viernes 20 de julio de 2007
El vuelco de Josep Piqué
Personalizar el posicionamiento político del PP en Cataluña a larga puede haber tenido un final abruptamente melancólico. Ahora no se sabe ya si el llamado giro catalanista fue una aventura personal o una estrategia específica de partido. Lo evidente es que un partido nacional -y más hoy, dadas las alianzas periféricas de Zapatero- tiene que afrontar unas elecciones generales con un mensaje sólido, articulado y coherente. Piqué ha sido una de aquellas esperanzas blancas que dan mejor en televisión que en la ruda batalla. Era, sino el mejor, uno de los mejores diputados del parlamento autonómico catalán, pero su mensaje no llegaba más allá del hemiciclo. En realidad, tenía algo desorientados a los fieles votantes y no lograba captar nuevas voluntades en el caladero del centro catalanista.
En los gobiernos de Aznar fue portavoz, varias veces ministro, un privilegiado de la política. Ahora dice no aceptar una imposición de Madrid: curiosamente ese es lenguaje propio del nacionalismo. Para las próximas elecciones generales, la dirección del PP ha diseñado un equipo de jóvenes políticos experimentados. En eso pocas veces acertó Piqué, acertadamente solícito con el mundo empresarial y mediático pero con un núcleo de colaboradores inmediatos -es el caso de Francesc Vendrell- que más de una vez estuvieron a punto de provocar un motín a bordo al descuidar de forma notoria esa ardua labor de organizar y contentar las bases de un partido yendo a comer caracoles a Lérida y pateándose el cinturón industrial de Barcelona.
También es cierto que históricamente el centro derecha ahora representado en toda España por el PP vaciló demasiado en sus aproximaciones al electorado catalán: sucesión insólita de líderes, mensajes contrapuestos, estrategias a muy corto plazo. Así fue como Piqué asumió el papel de penúltimo cartucho, orillando del argumentario liberal-conservador aquella agenda que incomodase a CiU: por ejemplo, la defensa de la Cataluña bilingüe. Muy al contrario, emitía mensajes que desorientaban a los votantes de siempre del PP y configuraba una posición tan vaporosa como contradictoria. Quizás es más un político de despacho -brillante, buen comunicador, de la nueva tecnocracia- que una personalidad dispuesta a fajarse en la calle. Ahora se sirve de la renovación del equipo del PP catalán ideada por Rajoy para criticar una estrategia electoral que de hecho todavía no ha sido completamente diseñada.
Si no se trataba de una aventura personal, habrá quien crea que eso convierte a Piqué en víctima de una «re-españolización» del PP catalán. Lo refutan esos nombres y perfiles que han sido seleccionados para llevar el peso de las elecciones generales y que dan un caleidoscopio representativo de otra forma de ver las cosas, ni españolista, ni catalanista. En estos momentos, el futuro político de Piqué es más que una incógnita. Esas heridas políticas son así de crueles, sobre todo si uno ha comenzado como estrella invitada. Fue feliz siendo ministro de Exteriores pero contrarrestar el acoso político en Cataluña le ha llevado a una grave decisión. Ciertamente, el concepto de lealtad política es muy elástico.
jueves, julio 19, 2007
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