lunes, julio 23, 2007

La inquietante victoria de Erdogán

lunes 23 de julio de 2007
La inquietante victoria de Erdogán
TURQUÍA ha vuelto a votar por un gobierno de tradición islamista. Tayip Erdogán ha recogido los frutos de su política de reformas liberales en la economía -que ha terminado con una larga tradición de corruptelas- y ha ganado ampliamente las elecciones celebradas ayer. Tal como señalaban las encuestas, los turcos han dado su apoyo al primer ministro y a su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), y no a las formaciones laicas y kemalistas que organizaron las gigantescas manifestaciones de la primavera pasada. Entonces Erdogán había desafiado a los militares hasta llegar al borde del golpe de Estado, y ayer el país se expresó con claridad: si el debate era sobre la supuesta «agenda islámica secreta» del primer ministro, los turcos han dicho que no creen que tal cosa exista, o que si existiera no les importa, o que, incluso, les parece bien.
Visto desde Occidente, el resultado de las elecciones de ayer puede ser algo turbador, porque da la impresión de que Turquía se aleja hacia sus raíces islámicas y orientales, lo que en parte resulta cierto, tanto como que Erdogán representa la versión más razonable de esa tendencia común a todos los musulmanes y que, en cualquier caso, ha demostrado su eficacia para llevar al país a las puertas de Europa y mantener un periodo de estabilidad inédito. Las estructuras del simulacro de democracia, tutelada manu militari, no han podido resistir la presión aperturista de la UE, y los que se han beneficiado de ello son los que habían sido perseguidos durante todos estos años. El Estado Mayor difícilmente podrá volver a tener el peso político que tenía: el Partido del Movimiento Nacional (MHP), que se puede considerar como de apoyo directo a los militares, ha entrado por los pelos en el Parlamento, mientras que, para mayor escarnio de los uniformados, los nacionalistas kurdos han logrado la gran primicia de aparecer en la cámara con diputados propios camuflados como independientes.
Sin embargo, a pesar de haber recibido más votos, debido a la presencia de más partidos, Erdogán tendrá algunos escaños menos, lo que le puede dejar otra vez en puertas de la mayoría de dos tercios que necesitaría para llevar a cabo sus planes de imponer un presidente de la República a los militares. Es decir, la victoria no habrá servido para resolver el embrollo político constitucional en que está sumergido el país. El Parlamento recién elegido tiene ahora un mes para designar a un presidente de la República; de lo contrario, tendrá que convocar nuevas elecciones, pese a que en octubre se celebrará un referéndum sobre la reforma constitucional que cambiará el método de elección del presidente y, en noviembre, la elección presidencial propiamente dicha.
Si Erdogán fuera razonable, buscaría un candidato de consenso para el puesto de presidente en lugar de apoyar a algún dirigente significado de su partido, especialmente alguien que pudiera ser sensible a las inquietudes de los kemalistas sobre su actitud hacia las principales expresiones religiosas en la vida cotidiana. Si este Parlamento fuera capaz de tal acuerdo, Turquía se garantizaría siete años de estabilidad, periodo suficiente para comprobar cómo evolucionan las sensibilidades y poner a prueba el mecanismo de elección presidencial directa.
Pero, por otro lado, el primer ministro islamista quizá prefiera mantener el órdago lanzado a los militares y seguir con sus planes, sabiendo que, de convocarse nuevas elecciones, seguirá apareciendo como víctima de los manejos de la nomenclatura kemalista para seguir ganando apoyos populares. En estas circunstancias, sería conveniente que Erdogán optase por la moderación y la prudencia antes que seguir complicando las cosas en un país cuya identidad político-religiosa es muy compleja. Los turcos necesitan todavía mucho tiempo pare encontrar su camino y, seguramente, Occidente otro tanto para comprenderlo.

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