viernes 20 de julio de 2007
Rumania en mi casa
Blanca Sánchez de Haro
E N ocasiones no es necesario tomar un avión o reservar habitaciones de hotel para hacer un instructivo viaje y conocer otros sitios, otras formas y sobre todo, otras gentes. En ocasiones el aprendizaje de ese viaje soñado llama a la puerta de tu casa y no tienes que desembolsar una cantidad la mayoría de las veces excesiva para tu bolsillo para que luego llegados a destino, te paseen únicamente por los sitios preparados y pintiparados para ojos turistas, y te vuelvas después de días de autobús y colas sin saber del lugar más de lo que sabías por las explicaciones y fotos del espasa. Nicolai y Valentín llegan todos los días a casa sobre las ocho y media. Y todos los días viajo con ellos un poco a Rumanía. No a la Rumanía turística que me dicen crece día a día, sino a la Rumanía de las personas. Hace seis años que Nicolai aterrizó en Galicia; separado, sin hijos con un empleo que poco le iba a permitir progresar. Trabajó tiempo en el monte, cortando madera, y limpiando los bosques, dice que las primeras palabras que aprendió fueron: “Bota ahí” (pon ahí) y “veña rapaz” (venga chaval). Nicolai cumple ahora en agosto, 44 años. Está trabajando en este momento en una empresa de servicios, y está reformando el piso que me acabo de comprar. Con él está Valentín, de 35 años que dejó hace 3 semanas en Rumanía a su mujer (la sobrina de Nicolai) y a sus 2 hijos. He visto en fotos a Valentina, una muñequita rubia de ojos azules, y a George un cara pícaro con 3 años y los pelos de punta. A Nicolai le gusta que yo escriba, a veces le pongo alguno de mis artículos en el ordenador y se para a leerlo con atención, ha aprendido a leer el castellano y el gallego pero aún necesita ayuda con ciertas palabras. Me cuentan cosas de su país, y de sus vidas, yo les cuento de mí. Pasamos juntos todo el día, algunos como hoy; yo escribiendo mientras ellos atruenan con el compresor. Algunas mañanas compartimos el café, casi siempre algún que otro cigarrillo y una cerveza antes de comer. Me enseñan a decir muchas cosas en rumano. Con Nicolai es fácil entenderse, lo que no sabe decir en castellano lo dice en gallego. Se ríe cuando le digo que aprendo a hablar más gallego con él que los propios gallegos. Valentín utiliza un idioma que ha inventado con los ojos, con los gestos. Si no lo entiendes, te toma del hombro amable y respetuosamente y te lleva al sitio dónde quiere explicarte qué necesita de ti. A veces cuando hago un guiso, hago de más para que se lo lleven a casa en una fiambrera y Valentín ha aprendido a decir: “lentejas mu buenes, gracias”. Mi casa es un auténtico desastre de polvo, ruido, materiales de obra…pero estoy a gusto con ellos, no sólo estamos dejando la casa bonita entre los tres, sino que estamos viviendo grandes y sencillos momentos humanos que hace que todo, hasta el ruido y el polvo resulte apacible. Puede que incluso me de pena terminar la obra y dejar de verlos. Me hablan de su educación bajo el régimen comunista, de la dura y difícil transición de su país, hablan también de Fernando Alonso y de Zapatero que parece a veces que estuvieran más al tanto de nuestro país que yo. Comentan conmigo la carrera de los Sanfermines de esa mañana. Yo les pregunto por sus tradiciones o costumbres, algunas, dicen, ya ni se recuerdan tanto tiempo como estuvieron prohibidas. También tienen distintas lenguas dentro de su idioma oficial y también empiezan a despertar en su país fanáticos de las “lenguas pequeñas”, como dice Nicolai. Hablamos de las mafias rumanas y Nicolai se enfada, culpa al gobierno español de dejarlas entrar. Dice orgulloso que a él le hicieron un reportaje en un diario gallego por ser el primer rumano que tenía papeles en Galicia y que era legal. Saben y le interesan tantas cosas como a cualquier persona, no pierden ocasión de aprender o de enseñar. Hemos conseguido un idioma medio inventado entre los tres para entendernos a la perfección: Rumano, castellano, gallego y los gestos explícitos de Valentín. Nos parecemos mucho, no sé porqué. No sé si es porque los rumanos son parecidos a los españoles o porque las personas se parecen mucho unas a otras. Solo se que nos parecemos, que cuando hablamos, paradójicamente con diferentes idiomas hay un perfecto entendimiento común, que cuando contamos sobre nosotros, descubrimos que tenemos vidas muy parecidas, que cuando nos demostramos afecto entendemos que las personas son casi todas iguales, que las vidas son casi todas iguales, que los corazones de uno y otro rincón del planeta son tan parecidos que todos si dejasen de latir, terminarían con nosotros. Rumanía está en mi casa desde hace unas semanas, y me gusta. No he tenido que volar, ni reservar ninguna habitación de hotel, ni soportar aburridas excursiones donde el guía con voz átona me vaya explicando lo que estoy viendo. Rumania está en mi casa porque Nicolai y Valentín la han traído y ha entrado de forma tan humana y amable que siento pena por el momento en que todo esté terminado y tengan que llevársela con ellos. A Nicolai y a Valentín les acompañarán siempre mis mejores deseos, igual que sé que a mí me acompañarán los suyos.
jueves, julio 19, 2007
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