jueves 19 de julio de 2007
Diálogos con el maestro. La búsqueda (1)
Nunca he sido partidario de revisar el pasado; pienso que el presente es resultado de todo lo vivido y que basta con fijarse en nuestra manera habitual de proceder para darnos cuenta de lo que nos hace agraciados y de lo que hay que evitar y corregir porque nos lleva a la desgracia. Sin embargo, ahora que el periodista Fernando Morais está escudriñando en mi vida, he decidido echar un vistazo yo también a mis anotaciones de otra época: las que tomé, en su mayoría, entre 1982 y 1986, a partir de mis conversaciones con J., mi amigo y maestro en la Tradición de RAM. Hace ya muchos años publiqué algunos de nuestros diálogos y, aunque tuvieron una excelente acogida por parte de los lectores, no continué, considerando que con lo publicado ya bastaba. No obstante, al releer algunos de estos cuadernos míos cubiertos de polvo (dejé hace tiempo esta costumbre de escribir notas y diarios) he descubierto cosas muy especiales. En las siguientes columnas voy a transcribir los pasajes que me han parecido más interesantes. Cierta tarde, en una cafetería de Copacabana, tras toda una semana de prolongadas prácticas espirituales sin resultado alguno, le pregunto:–A menudo pienso que Dios me ignora, aunque sepa que Lo tengo a mi lado. ¿Por qué es tan difícil establecer un diálogo con la Divinidad?–Por una parte, conocemos la importancia de buscar a Dios. Por otra, la vida nos aleja de Él, bien porque nos sentimos ignorados por la Divinidad o bien porque estamos enfrascados en nuestro día a día. Esto genera, además, un gran sentimiento de culpa: podemos llegar a pensar que estamos dejando la vida demasiado de lado por causa de Dios o creer que, por culpa de la vida, renunciamos a Dios más de lo que deberíamos. Pero esto que parece una alternativa inevitable no es más que un espejismo: Dios está en la vida y la vida está en Dios. Si conseguimos penetrar en la armonía sagrada de nuestra vida diaria, nos mantendremos en el buen camino, porque nuestras tareas cotidianas son también nuestras tareas divinas.–Pero ¿no hay algún tipo de ejercicio práctico que pueda realizar para llegar a creer que es verdad lo que dices?–Procura tranquilizarte. Al comenzar nuestro camino espiritual, queremos hablar constantemente con Dios y acabamos por no escuchar lo que Él nos tiene que decir. Por eso tranquilizarse siempre es bueno. No resulta fácil, porque tenemos una tendencia natural a querer actuar, y a actuar de la mejor manera posible, y pensamos que conseguiremos mejorar espiritualmente si trabajamos sin cesar.–¿Me estás diciendo que debo mantenerme pasivo y no intentar superarme?–Depende de cómo entiendas tu trabajo. Nos puede parecer que todo lo que la vida nos ofrece es repetir mañana lo que hemos hecho hoy y lo que hicimos ayer. Pero si prestamos atención, nos daremos cuenta de que ningún día es igual a otro. Cada mañana esconde una bendición, un regalo sólo para este día, que no se puede guardar ni reutilizar más adelante. Si no aprovechamos hoy este milagro, va a perderse sin remedio.–Pero ¿no hay un método seguro para conseguir dialogar con la Divinidad, como por ejemplo la meditación? ¿O mediante el esfuerzo personal de intentar mejorar cada día?–Tu pregunta demuestra que eres una persona comprometida con una idea. Y basta con mantener siempre presente la esencia de esta pregunta para que todo acabe encajando de manera natural. Las condiciones ideales que buscas no existen. Ciertos defectos nunca podrán eliminarse. El truco consiste en saber que, a pesar de todos tus defectos, existe una razón para que estés aquí, y tú tienes que estar a la altura. Intenta ir más allá de los límites a los que estás acostumbrado. Sé, durante diez minutos al día, la persona que siempre has querido ser. Si tu problema es la timidez, toma la iniciativa en la conversación. Si el problema es la culpa, considérate aceptado y comprendido. Si te parece que el mundo te ignora, procura conscientemente ser el centro de todas las miradas. Vas a pasar por alguna que otra situación complicada, pero al final merece la pena. Quien, por diez minutos al día, consigue ser lo que soñó de sí mismo, ya está realizando un gran progreso.
jueves, julio 19, 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario