada existencia que protagoniza con frecuencia nuestros sueños y soliloquios. Amor a un sueño y a una ilusión que surge en el enorme desierto de nuestra existencia parca ya en posibles incentivos. Una especie de hada que se aparece en nuestros sueños y despierta nuestros dormidos impulsos juveniles dormidos por los años. Se puede presentar en nuestra vida en muy diversos lugares y circunstancias. En la cafetería que visitamos normalmente; en el cotidiano paseo, mañanero o vespertino por las calles y parques cercanos e incluso chateando en las páginas de un ordenador en cualquier momento perdido del día. Son amores platónicos, que llegan a adentrarse en nuestros sentimientos, aunque sepamos que no pueden alcanzar los niveles adecuados para hacerse realidad. Están en la mente y en el corazón, pero se mantienen a distancia. Lo sabemos inalcanzables y nos gusta tenerlos como una ilusión que no llegará a más. Una diablura de crío en el alma de un hombre que va de retraso. Quizás en ello estribe su aliciente y atractivo. Es como enamorarse de una estrella. Aunque nos sintamos atraídos poderosamente por ella sabemos que es totalmente imposible alcanzarla. . Éstas son algunas de mis experiencias y consideraciones sobre el amor, que en este día tan señalado he querido regresar a mis recuerdos. Un sentimiento que hoy, como ayer y espero que mañana, si Dios quiere, brindo a todos mis compañeras, compañeros, amigos y lectores.
miércoles, julio 18, 2007
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