jueves 19 de julio de 2007
Volver a aprender Patxi Andión
La sociedad civil se pregunta, muy a menudo, por las cosas que desde el individuo y con él se han sumado a su bagaje, incorporándose al sentir general ciudadano, civil, aunque las más de las veces contemple cómo el hombre se empeña en desdecirse y cuestionar las osas que tanto empeño pone en sedimentar socialmente.
El hombre es un superviviente empecinado y voraz que todo quiere y en todo se empeña, no tiene límite su capacidad de acumular, puede que su pasado carroñero le salga y le convierta en un avaro vital nunca satisfecho, un acaparador nato. Lo guarda y lo protege para sacarlo cuando sea necesario, como el lobo, su primo hermano.
El hombre acumula de todo, material e inmaterial, es capaz de perseguir la acumulación con el empeño ahíto, pero de igual, continuará hasta que lo tenga en la talega y pueda hacerlo sonar al caminar. Pueden ser cosas materiales, y claro, en ese trajín, se le comprende, porque se le nota demasiado su pasado hambriento. Cosas, casas y dineros, para saber que se tienen, sin necesidad de emular al tío Gilito asomándose a ellas a diario.
Pero también el hombre acapara, en su afán de guardar lo escaso, las cosas inmateriales que al igual que las corpóreas le han traído hasta aquí. La experiencia es lo más común que se contabiliza como tesoro personal, a veces se comparte y a veces se gruñe enseñando los dientes al rival que se acerca demasiado; el conocimiento es, sin duda, el tesoro más buscado y apetecible, aquel que, por no ocupar lugar, no nos deja nunca ahítos. El cariño es tal vez una quimera en cuya huella nos afanamos con denuedo, aunque pocas veces nos calma la sed y menos aún somos capaces de cuidar y engrandecer.
Pero es sin duda el poder la busca más relevante en la que el hombre se afana, puede que porque se entienda como la fontana prima, el caudal del que se puede beber el resto de las ambiciones y que todas ellas guarda. El hombre aprende rápidamente a manejar la gestión del poder. Los más desentendidos de el, si son elegidos delegados de clase, rápidamente se conocen los cauces institucionales y las obligaciones de los demás, y a veces también las propias, siendo las menos. Desde luego, el poder se convierte en el Camelot propio, el hombre se instala en él y en seguida da la sensación de llevar allí toda la vida. Y más aún, da la sensación de estar seguro de quedarse allí toda la vida. El vértigo les embriaga y consigue dotarles de la sensación de haber llegado a la cima y haber encontrado el acomodo final. Desde allí, lógicamente, comienzan a dejar de usar los mecanismos personales que les han llevado allí, y es desde ese momento en que se comienza la marcha atrás para contar los días de dejar el olimpo ansiado. Un ejemplo palmario son los políticos, pero no sólo ellos. El hombre poderoso hace dejación de las pequeñas cosas, los pequeños conocimientos, las cotidianas acciones, los usos mínimos y se va alejando del común, aquel que sabe lo que vale un café, cómo hay que recoger un certificado en la oficina de correos, qué cantidad de sellos lleva una carta a A Coruña o cómo se manda un sms, y he aquí el asunto del que vengo tirando desde el principio. Tony Blair, según la noticia del periódico, acaba de aprender a mandar mensajes por el teléfono móvil, y para muestra sirve un botón, como dice el refrán.
Cuando los hombres poderosos se bajan de la vorágine, tienen que volver a aprender a poner sellos, ir al banco, escribir sus propios recursos de multas o comprar el pan y el periódico. Tienen que volver a aprender lo que conocían. Y algunos vuelven a pegar sellos. Y es que la vida es una escuela en la que no hay proyecto fin de carrera.
Las tardecitas se refrescan de golondrinas pero ya no huele a trigo. Julio
jueves, julio 19, 2007
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