jueves, julio 19, 2007

Alberto Miguez, Sarkozy está en todas partes

jueves 19 de julio de 2007
Sarkozy está en todas partes Alberto Míguez

Empieza a estar claro que el objetivo final del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, es inventarse una 6ª República con instituciones nuevas y renovadas, fruto de cierto consenso con las fuerzas republicanas (léase derecha gobernante) y la colaboración reticente de la oposición socialdemócrata.
El reciente nombramiento del dirigente socialista Jak Lang como miembro destacado de la Comisión que preparará estas reformas y la consiguiente reacción del Partido Socialista, que habla de traición, demuestran que Sarkozy no se para en barras y está dispuesto a pasar por encima de las fidelidades partidarias con vistas a reunir a su alrededor derecha e izquierda siempre y cuando los proyecto que quiere llevar a delante lo merezcan.
Mientras tanto el presidente no para. Está en todas partes, como el espíritu santo, dicen sus enemigos. Un día aparece en las afueras de París porque un gendarme ha disparado contra un compañero, al día siguiente asiste a la inauguración de una fábrica de tornillos, después se entrevista con la canciller Merkel para resolver el problema del último modelo de Airbus; en la noche del 14 de julio asiste al concierto popular protagonizado por el cantante Michel Polnareff en medio de una multitud de jóvenes. No hay entierro, recepción, inauguración o reunión entre empresarios y sindicalistas que se pierda. Y cuando debe cambiar algunas leyes que podrían en el futuro provocar huelgas y protestas, prefiere suprimir algunos capítulos especialmente polémicos y lo hace dialogando con los representantes de estudiantes, ferroviarios, profesores, etc.
Esta “visibilidad” del jefe del Estado aparentemente funciona y las encuestas confirman un nivel de popularidad que pocos de sus antecesores tenían tres meses después de haber asumido el puesto. Obviamente, “Sarko” juega fuerte y le importan tan poco las críticas de sus oponentes —un tanto capidisminuidos— como la desconfianza de quienes creen que se está pasando.
El papel que Sarkozy ha asumido como presidente de la República difiere bastante del que sus antecesores representaron, hasta el punto de que, para algunos expertos, el presidente ejerce más de primer ministro que de jefe del Estado. Sus ministros le dan cuentas minuciosas de los asuntos que les corresponden, pero en cualquier momento saben que Sarkozy puede meter la nariz y tomar decisiones sobre los mismos.
En el terreno exterior no cabe duda tampoco de que Sarkozy está insuflando a su país nuevos proyectos y creando una nueva sensibilidad tanto en el terreno europeo como en el mediterráneo, por no hablar del africano (Darfur, Magreb). La presencia al frente de los asuntos exteriores de un “humanitario” como Bernard Kouchner, fundador de Médicos del Mundo, acostumbrado a lidiar con los conflictos y las guerras locales más sangrientas, ayuda a este gran cambio de rumbo. Sarkozy ha dicho hasta la saciedad estos días que Francia se ha reincorporado a la aventura europea del brazo de la canciller Merkel, con quien se entiende muy bien. Pretende que un sucedáneo de la Constitución europea convertida en simple prólogo pueda sustituir los textos que algunos países —entre ellos, España— votaron obedientemente. Tal vez tenga éxito, aunque no es moco de pavo.
Al presidente le sobran problemas que resolver: la emigración, el endeudameniento, la vivienda, la reforma de los impuestos, la violencia urbana y un largo etcétera, pero todo indica que también en estos asuntos utiizará el método abierto y visible que le dio resultado hasta ahora. Hay quien dice, sin embargo, que los grandes problemas le esperan en otoño —la rebelión de los funcionarios por ejemplo— y que será entonces cuando deberá demostrar su capacidad de resistencia, su autoridad y su don de gentes. Hasta ahora todo ha ido bien. En el futuro las cosas pueden empeorar.

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