lunes 23 de julio de 2007
La utopía civil de Zapatero
POR JUAN MANUEL DE PRADA
EN una arenga a las Juventudes Socialistas el presidente Zapatero ha proclamado que la defensa de la asignatura llamada Educación para la Ciudadanía constituye una «utopía civil» a la que «determinados sectores resistentes a las ideas de igualdad y pluralidad se niegan». Siempre me ha fascinado (y amedrentado) la desfachatez con que los demagogos manipulan y tergiversan los conceptos políticos, hasta obligarlos a significar lo contrario de lo que realmente significan. Quienes mostramos reticencias o franca oposición a esta asignatura sustentamos nuestros argumentos sobre la defensa de la libertad de conciencia, que es tanto como sustentarlos sobre los conceptos de igualdad y pluralidad. Es la libertad de conciencia la que garantiza que los individuos puedan profesar en igualdad jurídica ideas, convicciones y valores diversos, siempre que tales ideas, convicciones o valores no sean delictivos. Los detractores de Educación para la Ciudadanía no pretendemos imponer a nadie nuestros valores (ni siquiera creo que todos los detractores de tal asignatura profesemos los mismos valores), simplemente reclamamos la libertad para poder profesarlos, sin injerencias del Estado. Miente Zapatero cuando sostiene que esta asignatura pretende que «se conozca y se respete la Constitución y sus valores». Los valores que preconiza la Constitución son de índole político y social; en modo alguno la Constitución aspira a invadir el ámbito de la moral privada ni a establecer una suerte de monopolio ético, como postula esta asignatura. Por usar la expresión calderoniana, diremos que esta asignatura no se retrae ante lo que es «patrimonio del alma»; podemos discutir que ese patrimonio pertenezca a Dios, según las creencias de cada cual, pero desde luego a quien no pertenece es a Zapatero, ni a la facción que representa, ni a quienes puedan sucederles en el futuro.
Pero resulta de gran interés saber en qué consiste exactamente esa «utopía civil» que vindica Zapatero ante las Juventudes Socialistas. Él mismo nos lo aclara en su arenga cuando sentencia: «Los valores de la ciudadanía son los que deciden libre y responsablemente quienes representan a los ciudadanos». ¡Acabáramos! A la postre, la «utopía civil» de Zapatero no se distingue demasiado de las utopías que defendieron los regímenes comunistas. Cambian las formas -los valores que rigen en tal utopía ya no los impone la Komintern, sino la matemática parlamentaria-, pero subsiste la misma argumentación de fondo: como cualquier totalitario que se precie, Zapatero considera que es obligación del poder establecido fijar los valores por los que deben guiarse los ciudadanos; considera que es obligación del poder crear un «hombre nuevo» que se amolde a los postulados oficiales y establecer una «sociedad nueva» en donde el valor intrínseco de cada persona (que sólo es valiosa mientras adopta decisiones morales) quede anulado en pro de la comunidad. Zapatero propone, en definitiva, una «reeducación social», que convierta a los ciudadanos en autómatas que asimilan los valores que el poder establecido decide «libre y responsablemente». La apelación a la libertad y a la responsabilidad de los ingenieros sociales adquiere los contornos del sarcasmo: también la Komintern actuaba libre y responsablemente cuando imponía las directrices que debían guiar el comportamiento de quienes estaban oprimidos bajo su férula.
Sostenía Jean-François Revel que «la tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano». Lo ha sido, desde luego, de la izquierda, que siempre ha encontrado la manera de exponer sus pavorosas monstruosidades bajo la fachada risueña de una filantrópica «utopía civil». Zapatero, después de proclamar sin empacho que los valores de una sociedad democrática son los que aleatoriamente determine en cada momento la matemática parlamentaria, execra a quienes nos atrevemos a disentir de esta delirante concepción y sostiene que pretendemos imponer nuestra «doctrina, siempre intolerante, siempre cerrada». Pero aquí el único que pretende imponer su doctrina, aunque la disfrace beatíficamente de «utopía», es él. Bajo la máscara del demonio del Bien, la izquierda sigue fiel a sus designios.
lunes, julio 23, 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario