miércoles, julio 18, 2007

Miguel Martinez, Dentistas

jueves 19 de julio de 2007
Dentistas
Miguel Martínez
S I un servidor hubiera nacido hembra, o si, nacido varón, me hubiera sometido a una operación de cambio de sexo en mis años mozos y convertido en una jovencita casadera, la madre de un servidor –o de una servidora en tal caso- hubiese deseado para quien les escribe un marido dentista. No sé qué tendrá este colectivo que se hace tan atractivo para las madres de las señoritas en edad de merecer, porque a todos nos causa pánico acudir al dentista. No creo que se deba a que suelen conducir caros coches de importación –también lo hacen los narcotraficantes y ninguna madre decente los quiere para su niña- ni al limpio olor a eucalipto que desprenden habitualmente sus consultas, ni a la tenue musiquita ambiental que acompaña al paciente en sus salas de espera -¿por qué ningún dentista amenizará nuestras esperas con AC/DC o Guns & Roses?-, de lo que podría deducirse, en ausencia de datos objetivos -exclusivos de esta profesión- que justifiquen la predilección de madres y/o futuras suegras por los dentistas, que la relación entre aquéllas y éstos quizás tenga algo de mitología ancestral. Y es que le cuesta bien poco a uno imaginar, trasponiéndose a la Edad de Piedra, lo solicitados que debieron estar aquellos especimenes de la comunidad prehistórica que hubiesen desarrollado primitivas técnicas de extracción dental, en una época en la que la ausencia de cepillos de dientes, de Listerine, de seda dental o de pastas de dientes a base de flúor, a buen seguro propiciaban que el hecho de tener varias muelas cariadas fuese algo tan común entonces como lo es hoy el tener una vecina envidiosa. También ignora un servidor qué mecanismos sociológicos tuvieron que darse para que el arte de extraer piezas dentales fuese asumido, siglos después, por los barberos. Porque al margen del sillón de las barberías y su remota similitud con el de los dentistas de hace unas décadas –que no con el de los actuales, que en el que nos sientan ahora más que una butaca parece el asiento de un trasbordador espacial- uno no ve otro nexo de unión en sus respectivos quehaceres que no sea el mero factor postural y el hecho de tener, en ambos casos, a un señor con bata dando vueltas a nuestro alrededor con pertrechos punzantes en las manos. En cualquier caso, sean cuales fueren los mecanismos sociológicos que propiciaran dicha coincidencia, hemos de darnos la enhorabuena y celebrar que fuese el de los barberos -y no otro gremio- el que se ocupara de nuestras muelas picadas, que no quiere uno ni imaginar que esa actividad hubiera sido llevada a cabo por otros oficios, como el de barrenero, arponero, zapatero –poco higiénico eso de ocuparse de pies y bocas al unísono- o alfarero. ¿Se imagina usted sentado en el torno, dando vueltas como un loco, y al pobre dentista/alfarero intentando, en cada giro, atinarle en la boca, dándole pasta de engobe con la espátula para tapar la caries? Jesús, qué mareo. Sea como fuere, en algún momento concreto alguien con dos dedos de frente decidió que trastear en nuestras bocas y mandíbulas necesitaba de una formación sanitaria, y desde entonces los sacamuelas se convirtieron primero en dentistas y más tarde en odontólogos, hecho que, si bien garantizaba que las extracciones dentales fuesen hechas dentro de los cánones higiénicos de la medicina y con las garantías sanitarias que eso conlleva, también propició que los dentistas, elevados al escalafón de médicos de pago, pasaran a formar parte de la economía de mercado. O lo que es lo mismo, que le pueda a usted salir más barato comprarle un coche a su hijo que hacerle una ortodoncia en condiciones. Porque hay ortodoncias y ortodoncias. Una ortodoncia es –o debiera ser- el tratamiento que ha de corregir las deficiencias y las malformaciones de la dentadura, de manera que ésta pueda trabajar con normalidad y sin causar disfunciones colaterales, pero, de unos años a esta parte, se están llevando a cabo otras ortodoncias que tienen como único y exclusivo fin conseguir para el cliente la dentadura de Julia Roberts o de George Clooney, que son, según una encuesta hecha por Colgate (locución argentina, “Cuélgate” en castellano) a más de 4.000 europeos de 16 países, los propietarios de las mejores y más deseadas dentaduras del planeta. De este modo, no somos pocos los padres que nos encontramos sin saber qué hacer cuando el odontólogo de turno nos recomienda extraer dos piezas sanas de la dentadura de nuestros retoños, amén de limarles los incisivos y colocarles un chisme por las noches para modificar el ángulo de la mordida, a fin de que el día de mañana consigan una dentadura perfecta, una vez que –por supuesto- les sometamos a una ortodoncia correctiva (y carísima) de agárrate y no te menees, con más accesorios que el salpicadero de un F-18; y más indeciso aún se mostraba quien les escribe cuando, consultada una segunda opinión a la médico de familia, ésta le hablaba del submundo en el que algunos odontólogos se hallan instalados –y subrayo lo de algunos para que los dentistas honrados, que los hay y seguro que son mayoría, no se me ofendan-, y como éstos priman criterios exclusivamente estéticos (que son siempre económicos mirados desde nuestro punto de vista) en vez de funcionales (que la dentadura trabaje como debe) a la hora de recomendar tratamientos dentales. Y así se queda uno sin saber hasta qué punto las extracciones de piezas sanas y demás intervenciones que los odontólogos recomiendan para nuestros hijos -con el mal rato que para ellos y para nosotros comporta- son efectivamente necesarias para que éstos alcancen una dentadura adecuada que funcione con corrección, o son sencillamente las exigidas para que lleguen a lucir la dentadura estéticamente perfecta que habría de corresponder a un/a modelo. ¿Someteríamos a nuestros hijos a otras operaciones estéticas de limado de los huesos de la cadera, extracción de costillas, aumento o disminución de pecho, lipoesculturas, etc… para que en el futuro tuviesen el cuerpo perfecto de modelos perfectos? Quizás sí que lo haríamos si un médico, como el odontólogo, así nos lo recomendase y nos vistiese su sugerencia en aras a la consecución de un mejor desarrollo físico de su cuerpo. Y llegados a este punto es cuando uno se pregunta si no era muchísimo más fácil ser padre cuando las muelas las extraían los barberos.

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