jueves, enero 25, 2007

Ferrand, El triunfo de las minorias

viernes 26 de enero de 2007
El triunfo de las minorías

M. MARTÍN FERRAND
UNA democracia acomplejada y medrosa, como la nuestra, tiende a confundir el orden de prioridades ante los problemas vigentes y, peor aún, suele tomarles mal la medida y dificulta con ello su hipotética solución. Ahí tenemos el caso del acreditado asesino etarra José Ignacio de Juana Chaos. El pleno de la Audiencia Nacional -¡el pleno!- decidió ayer, por doce votos a cuatro, mantenerle en prisión o, con más precisión, sometido a cuidados médicos en uno de los magníficos hospitales en los que se atiende a los ciudadanos que nunca han matado a nadie.
No pretendo entrar en el debate que hoy concentra el caldo de cerebro que destilamos los opinadores mediáticos -antes, periodistas- porque, lejos del rigor y la exigencia, todos los posicionamientos ante el caso son válidos y no está mal, por piadoso, que todas las almas bienpensantes se compadezcan ante el dolor de una situación buscada por el interesado para seguir ejerciendo, desde la cárcel, el trabajo destructor del Estado que alimenta su biografía. Lo que pretendo es hacer notar la fuerza añadida que le aporta a ETA y a sus sicarios la desmedida atención que prestamos, en los medios y fuera de ellos, a la banda terrorista y a sus patrocinadores, dependientes y beneficiarios.
La situación de De Juana, hábilmente manejada por el asesino, que ya satisfizo con 18 años de prisión efectiva los 3.000 de reclusión teórica que le correspondieron, viene hinchando titulares, rellenando crónicas y alimentando torrentes audiovisuales con caudales que sólo merecería el hallazgo de la fuente de la eterna juventud. De hecho, desde que José Luis Rodríguez Zapatero ocupó La Moncloa y pretendió pasar a la Historia como el hombre que volvió corderos a los lobos etarras, la organización terrorista y sus tentáculos políticos han engordado su presencia ante la opinión pública. Nunca habíamos hablado tanto de un asunto que es importante, pero no el mayor ni el más grave de los del catálogo que apena a la Nación y amenaza al Estado. Un suspiro de ETA tiene más repercusión que un grito del PP o un rugido del PSOE.
Sabemos, por las enseñanzas de los maestros de la discordia, que ETA mueve el árbol para que los nacionalistas recojan las nueces. No es cuestión de amplificar tan desmedidamente el ruido que hacen al cascarlas. Ese es el concierto que cierra el ciclo y anima a los separatistas a utilizar la Constitución vigente como una herramienta, un ariete, con la que abrirle paso a una rara confederación que difumine la idea de España en un tenue recuerdo deformado y la reconstruya como un Estado multinacional y quebrado. Una mayoría cercana al 90 por ciento de la población está cediendo el paso a unas minorías que, sumadas, no alcanzan el 10, pero que son capaces de arrebatarnos la decisión y la voz.

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