viernes 20 de julio de 2007
Himen: la segunda oportunidad
M. RODRÍGUEZ RIVERO
CON motivo de la polémica sentencia del tribunal británico que ratifica la prohibición de que la joven Lydia Playfoot luzca en su colegio el anillo de plata que le acredita como miembro de la Silver Ring Thing, una asociación transoceánica cuyas militantes se comprometen a permanecer vírgenes hasta el matrimonio, la prensa ha rescatado con singular entusiasmo el asunto de la virginidad del túnel del tiempo al que lo había confinado la revolución sexual de los sesenta. Lo que más me sorprende es que en foros y debates abiertos al público algunas jóvenes se han expresado sin ambages acerca de la virginidad y de la «pureza» como algo simplemente cool, algo que mola y que no tiene por qué guardar relación directa con las creencias religiosas de cada cual. Al mismo tiempo me ha llamado la atención, en la prensa escrita y on-line, el evidente incremento de las ofertas de «rehimenización» o «reconstrucción del himen» destinadas a las mujeres que deseen recuperar, mediante una sencilla intervención quirúrgica, el tradicional símbolo de la virginidad.
Yo, la verdad, no he sabido nunca muy bien en qué consiste la virginidad femenina -un concepto siempre vinculado al de «pureza sexual»-, y cuándo y cómo se pierde exactamente. Nunca me he considerado un puritano, pero me siento perturbado cuando leo en los consultorios «sexológicos» juveniles cartas en las que sus remitentes preguntan si por practicar el sexo oral (felaciones) o anal se pierde o no la virginidad. ¿Reside, por tanto, la condición de virgen en un lugar concreto del cuerpo y su pérdida es algo constatable empíricamente, o es más bien un estado de ánimo, un avatar del espíritu? ¿Es un límite -hasta aquí soy pura, de aquí no paso- o un principio moral? Durante siglos la virginidad ha tenido que ver sobre todo con el cuerpo y se focalizaba en el virgo o himen, una problemática membrana mucosa de variable tamaño y dureza que cierra parcialmente la vagina de la mujer. Que algo tan sumamente frágil y de frecuente deterioro fortuito (un accidente, un movimiento particularmente brusco, la introducción de un tampón) haya sido considerado como la garantía de la pureza de su propietaria es algo que ahora se hace cuesta arriba comprender.
El himen ha sido fetiche en todas las sociedades patriarcales. Y su ruptura -con sangre de por medio- era la garantía anatómica de la doncellez y, por tanto, de la pureza de su propietaria. Para preservarla en beneficio del varón se han inventado procedimientos tan tremendos -que se siguen practicando- como la infibulación. No es de extrañar que en torno a la pérdida de la virginidad surgiera una industria más o menos institucionalizada de restauradores o remendadores de virgos. Celestina, la puta vieja protagonista de nuestra segunda cumbre literaria, fue una de tantas expertas («passan de cinco mill virgos los que se han hecho y desecho por su auctoridad», explica Sempronio) en ese oficio que hoy parece regresar con métodos más asépticos y fiables.
Dejando aparte las cuestiones religiosas implicadas, el retorno a la virginidad debe relacionarse con cierta reacción a la consideración generalizada del sexo como una mercancía más de la sociedad espectacular, pero quizás también con lo opuesto: se puede decidir volver a ser virgen como un dato más de la capacidad de elección de un consumidor libre que puede escoger entre infinidad de productos y servicios, como quien decide engordarse los labios. La oferta de «rehimenización» realizada por cirujanos plásticos de muchos países avanzados, tiene mucho que ver con esa consideración tan postmoderna de «renacimiento» o «segunda oportunidad» a la que todos nos creemos con derecho. No hay nada definitivo: lo que se perdió una vez puede ser restaurado. Tengo derecho a otro cupo de pureza simbolizada en un himen nuevo. Y puedo comprármelo y empezar de nuevo.
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